Armas que no carga el diablo

Cuando acabábamos el comentario sobre Ojo por ojo ya explicábamos que la novela terminaba con la participación del gángster (y rapero) Olivier Granville, un personaje que tenía una participación pequeña aunque importante en la resolución de la historia. Allí, Strange quedaba en deuda con este elemento y Música de callejón comienza cuando Granville le pide ayuda, ya que está en la trena y sobre él pesa una acusación que lo puede mandar de cabeza al corredor de la muerte.

En esta novela, la pareja protagonista va a tener que hacer lo mismo de siempre y se va a tener que mover por los mismos barrios sin esperanza que ya tuvieron que patearse en Mejor que bien y en Ojo por ojo. Sin embargo, y en esa constante del autor de contarnos una historia como si no contase nada, como si la historia no fuera con él, en esta ocasión nos propone una reflexión sobre las armas, una parte muy importante de la ecuación sangrienta que resuelven a diario los jóvenes de los ghettos negros y que a la vez supone un dilema moral al que se enfrenta a diario la sociedad norteamericana.

Una esquizofrenia armamentística que Pelecanos ilustra perfectamente en las propias opiniones de sus protagonistas. Para Quinn, qué paradoja, las armas sólo son malas según quién las utilice. Strange, más viejo y reflexivo que su compañero, es mucho menos permisivo en este aspecto y sabe quién las carga normalmente.

Y cuando lo que pones en la coctelera es ignorancia, pobreza, la falta total de esperanza en el futuro…. y un arma, el resultado casi siempre es el esperado y lo habitual es que alguien acaba a dos metros bajo tierra.

Creo que he dicho en algún momento que Pelecanos no sermonea ni moraliza. Ahora no lo tengo tan claro. Para muestra, la aparición a partir de la mitad de la novela de uno de sus personajes fetiche, el detective de origen griego Nick Stefanos, protagonista de una anterior serie de Pelecanos, y que va a colaborar con Strange tanto en la resolución del caso que se trae entre manos como también le va a ayudar a saltarse la ley. Y en ese saltarse la ley está la parte moralizante y simbólica que creo que Pelecanos nos quiere y no nos quiere contar. Te vas a tener que leer el libro porque se me ha encendido la lucecilla de “hasta aquí puedo leer”, pero sí te digo que es seguramente lo más emotivo que se puede leer en esta serie. Una gesto de rabia, un brindis al sol, o quizá, quién sabe, su peculiar forma de responder a una brutal tristeza.

Impotente tristeza.

George P. Pelecanos

Música de callejón

Traducción de Eduardo Iriarte

(La Trama)

Ediciones B, 2004

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