Doobie Brothers – China Groove

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La doctora Amanda West trabajaba en ese momento como jefa de Patología del Centro Médico St. Joseph de Doylestown, cerca de Filadelfia. Myron entró en el parking del hospital. Por la radio del coche sonaba la clásica canción de los Doobie Brothers China Groove. Myron seguía el estribillo, que consistiía básicamente en decir: “Oh, oh, China Groove” una y otra vez. Empezó a cantar en voz alta y se preguntó, como en muchas ocasiones anteriores, qué narices debía de ser “China Groove”.

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COBEN, Harlan. En Golpe de efecto. Barcelona: RBA, 2010. p. 321

Doobie Brothers – China Groove

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La Jaula

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Se levantó de su silla y se acercó a la pared más próxima.

-¿Sabe lo que es una jaula de Faraday, señor Atwater?

Dan recordaba el término vagamente de las clases de física del instituto.

-Tiene algo que ver con la electricidad, ¿no? -Señaló la pared-. ¿El papel de plata….?

McCord asintió con la cabeza, apartó un pliegue del estandarte que tenía al lado y dejó a la vista el papel de aluminio que había debajo.

-Estas habitaciones están totalmente revestidas de varias capas de metal y material aislante; incluso el suelo. El metal conduce toda la energía electromagnética que llega del exterior de la tienda antes de que tenga ocasión de entrar. Les digo a mis clientes que impide que las ondas de radio molesten a los espíritus. -Se rió entre dientes-. En realidad, impide que los espíritus me molesten a mí.

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WOODWORTH, Stephen. En: Ojos violeta. Barcelona: Mondadori, 2009. p.78

La foto en Flickr es de Rafa 3R

Pink Floyd – Comfortably Numb

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No tuvo que esperar mucho. Myron llevaba cinco minutos escasos en la acera de enfrente del Court Manos Inn cuando divisó a Stuart Lipwitz corriendo hacia él. Iba de punta en blanco: frac gris, corbatín blanco y una insignia con una llave de conserje en la solapa del traje. Como un maitre d’hôtel en un Burger King. Mientras lo observaba aproximarse, Myron recordó una canción de Pink Floyd: Hello, hello, hello, is there anybody out there? David Bowie se sumó: Ground control to Major Tom.

¡Ah, los setenta!

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COBEN, Harlan. En Muerte en el hoyo 18. Barcelona: RBA, 2010. p. 134

Pink Floyd – Comfortably Numb (con Van Morrison)


Qué vida, Plinio?

De la misma forma que cuando leo alguna novela protagonizada por Harry Bosch la música con la que mi cabeza acompaña la lectura es el jazz, o el rock cuando el protagonista es John Rebus, ya me he acercado a unos cuantos relatos protagonizados por Plinio, y siento que al ojearlos me acompañan las botellas de anís percutidas a ritmo por una barra metálica, el runrun de las beatas rezando el rosario o el cruce de conversaciones y el olor a tabaco y alcohol de los bares de pueblo. Sonido Plinio.

E igual que oigo estos sonidos cuando leo a García Pavón, pienso (y siento) en un país antiguo y rural que creo ha de ser bastante desconocido y lejano para bastante gente a la que ya le suena a viejuno lo de aquella muchachada que pasó por donde se hace la ley al grito de que aquello no lo iba a reconocer ni la madre que lo parió. Y a fe que lo consiguieron, bien por su trabajo o porque los tiempos venían así dados.

Un país en el que hasta hace cuatro días eran los animales los que trabajaban el campo y en el que cada pueblo era un mundo en sí mismo. Un mundo cuyas fronteras la marcaban los mugarris de la “jurición”. Un país en el que quedaba aun mucho para que el discurso de la globalización arrinconase al de la autarquía, y así, mientras los primeros coches iban dando brincos por carreteras abolladas e imposibles, los americanos estaban a punto de tocar la luna con los dedos.

Leo a Plinio y en el pentagrama vienen notas de romance y de jota antigua. Banda sonora de saxo alto que el músico hace tremolar gustándose mientras interpreta un pasodoble torero o encadena jota, fandango y arin-arin ….y sin embargo, veo a muchos de los personajes que aparecen en las novelas de Plinio en personas que han sido o son parte de mi vida.

Leo a Plinio y me imagino a mi abuelo Dativo, hombre de “Dios, Patria y Rey”, paseando por parecidos caminos y saliendo a cazar, o emerge de la nada el recuerdo de una jefa de estación del vasconavarro que se llamaba Leonisa y que era mi abuela. También veo a un mozo que se hace llamar Pedro cayéndose de un árbol en Sanfermín.

Leo a Plinio y pienso en Manuel “dios mediante”. ¿Quién sino él podría llevar con dignidad un uniforme con sable incluido?. Y veo a la Eugenia, y a la Vitorina, antes de encontrarme al doblar la esquina con Eliseo y Dionisio que se disponen a preparar leña para el invierno. Antes, he leído en Plinio algo que ha hecho que me encuentre con Vitoriano y el tío Agustín, que como siempre han respondido con el incontestable “bienytú”, a mi predecible “quétal” mientras me tendían una mano que son dos mías.

Leo a Plinio y también veo a chiquillos corriendo por el campo tras haber esquilmado algún frutal ajeno o simplemente jugando a tres navíos en el mar…. o emulando a los saltadores de trampolín desde un árbol o una roca…  Leo a Plinio preparándose unas migas que yo cambio por un  plato de arroz cocinado por la Isabel o por la Mili con cangrejos del río Ega o del Ayuda.

Leo a Plinio y pienso en mis amigos los agrarios, que a veces no ven muy claro eso de que un camello pase por el ojo de una aguja pero cuando la ocasión lo requiere te aparcan en el mencionado espacio la cosechadora. O si les dices “que igual no cabe”, la máquina de sacar remolacha, pelín más grande, al grito de “inorante!!”.

Leo que Plinio se está echando un trago de vino con don Lotario y me vienen a la memoria imágenes de los fidelios; Eduardito gritando que viene de caer un par de árboles mientras que el Ciri y Javi han salido de allí chospando; Elvirita afirmando que qué majo el albaitero; la Cule comentándole a Myriam que tiene los labios nidrios y la Yuyu preocupada porque su casa parece un zaborral. Mientras, Danielito es recriminado por lambión mientras que su alter ego, bocaseca, echa mano de la botella de London para rellenar el gintonic.

Si tenéis la ocasión, leed esta exquisita novela en la que hay sitio para todo, para el misterio, para la risa, para los cánticos…. donde la única matanza que vale la pena es la del cerdo y donde se nos cuenta una historia muy sencilla, casi ingenua… pero que nos la cuentan muy bien.

Leo a Plinio y me acuerdo de mi suegro Dionisio, que cogió hace unos días el hatillo y nos dejó, sin una mala palabra, sin un mal gesto y después de luchar contra la parca como un titán. Un hombre sencillo y un hombre bueno. Nada más y nada menos. Descanse en paz.

Francisco García Pavón

Plinio, casos célebres – El reinado de Witiza

Ediciones Destino, 2006

(Áncora y Delfín; 1058)


 

Teddy Boys

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-¿En qué puedo servirle? -El acento de Glasgow era tan espeso como el macasar que tenía en el pelo el gorila que se acercó a la ventanilla del coche. Llevaba unos ajustados pantalones pitillo y una chaqueta que le llegaba a la mitad del muslo. Era la última moda, al parecer. Se suponía que daba un aspecto “eduardiano” y había oído por ahí que sus seguidores se hacían llamar teddy boys.

(…)

RUSSELL, Craig. En: Lennox. Barcelona: Roca editorial, 2010. p. 37

La foto en Flickr es de blacque_jacques

La violetera

  

La primera noticia que tuve de esta novela fue a través de un comentario bloguero de Montse Clavé, la librera de Negra y Criminal, una pequeña (pero matona) librería ubicada en la Barceloneta y que para mí es algo así como la Capilla Sixtina del género negro. Aquellas personas amantes de la literatura policíaca han de peregrinar alguna vez hasta sus estanterías y allí comprobarán que la calidad de su fondo bibliográfico (aun siendo enorme) no llega a ser comparable con la calidad humana de Montse, Paco & Cia. Y esto, dejando al margen la cuestión gastronómica, que mejor lo dejamos para otra ocasión. (Y es que allí, el mejillón, lo bordan). 

La recomendación de Montse y el saber que Ojos violeta era editada por Mondadori en la colección Roja & Negra, una colección que ha tenido muy buenas críticas fueron suficientes para que la curiosidad pudiese a la vagancia. 

Ojos violeta es un libro distinto dentro del género negro, para empezar porque el planteamiento toma elementos de la ciencia ficción. Es un libro a caballo de los dos géneros en el que se nos plantea un mundo muy parecido al actual en el que hay una serie de personas con unos poderes especiales, los violeta, que tienen el don de poder comunicarse con los espíritus de las personas muertas. Estos, los violetas, son utilizados para poder conocer la identidad de los asesinos preguntando directamente al finado. El combinar a la bruja Lola o a Aramís Fuster con el poder judicial hemos de convenir que traspasa la mera ciencia ficción para caer de lleno en la literatura de terror. 

Sin embargo, la cosa se complica porque hay alguien que empieza a cargarse a los violetas, y la protagonista, Natalie Lindstrom, una violeta muy particular, tiene que ponerse a investigar mano a mano con un miembro del FBI. 

Esta novela es una novela interesante y entretenida. Además, viene bien encontrar obras que se atreven a ir a los lindes del género y a mezclarse con lo que pase por allí. Además, el personaje de Natalie es muy interesante y promete futuras aventuras, ya que como nos cuenta Rodrigo Fresán (otro puntazo su participación en esta colección) en el prólogo, esta novela es la primera de una serie de al menos cuatro en las que iremos viendo tanto cómo va evolucionando la propia Lindstrom, como la historia de los violetas y que se supone se irán editando en los próximos meses. 

Y yo, mientras me quito las lentillas de colores de los ojos y dejo en su sitio la peluca que me da aspecto de persona respetable y disimula las conexiones termopowercoaxiales, os animo a que echéis un ojo a las cosas que le van a pasar a Natalie. Esperad, que parece que alguien quiere entrar en mi cabeza…… 

Stephen Woodworth

Ojos violeta

Traducción de Ignacio Gómez Calvo

Mondadori, 2009 


 


Marea – Ciudad de los gitanos

(…)

 -¿Cansado? -se interesó de repente.

-Un poco aplatanado, la verdad. ¿Ponemos música? -dije, tratando de animarme, mientras alcanzaba el estuche con los cedes.

-Te temo. ¿Qué traes ahí?

-Una cosa que me ha pasado mi hijo. Te va a gustar.

-¿En serio?

-Que sí. Marea, se llaman. Son cañeros, pero te pongo una suavita.

Introduje el cede en la ranura del reproductor y busqué la pista. Sonó una guitarra despaciosa, casi melancólica. La voz del cantante comenzó a desgranar con mucho sentimiento unos versos:

 

Los caballos negros son.

Las herraduras son negras.

Sobre las capas relucen

manchas de tinta y de cera.

Tienen, por eso no lloran,

de plomo las calaveras…

 

-¿De qué me suena esto? -dijo.

-Te doy una pista: es un romance, y desde luego no lo escribieron ellos. Sigue escuchando, a ver si lo sacas -la desafié.

Chamorro puso atención, mientras su mirada se mantenía fija en el horizonte al fondo de la autopista. La canción continuaba:

 

Oh, ciudad de los gitanos,

apaga tus verdes luces

que viene la Benemérita

 

A partir de esa última palabra la música se aceleraba, entraba la batería y el bajo y sonaban rasgueos de guitarra eléctrica. Lo que seguía, a ritmo de rock, era el relato de una razia de los siniestros jinetes contra los indefensos gitanos. No faltaban los detalles truculentos:

 

Rosa la de los Camborios

gime sentada en su puerta

con los dos pechos cortados

puestos en una bandeja.

 

-¿García Lorca? -dedujo mi compañera entonces.

-Exacto. El Romance de la Guardia Civil española. ¿A que le ponen una música bastante aparente? A mí por lo menos me gusta.

-Desde luego, qué cosas tienes -repuso, meneando la cabeza-. Ya puestos, sugiere que los inviten a tocar en la próxima Patrona.

-¿Y por qué no? Sería una experiencia catártica -bromeé.

Me vino bien, el desahogo musical. Pero poco a poco se fue imponiendo a mi ánimo la tarde que caía sobre aquel monótono paisaje de carretera. De pronto, me acordé de que íbamos hacia Barcelona. No era la ciudad de los gitanos, ni yo montaba un caballo negro. Pero no me sentía del todo orgulloso de lo que en otra época había hecho allí.

 (…)

SILVA, Lorenzo. En La reina sin espejo. Barcelona : Ediciones Destino, 2005, p. 79