Archivo mensual: noviembre 2010

Klabautermann

(…)

Él sonrió y dejó el cuchillo sobre el periódico discretamente para esconderlo.

-Ya veo… Usted cree que voy a matarlo porque sabe demasiado, porque ha visto mi rostro.

-Algo así.

-Lo entiendo. Los marineros alemanes creen en un pequeño duende que se llama Klabautermann. Es invisible, y trae buena suerte a los que navegan con él. Pero si uno ve la cara del Klabautermann, sabe que va a morir. Tengo que admitir que yo siempre he pensado en mí de esa manera.

(…)

RUSSELL, Craig. En: Lennox. Barcelona: Roca editorial, 2010. p. 173


La imagen en Flickr es de adapar

1 comentario

Archivado bajo Cuentitos Negritos

Ay, pena, penita, pena

Esta novela se basa en esa premisa de la que tanto ha tirado el mundo de las redes sociales de que entre cualquier persona del planeta hay como mucho seis grados de separación. El mundo globalizado; todo tan complejo y a la vez tan cercano.

Y esta es la teoría sobre la que Irene Ricart, la detective miope, se irá moviendo para intentar descubrir el misterio que a ella le preocupa. Porque ella está convencida que resolviendo los casos a los que debe hacer frente en su trabajo en la agencia “Detectives Marín” irá resolviendo su puzzle personal, el misterio que a ella realmente le preocupa.

Si tuviera que destacar algo de esta obra sería la abrumadora sencillez con la que está escrito, algo tremendamente complicado y que combina con un sentido del humor que te hace estar en muchas ocasiones leyendo mientras sonríes. A esto ayudan los compañeros de trabajo de Ricart y su propio jefe. También me ha gustado mucho la propia protagonista; un personaje cercano, muy vulnerable y por el que sientes una cercanía y una atracción inmediata.

Cuando empecé a leer a la detective miope, me dio la sensación de que iba a encontrarme con una novela ligera y sencilla (qué difícil debe ser escribir tan claro y la vez de forma tan sencilla) … pero no. Me he encontrado con una muy buena obra que dentro de lo entrañable y cercano que es el personaje transmite una sensación de tristeza y pena tremenda, porque la pena que arrastra consigo Irene Ricart es tan enorme que le hace ir perdiendo dioptrías mientras vas pasando las páginas del libro.

Y yo os dejo, que he quedado con una amiga en uno de los bancos del jardín. Sí, en el número 8 al lado de la papelera…..

Rosa Ribas

La detective miope

Viceversa, 2010


4 comentarios

Archivado bajo Libros

Absenta

(…)

-¿Has probado la absenta?

-No. A decir verdad, tampoco la cocaína, ni el peyote ni el LSD.

-No tenemos peyote ni todo lo demás, pero absenta sí. Te apetece probarla? Es legal.

Contesté que sí, que me apetecía probarla, y ella le dijo a Matilde, la camarera que atendía la barra, que nos sirviera absenta para dos. Matilde, que no es una persona precisamente locuaz, hizo una señal imperceptible con la cabeza y, apenas unos minutos después, teníamos ante nosotros dos vasos con un líquido verde, un vaso con azucarillos y una jarra de agua.

-¿Qué se hace con todo esto? -pregunté.

-¿Has probado el pastis?

-Si.

-El método es el mismo. Este licor, puro, tiene sesenta y ocho grados. Se diluye con tres o cinco partes de agua y, si se quiere, se le añade un azucarillo.

Seguí sus instrucciones, lo probé y me gustó.

Diablos, me gustó mucho y me preparé otro enseguida.

-Zola decía que, cuando hace su aparición la absenta, la cosa siempre acaba con hombre borrachos y mujeres que se quedan embarazadas. Por fin entiendo lo que quería decir.

(…)

CAROFIGLIO, Gianrico. En: Las perfecciones provisionales. Madrid : La esfera de los libros, 2010. p. 137

Laimagen en Flickr es de Juan R Correa

Deja un comentario

Archivado bajo A Fuego Negro

Violent Femmes – Blister in the Sun

(…)

—Marius.

Hecho esto, el hombre le dijo a Marius que metiera la carta en el sobre y que lo guardara en la mochila que él tenía en la mano.

—En el otro folio, escribe «Vuelvo dentro de cuatro semanas». Firma con la fecha de hoy y escribe tu nombre. Vale, gracias.

Marius estaba sentado mirando su regazo con el hombre justo a su espalda. La brisa movía la cortina. Fuera trinaban histéricos los pájaros. El hombre se inclinó y cerró la ventana. Ahora sólo se oía el suave zumbido de la minicadena de la estantería.

—¿Qué canción es? —preguntó el hombre.

Like a blister in the sun —respondió Marius. Lo había puesto en Repeat.

Le gustaba. Le habría hecho una buena reseña. Una reseña «calurosa e incluyente».

—La he oído antes —aseguró el hombre, que encontró el botón del volumen y lo subió—. Pero no recuerdo dónde.

Marius levantó la cabeza y observó por la ventana el verano acallado tras los cristales, el abedul, que parecía decir adiós, el césped verde. En el reflejo, vio que el hombre, a su espalda, levantaba la pistola y le apuntaba a la nuca.

Let me go wild!, ladraban los pequeños altavoces.

El hombre bajó el arma.

—Perdona. Se me había olvidado soltar el seguro. Ya está.

Like a blister in the sun!

Marius cerró los ojos. Shirley. Pensó en ella. ¿Dónde estaría ahora?

—Ahora caigo —dijo el hombre—. Fue en Praga. Se llaman Violent Femmes, ¿no es verdad? Mi novia me llevó a un concierto. No tocan muy bien, ¿no?

Marius abrió la boca para contestar, pero, simultáneamente, se oyó una tos seca procedente de la pistola y nadie supo jamás su opinión.

(…)

NESBØ, Jo. En: La estrella del Diablo. Barcelona: RBA, 2010. p. 297

2 comentarios

Archivado bajo Karaoke Kriminal

La hora de los caballeros

(…)

«Tal vez sea la tormenta —piensa—. Las tormentas hacen surgir los recuerdos, igual que dejan cosas flotando en la playa. Son cosas que uno piensa que han desaparecido para siempre hasta que, de repente, aparecen allí: descoloridas, gastadas, pero allí otra vez.»

Se sienta y trata de resolver el crucigrama mientras piensa en Herbie y espera la «hora de los caballeros».

La «hora de los caballeros» es un clásico en todos los lugares con buena ola de California. Comienza alrededor de las ocho y media o las nueve de la mañana, cuando los jovencitos con las tablas más rápidas se han marchado precipitadamente a sus trabajos diurnos y dejan el agua para los tíos con horarios más flexibles, con lo cual la zona de arranque se llena de médicos, abogados, inversores inmobiliarios, los primeros ejecutivos que han comprado empresas nacionales, algunos maestros jubilados; en resumen: caballeros.

Tienen más edad, evidentemente, y la mayoría llevan tablas largas y grandes y un estilo más directo, más pausado, menos competitivo y mucho más amable. Nadie tiene demasiada prisa y nadie se mete en la ola de otro ni se preocupa si no ha remontado ninguna ola. Todos saben que mañana habrá más olas y pasado mañana también y lo mismo al día siguiente. La verdad es que buena parte de la navegada consiste en esperar en la zona de arranque o incluso de pie en la playa, intercambiando mentiras sobre olas gigantes y revolcones violentos y contando anécdotas sobre los viejos tiempos, que van mejorando con cada nueva versión.

Deja que los chavales la llamen «la hora del geriátrico». ¡Qué sabrán ellos!

(…)

WINSLOW, Don. En: El invierno de Frankie Machine. Madrid : Martínez Roca, 2010. p. 22

La imagen en Flickr es de A. Strakey

4 comentarios

Archivado bajo Cuentitos Negritos

Faroleando por el centro de Madrid


Es un fenómeno religioso. Igual que hay personas que peregrinan a Santiago, La Meca o Jerusalén, el torbellino espiritual del Ciri, Cazuelo ilustre de adopción, le obliga a ir a Madrid al menos dos veces al año a comprobar que la habilidad y maestría del personal de las tascas no ha bajado desde su última visita-inspección. Y así, como si de un operario de la compañía de gas se tratase, va leyendo los contadores de aquellos bares de la capital del reino susceptibles de tener buena mano en el arte de poner una caña “como dios manda”.

Y fue en una de las últimas peregrinaciones cuando mi amiga Elvi me lo dijo: “Ahí es donde tiene el despacho”. Y como yo también estaba más pendiente de todo lo relacionado con la geolocalización de los templos cerbeceros, me costó un ratillo darme cuenta que me estaba hablando de Julio Cabria, el detective inventado por Óscar Urra y del que Impar y Rojo, el libro que hoy nos ocupa, es su segunda novela.

Julio Cabria es un personaje muy logrado. Desde que lo conocimos en A timba abierta a punto de lanzarse al vacío desde su despacho, se ha metido en unos cuantos líos y muchas peleas de las que casi siempre sale perdiendo… y esta obra no es una excepción. Julio sigue como siempre, dándole al gintonic con almendras, jugando en las timbas que le dejan, y siempre con el agua, si no algo peor, al cuello. Porque Julio Cabria es un detective privado privado de muchas cosas, pero sobre todo de la ilusión y un cicerone certero para conocer el centro de Madrid. Eso sí, es un hombre con un gran magnetismo para los problemas y un buen saco para practicar boxeo.

Si se trata de recomendar, te animaría a que leyeses antes la primera novela de la saga, ya que aunque no es imprescindible, hay algunas tramas que vienen de la citada obra. La obra se lee fácil y la acción se desarrolla a un ritmo trepidante, lo que no quita para que el autor nos regale algunas descripciones deliciosas. Para muestra, el primer capítulo de la novela.

Comentar por último que me ha parecido especialmente interesante el papel que juega la hija del propio Cabria en esta novela. Un buen hilo del que tirar en el futuro y del que da buena noticia el final tan abierto que nos deja el autor.

Lo dicho, esperamos que Óscar Urra nos cuente alguna historia más de Julio Cabria, este detective que sobrevive faroleando por los barrios más populares de Madrid. Nosotros, por nuestra parte, seguiremos peregrinando a la tierra de Cabria. Lo que haga falta por ayudar a un amigo.

 

Óscar Urra

Impar y Rojo

Salto de Página, 2009

La imagen es del blog La Balacera

Deja un comentario

Archivado bajo Cazuelos, Libros

Queen – Don’t Stop Me Now

(…)

Esa mañana, antes del mío, se había celebrado un juicio con muchos imputados por un asunto de fraude a la Seguridad Social- La sala —la más grande de las destinadas a las audiencias preliminares— estaba llena de acusados, junto a sus correspondientes abogados, y presentaba la ordenada compostura del zoco de Marrakech. Todo indicaba que el tema iba para largo. En vista de eso, como no sabía qué hacer para pasar el rato, cogí el i-Pod que llevaba en la cartera y lo puse en marcha en reproducción aleatoria.

La escena, de repente y como por arte de magia, se transformó en un espectáculo de insensata, mítica, demencial belleza.

Al ritmo del rock, sin ser conscientes de ello, abogados, acusados, juez, secretario, guardias, bailaban sincopadamente sobre mi escenario particular.

Abogados que se levantaban y hablaban, diciendo cosas que yo no oía; acusados que confabulaban entre ellos; el juez que dictaba: una especie de movimiento colectivo que gracias a la música, parecía adquirir sentido.

El momento más emocionante de aquel musical privado fue cuando uno de mis colegas, uno cuya característica especialidad profesional era, y es, el desprecio implacable hacia el subjuntivo, se levantó y se dirigió al juez gesticulando animadamente, en perfecta sincronía —o eso me pareció— con la voz de Freddie Mercury que estaba cantando “Don’t stop me now”.

A veces no está tan mal ser abogado, me dije mientras estiraba las piernas debajo del banco y me ponía cómodo para disfrutar del espectáculo.

(…)

CAROFIGLIO, Gianrico. En: Las perfecciones provisionales. Madrid: La esfera de los libros, 2010. p. 92

Deja un comentario

Archivado bajo Karaoke Kriminal