Archivo mensual: diciembre 2010

Iguana empieza por ce

(…)

Harry y Sven estaban esperando sentados en el suelo del pasillo.

—Se retrasa —dijo Sven.

Silencio.

—Canciones de Iggy Pop que empiecen por ce —dijo Sven—. Tú empiezas.

—Déjalo.

China Girl.

—No es el momento.

—Aliviará la espera. Candy.

Cry for love.

China Girl.

—Ésa ya la has dicho, Sivertsen.

—Hay dos versiones.

Cold Metal.

—¿Tienes miedo, Harry?

—Un miedo mortal.

—Yo también.

—Bien. Eso aumenta las posibilidades de sobrevivir.

—¿En qué porcentaje? ¿Diez sobre cien? ¿Vein…?

—¡Calla! —lo cortó Harry.

—¿Es el ascensor que…? —susurró Sivertsen.

—Están subiendo. Respira hondo y pausado.

(…)

NESBØ, Jo. En:La estrella del Diablo. Barcelona: RBA, 2010. p. 451

CHINA GIRL

CANDY

CRY FOR LOVE

COLD METAL


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Hieronymus Bosch

(…)

Wish tomó un sorbito de agua, mientras decidía si continuaba o no. Al final lo hizo.

Hieronymus Bosch… La única cosa que te dio tu madre fue el nombre de un pintor que murió hace quinientos años. Aunque me imagino que en comparación con las cosas que has visto, las extravagancias que pintó parecerán Disneylandia. Tu madre estaba sola y no podía mantenerte. Creciste con distintas familias adoptivas, en orfanatos de todo tipo… Sobreviviste a eso, sobreviviste a Vietnam y hasta has sobrevivido al departamento de policía, al menos por ahora. Pero tú eras alguien de fuera en un círculo muy cerrado. A pesar de que llegaste a Robos y Homicidios y trabajaste en casos conocidos, seguías siendo un intruso que actuaba a su manera. Y al final te echaron.

(…)

CONNELLY, Michael. En: El eco negro. Barcelona: Roca bolsillo, 2010. p .116.

La imagen en Flickr es de RasMarley

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Balacera sangrienta en Boston

“Abrázame, oscuridad” es la segunda novela de la serie Kenzie / Genaro, una pareja de detectives que trabajan en Boston, en unos barrios duros y que conocen bien porque han crecido en ellos. En esta ocasión, partiendo de un sencillo trabajo de seguimiento el argumento se va complicando hasta llegar unos niveles de violencia bastante tremebundos.

 

He de confesar que Lehane es uno de los autores de novela negra actual que más me gustan… y también es de los que más me desconciertan. Así, me quede deslumbrado con la tremenda “Mistic River” o “Cualquier otro día” y acabé con una cara de perplejidad (o algo parecido) tremenda al pasar las últimas páginas de “Shuther Island”.

Y los libros de esta serie me gustan. Me encantó “Un trago antes de la guerra”, el primero de la serie, y me gusta porque los personajes están muy conseguidos y las novelas muy bien ambientadas. En estas novelas de Lehane lo que suena son The Dubliners o The Pogues, y ahí, en esos barrios se ha fraguado un mundo singular.

Sin embargo, creo que aquí se pasa un poco de rosca el autor. Mucha truculencia y violencia en serie a partir de un hecho casi anecdótico. Y eso es lo que sorprende, porque Lehane le tiene muy bien tomada la medida a su mundo, a su ciudad, a su barrio… como para tener que montar un argumento tan brutal y sangriento.

Sin embargo, animaría a la gente a leerla. Es un Lehane, entretenido y bien escrito, y aunque no todos los libros sean igual de redondos merece la pena acercarse a sus páginas.

La imagen es del Blog Cruce de Cables

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Caponatina

(…)

Mientras regresaba a Marinella, lo asaltó un hambre canina. En el frigorífico había un plato rebosante de caponatina que perfumaba el alma y un plato de espárragos silvestres, de esos tan amargos como un veneno, aliñados tan sólo con aceite y sal. En el horno encontró una barra de pan de harina de trigo. Puso la mesa de la galería y comió. La noche era de una espesa oscuridad. A escasa distancia de la orilla había una barca con el farol encendido. La miró con un suspiro de alivio, porque ahora estaba seguro de que en aquella barca no había nadie vigilándolo.

Se fue a la cama y empezó a leer uno de los libros suecos que se había comprado. El protagonista era un colega suyo, el comisario Martin Beck, cuya manera de llevar a cabo las investigaciones le gustaba mucho. Cuando apagó la luz, ya eran las cuatro de la madrugada.

(…)

CAMILLERI, Andrea. En: La paciencia de la araña. Barcelona: Salamandra, 2010, p. 200

CAPONATINA SICILIANA

Ingredientes

  • 2 berenjenas medianas
  • 3 tomates jugosos
  • 60 gr de aceitunas verdes
  • 50 gr de alcaparras en vinagre
  • 30 gr de piñones
  • 30 gr de pasas
  • 1/2 cebolla
  • 2 tallos de apio blanco
  • 1/2 vaso de vinagre rojo
  • 1 cucharada de azúcar
  • pimienta
  • sal gorda
  • aceite de oliva virgen extra
  • albahaca

Dejar ablandar las pasas en agua caliente.

Cortar las berenjenas en daditos pequeños, ponerlas en un escurridor, salarlas con sal gorda y dejarlas reposar una hora.

Lavarlas y secarlas cuidadosamente y freírlas en abundante aceite caliente. Sacarlas de la sartén y reservarlas entre papel de cocina, para que pierdan el exceso de aceite.

En el mismo aceite, freír el apio cortado en trocitos, sacarlo y reservarlo.

Quitar buena parte del aceite, cortar la cebolla muy fina y rehogarla; añadir los tomates también cortados en láminas, dejar que cojan sabor, añadir una pizca de sal (muy poca), las aceitunas cortadas en rodajas, las berenjenas, el apio, los piñones, las alcaparras, las pasas y unas hojas de albahaca fresca.

Cocer 5 minutos más y añadir el vinagre y el azúcar. Apagar el fuego, retirar las verduras y dejar que se enfríen completamente antes de servirlas con buen pan.

La receta es de la web La Zuccheriera.

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Marea – A Caballo (con Albertucho)

(…)

Pero también abrigo una convicción de signo opuesto, y es que mientras uno no ha rodado por tierra, y por fea que pinte la partida, siempre hay algo que ganar si se planta cara a la adversidad, en vez de encenagarse en ella. Era ya el segundo desfallecimiento del día (o el tercero), y me pareció llegado el momento de tomar medidas drásticas. Más me valía salir por cualquier sitio, antes que dejarme atraer al fondo del pozo. No le di muchas vueltas. Me puse en pie, volví a vestirme y fui a buscar el coche. A la una y media crucé por el control de la comandancia, y unos minutos después conducía a buena velocidad por una autopista desierta, camino de Barcelona. Durante unos minutos dejé que sonara en la radio uno de esos programas de madrugada en los que la gente hace públicas sus miserias y sus fantasías más íntimas, pero no era eso lo que me hacía falta oír en aquel momento. Le di al botón que ponía en marcha el reproductor de discos compactos. Allí seguía el disco de Marea. Su sonido rítmico e impetuoso me pareció apropiado para la situación. También lo que cantaban:

y los olivos me cuentan que me canso de soñar contigo,

que estoy acorralado y no me quedan tiros,

que va siendo hora de despertar

 

Es posible que impulsado por aquella música le diera al acelerador más de lo que la prudencia aconsejaba. Es posible, también, que en alguna curva no calculase bien y tuviera que corregir con un sobresalto la dirección o la velocidad. Pero pronto me concentré en resolver los problemas concretos que implica la conducción: un modo inmejorable de relajarse cuando uno anda con la cabeza demasiado emponzoñada de problemas abstractos. Me apliqué a exprimir la potencia del motor, absorto en las líneas y las señales de la carretera, mientras los de Marea seguían a lo suyo, sin perder ocasión de dejar claro quiénes eran los villanos estelares de su mitología particular:

y agárrate a la grupa si empieza a oler mal,

que vamos galopando hacia ningún lugar,

y ahuecando, que vienen a miles

los guardiaciviles y la Nacional

La vida, que es paradójica y un punto gamberra, le ponía aquella música a la cabalgada sin rumbo de un guardia civil que, despojado de la apariencia de orden que le protegía durante el día, se volvía tan fugitivo y marginal como el protagonista de la canción (al que, dicho sea de paso, no tenía el más mínimo interés en perseguir). En momentos así, a uno le da la impresión de que todo es un inmenso malentendido, del que formamos parte sin poderlo aclarar nunca.

(…)

SILVA, Lorenzo. En La reina sin espejo. Barcelona : Ediciones Destino, 2005, p. 96


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La horca

(…)

-La abolición de la horca fue el fin de una época del periodismo criminal -me dijo Sid Franks en una ocasión-. Ya no se transmite la sensación de dramatismo. El lugar de la ejecución. La espera al indulto de última hora que con suerte nunca llega. El ahorcamiento. Conocí a un reportero que trabajaba por su cuenta, Harry Tibbs. En realidad era una especie de estafador. Solía entrar para ver al condenado. No era tan difícil como parece. Normalmente se hacía pasar por cura. Solía verlo con alzacuello en el pub Featers de Tudor Street. Conseguía cartas de personas que esperaban para ser ahorcadas y nos las vendía a nosotros y a otros periódicos. Era buen material. Lo curioso es que era abolicionista. “En principio estoy en contra de la horca” decía, “pero cuando se deshagan de ella será el fin de mi profesión.”

(…)

ARNOTT, Jake. En Canciones de sangre. Barcelona: Mondadori, 2009. p.57

La foto en Flickr es de limeydog

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Demasiada paja para estos hombres

Este libro no me habría animado a leerlo si no fuese porque viene avalado por Rodrígo Fresán y porque lo edita Mondadori en la colección Roja y Negra. Y digo que no lo hubiese leído porque es una novela que se mueve por ese subgénero de los asesinos en serie, sección “cuanto más brutales y despiadados, mejor ya que estamos”, tan del gusto, al parecer, del público anglosajón.

A mi no son unos libros que me atraigan especialmente, imagino, sobre todo, a que hubo una época en la que se escribieron muchas obras con asesinos en serie de toda naturaleza y condición como protagonistas (en ocasiones también ha ayudado a eso la repercusión de estas obras en el cine o la televisión), y pienso que cada vez cuesta más encontrar obras realmente originales.

Pues no. En este caso la originalidad es la brutalidad. Nos presentan, bañado en una pátina de misterio, a una cuadrilla de personajes brutales. Al parecer, estamos tan acostumbrados a que la realidad nos presente unas cifras tan despiadadas de personas que mueren de forma espeluznante, que este autor se ha decidido a actualizar el género.

Haciendo un esfuerzo de introspección literaria y buena fe podríamos decir que pareciera que el autor esté intentando presentarnos una alegoría de la maldad absoluta, pero ya te digo, hay que tener un día muy bueno y estar muy espléndido para mantener mucho rato el argumento.

Así que ya sabéis, una obra recomendable solo para gente que le vayan los asesinatos en serie y el terror, y sabed también que “Los hombres de paja” es parte de una trilogía. Yo primero tendré que recuperarme del atracón mortal para ver si me animo con más. Me quitaré de encima unos cuantos cadáveres leyendo alguna de Plinio, el Grisson de Tomelloso, que ese fijo que no me falla.

 

Michael Marshall

Los hombres de paja

Traducción de Xavier Llobet

Mondadori, 2009

La imagen es del blog negrocriminal cruce de cables

 

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