Marea – A Caballo (con Albertucho)

(…)

Pero también abrigo una convicción de signo opuesto, y es que mientras uno no ha rodado por tierra, y por fea que pinte la partida, siempre hay algo que ganar si se planta cara a la adversidad, en vez de encenagarse en ella. Era ya el segundo desfallecimiento del día (o el tercero), y me pareció llegado el momento de tomar medidas drásticas. Más me valía salir por cualquier sitio, antes que dejarme atraer al fondo del pozo. No le di muchas vueltas. Me puse en pie, volví a vestirme y fui a buscar el coche. A la una y media crucé por el control de la comandancia, y unos minutos después conducía a buena velocidad por una autopista desierta, camino de Barcelona. Durante unos minutos dejé que sonara en la radio uno de esos programas de madrugada en los que la gente hace públicas sus miserias y sus fantasías más íntimas, pero no era eso lo que me hacía falta oír en aquel momento. Le di al botón que ponía en marcha el reproductor de discos compactos. Allí seguía el disco de Marea. Su sonido rítmico e impetuoso me pareció apropiado para la situación. También lo que cantaban:

y los olivos me cuentan que me canso de soñar contigo,

que estoy acorralado y no me quedan tiros,

que va siendo hora de despertar

 

Es posible que impulsado por aquella música le diera al acelerador más de lo que la prudencia aconsejaba. Es posible, también, que en alguna curva no calculase bien y tuviera que corregir con un sobresalto la dirección o la velocidad. Pero pronto me concentré en resolver los problemas concretos que implica la conducción: un modo inmejorable de relajarse cuando uno anda con la cabeza demasiado emponzoñada de problemas abstractos. Me apliqué a exprimir la potencia del motor, absorto en las líneas y las señales de la carretera, mientras los de Marea seguían a lo suyo, sin perder ocasión de dejar claro quiénes eran los villanos estelares de su mitología particular:

y agárrate a la grupa si empieza a oler mal,

que vamos galopando hacia ningún lugar,

y ahuecando, que vienen a miles

los guardiaciviles y la Nacional

La vida, que es paradójica y un punto gamberra, le ponía aquella música a la cabalgada sin rumbo de un guardia civil que, despojado de la apariencia de orden que le protegía durante el día, se volvía tan fugitivo y marginal como el protagonista de la canción (al que, dicho sea de paso, no tenía el más mínimo interés en perseguir). En momentos así, a uno le da la impresión de que todo es un inmenso malentendido, del que formamos parte sin poderlo aclarar nunca.

(…)

SILVA, Lorenzo. En La reina sin espejo. Barcelona : Ediciones Destino, 2005, p. 96


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