Nueve dragoncitos

No lo voy a negar. Confieso que soy un fan total de Michael Connelly y especialmente de la serie Harry Bosch. Es verdad que esta novela es ya la número catorce que protagoniza este personaje y es verdad también que Connelly en ocasiones ha dado la impresión de haber perdido la magia que nos trasmitía en sus primeras novelas con las novelas protagonizadas por este personaje. Todo es verdad pero a mi me sigue gustando. Por lo que ha sido, por lo que es y por lo que espero que siga siendo.

Si bien es cierto que en las dos anteriores entregas, Echo Park y El observatorio teníamos que torcer el morro porque la historia no nos acababa de convencer, en esta ocasión Connelly parece que se pone las pilas y nos plantea una historia que rompe con todo lo que habíamos leído hasta ahora planteándonos dos tramas que girarán alrededor de distintas comunidades chinas. Primero, porque tendrá que investigar el asesinado del propietario de una tienda china (y aquí aparece ese gusto de Connelly por entrecruzar historias, ese personaje es el que le había ayudado a él durante los disturbios raciales que azotaron Los Angeles años atrás) y en medio de la investigación ha de salir en estampida hacia Hong Kong para solucionar el secuestro de su hija.

Parece que a Connelly no le gusta que su personaje tenga una vida tranquila y que se vaya acercando a la jubilación con suavidad. Tendría que consultar las páginas de Woodrow Wilson Drive para recordar por cuántos departamentos y destinos ha ido pasando Bosch, pero eso sí, consigue que en el paso por cada encrucijada el personaje tenga que plantearse la vida de una forma distinta. Ya veremos, pues, qué tal responde la antigua rata de los túneles a esta nueva emboscada vital.

Ahora que estoy releyendo las primeras novelas de esta serie me ha parecido que los nueve dragones no llegan al nivel de aquellos ecos y hielos negros, pero creo que estamos ante una buena novela de un personaje que de tan conocido no tendríamos ningún problema en tomarnos una cervecilla con él. Y es que Harry, al final, y después de catorce novelas, se ha convertido en uno más de la cuadrilla.

Michael Connelly

Nueve Dragones

Traducción de Javier Guerrero

RBA, 2010


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Bruce Springsteen – The River

(…)

La tarde del domingo los ojos me quemaban y salí de casa. Soplaba mistral y hacía frío.

Aquel frío despiadado de marzo que hace que la primavera parezca muy lejana.

Había pensado dar una vuelta, pero cambié de idea, cogí el coche y anduve hacia el norte, por la antigua nacional 16.

Bruce Springsteen resonaba en los altavoces y en mi cabeza mientras atravesaba los pueblos de la costa, desiertos y barridos por el viento del noroeste.

Me detuve delante de la catedral de Traniu, frente al mar, y encendí un cigarrillo. La harmónica chirriaba en mis oídos y en el alma.

Las palabras terribles se habían escrito para mi desesperada soledad.

 

I remember us riding in my brother’s car

Her body tan and wet down at the reservoir

At night on them banks I’d lie awake

And pull her close just to feel each breath she’d take

Now those memories come back to haunt me

They haunt me like a curse.

 

Al alba me desperté tiritando de frío, en la boca el olor del humo. La mano todavía agarrada al móvil, que había observado un buen rato antes de hundirme en el sueño, pensando en telefonear a Sara.

(…)

CAROFIGLIO, Gianrico. En: Testigo involuntario. Barcelona : Ediciones Urano, 2010. p. 87

Bruce Springsteen – The River

Shahmarán

(…)

Shahmarán es un ser mitológico del Asia Central.

Una cabeza de serpiente y otra de mujer rematan los

extremos de un cuerpo de reptil bicéfalo. Es diosa de la

sabiduría y guardiana de los secretos. Vive en un oculto

mundo subterráneo y tiene la potestad de otorgar la

vida, de arrebatarla o de conceder la inmortalidad.

Representa la fertilidad, es bondadosa, sacrificada y

compasiva; y se la considera transmisora de la felicidad.

Es habitual que, en las casas kurdas, las mujeres

decoren su dormitorio con dibujos y bordados de la

figura de Shahmarán.

(…)

ARRETXE, Jon. En: Shahmarán. Donostia: Erein, 2009. p. 7
La foto, en Flickr, es de nilgunakyol

Sagrada tristeza

No sabría qué música ponerle a esta novela. He oído sonar en sus páginas a Barry White, a Jimmi Hendrix, e incluso creo que dedicaré un Karaoke Kriminal especial a Bob Dylan con un fragmento de este libro. Distintos artistas, distintos estilos, pero se pierde por completo el soniquete irlandés que suele acompañar las novelas de Kenzie y Gennaro. Y es que la pareja protagonista tendrán que viajar en esta ocasión a Florida para intentar localizar a la hija de un millonario bostoniano y de paso a la persona a la que anteriormente le encargaron la labor de encontrarla.

Una historia extraña, que no ha acabado de engancharme del todo, donde lo más interesante es la tristeza que desprenden los protagonistas, sobre todo Gennaro; tristeza que viene de su anterior aventura, Abrázame, oscuridad y que visto lo visto va a ser una constante en esta saga. Una tristeza que por lo leído hasta la fecha irá in crecendo hasta la siguiente novela de la serie, la cuarta, Desapareció una noche, de la que ya hablaremos, espero, dentro de unas semanas.

Creo que es la tristeza lo que hace que me cueste tanto enganchar con estas novelas de Lehane. Tiene que aparecer Bubba con su cuadrilla a perpetrar una animalada en toda regla para darle a la novela un toquecillo un poco más “alegre” (alegría y Bubba, creo que no sé lo que estoy diciendo). Ya comentó Noemí Pastor en la charla negrocriminal en la que la conocí que cada vez valoraba más las historias con sentido del humor. Qué razón tiene la boquita mejor pintada de la blogosfera.

Pues eso, que Lo que es sagrado no ha sido una novela que me haya cautivado pero como estoy abonado a las historias de Kenzie y Gennaro, y me encanta de vez en cuando encontrarme entre sus páginas alguna referencia folkie pues seguiré fielmente acercándome a ver qué le depara la vida a esta pareja de Dochester.

Porque al final, lo único que es verdaderamente sagrado en esta novela es la relación de amistad y amor entre los protagonistas.

Dennis Lehane

Lo que es sagrado

Traducción de Ramón de España

RBA, 2011

(Serie Negra ; 87)

La imagen es del blog  Cruce de Cables

Albóndigas de pollo sabrosas

(…)

En la cocina, las pechugas de pollo se habían descongelado en el microondas. Yo, sin embargo, ya no tenía ganas de cocinarlas simplemente a la parrilla, así que abrí un libro de recetas que tenía en la cocina sin haberlo usado nunca.

Albóndigas de pollo sabrosas. Esto iba bien. Quiero decir el nombre. Leí la receta y me alegré de ver que disponía de los ingredientes.

Antes de empezar abrí una botella de Salice Salentino, lo probé y luego busqué un CD para escuchar mientras cocinaba.

(…)

Entonces regresé a la cocina y me puse manos a la obra.

Herví el pollo y lo piqué, junto con cien gramos de de jamón dulce que estaba en la nevera desde hacía varios días. Luego lo puse todo en una escudilla con un huevo, parmesano rayado, nuez moscada, sal y pimienta negra. Lo mezclé, primero con una cuchara de madera y luego con las manos, tras haber añadido pan rayado. Hice albóndigas del tamaño de un huevo y las pasé por otro huevo que había batido con sal y un poco de vino. Las rebocé en pan rayado al que había añadido una pizca de nuez moscada y las hice crepitar en aceite de oliva a fuego moderado.

Envolví las albóndigas —que desprendían muy buen olor— en papel absorbente y preparé una ensalada con vinagre balsámico. Puse la mesa, con mantel, platos de verdad, cubiertos de verdad y, antes de ponerme a comer fui a cambiar el CD.

(…)

CAROFIGLIO, Gianrico. En: Testigo involuntario. Barcelona, Ediciones Urano, 2010. p. 104

La imagen, en Flckr, es de reiven

Red Hot Chili Peppers – Aeroplane

(…)

—¡Soplagaitas! —tosió Charles.

Se oyó el un rumor de pasos apresurados y Teresa, Charles y Winona desaparecieron. No se molestaron en cerrar la puerta.

Miré hacie el escritorio. Escuché la radio de Cindy, que se colaba en mi oficina por el balcón abierto. Los Red Hot Chili Peppers cantaban “Music Is My Aeroplane”. Apreté los labios y dejé que el aire saliera por las comisuras.

—Bueno, imbécil, ¿vas a dejar que se larguen así?.

(…)

CRAIS, Robert. En: El último golpe. Barcelona, Ediciones B, 2011. p. 31

Red Hot Chili Peppers – Aeroplane

Smoots

(…)

-Cuidado, Mae -dijo Grace.

Estábamos atravesando el puente de la avenida Massachusetts desde Cambridge. Por debajo de nosotros, el río Charles adoptaba tonos acaramelados a la luz moribunda, y los miembros del equipo de Harvard resoplaban mientras sus remos cortaban el agua.

Mae estaba de pie en la baranda de quince centímetros que separaba la acera del tráfico, con los dedos de la mano derecha medio cruzados con los míos mientras intentaba mantener el equilibrio.

-¿Smoots? -preguntó de nuevo, masticando la palabra con los labios como si fuera de chocolate-. ¿Qué son los smoots, Patrick?

-Así es como midieron el puente -le informé-. Fueron arrastrando a Oliver Smoot por el puente para medirlo.

-¿Les caía mal?

Contempló la siguiente marca amarilla mientas se le ensombrecía el semblante.

-No, les caía bien. Fue una especie de juego.

-¿Un juego?

Me miró a la cara y sonrió.

Asentí.

-Así es como descubrieron el sistema Smoot de medición.

-Smoots -dijo entre risitas-, smoots, smoots.

Pasó un camión haciendo ruido y agitando el puente bajo nuestros pies.

–Hora de bajar, cariño -dijo Grace.

-Yo…

-Ahora mismo.

Saltó junto a mí.

-Smoots -me dijo con una mueca chiflada, como si acabáramos de dar con un chiste de uso privado.

En 1958, ciertos alumnos aventajados del Instituto Tecnológico de Massachusetts tumbaron a Oliver Smoot en el suelo del puente de la avenida con el nombre del estado, lo fueron desplazando de un extremo a otro y llegaron a al conclusión de que el puente medía 364 smoots, más una oreja. De alguna manera, esa medida se convirtió en un tesoro a compartir por Boston y Cambridge, y cada vez que le dan una mano de pintura al puente, las marcas de Smot reciben el tratamiento adecuado.

(…)

LEHANE, Dennis. En: Abrázame, oscuridad. Barcelona: RBA, 2010. p. 126

La imagen, en Flickr, es de -Merce-