Donuts

(…)

De pronto notó un roce a si izquierda y se volvió sorprendida. Era Leopold Müller. Llevaba una bandeja con un café y dos donuts.

—¿Puedo?

No esperó su respuesta. Se sentó frente a ella.

—Uno es para mí; el otro, para usted.

—Es que no tengo hambre.

—¿Le pasa algo? Es la primera vez que la veo rechazando un donut. ¿No será la mala conciencia por lo de ayer? Como ve, no soy rencoroso. Le ofrezco un donut en son de paz.

El comentario consiguió hacerla reír. Tomó el donut sólo por cortesía, pero se lo comió en tres bocados. Tenía hambre, ahora lo notaba.

Miró su reloj, aún les quedaba algo de tiempo hasta la reunión del equipo de investugación. Ante la mirada divertida de Müller, se zampó dos donuts más.

—Parece usted Homer Simpson.

—Acaba usted de ganar mil puntos, Leopold.

—¿Le traigo otro donut?

—No, creo que voy a reventar de tanto azúcar. Mejor nos vamos, que la reunión es en diez mintutos, a las dos.

(…)

RIBAS, Rosa. En: Con Anuncio. Barcelona: Viceversa, 2009. p. 190

Aquí tienes la excelente receta de Donuts caseros de Pepekitchen

Balacera psicológica

Aunque las historias de Kenzie y Gennaro se pueden leer de forma independiente, el arranque de esta historia es consecuencia a todo lo acontecido en Desapareció una noche, novela de la que ya hicimos un breve comentario por aquí hace unos meses.

Haciendo un poco de memoria podemos recordar que en aquella novela se acababa planteando un dilema moral que Kenzie y Gennaro resolvían de forma distinta y que supuso una grave crisis entre los dos protagonistas, finalizando la novela yéndose cada uno por su lado. En ese punto dejábamos a los protagonistas de esta saga… y en ese punto nos volvemos a encontrar a Kenzie en ésta, que es quien da los primeros pasos en este nuevo argumento.

Sin embargo, la trama que nos vamos a encontrar en Plegarias de la noche es totalmente distinto a todo lo que habíamos leído hasta la fecha de la pareja de Boston, ya que sus aventuras siempre han estado muy pegadas a su realidad, a su barrio (bueno, está la excepción de Lo más sagrado, cuando tienen que viajar a Florida, pero es lo no habitual), historias además en las que normalmente hay una carga de violencia muy fuerte…. Y sin embargo aquí nos encontramos con un argumento que se acerca más a un thriller psicológico que a lo que normalmente estamos habituados a leer en esta serie.

Una historia que empieza con un suicidio imposible. Alguien se ha tirado desde un gran edificio y nadie entiende cómo ha podido llegar a tal grado de desesperación. Una historia que se complica cuando se descubre que los últimos meses de vida de esa persona han transcurrido como si de una hilera de fichas de dominó se tratase y cada ficha al caer se concretase en una desgracia hacia su persona o hacia alguien importante para ella. Una historia que nos habla sobre todo de la capacidad de hacer daño a los demás anulándoles como personas; quitándoles la ilusión y la capacidad de ser felices.

Tendrán que volver a unir sus fuerzas los Bonnie & Clyde de Dorchester para poder hacer frente a tanta maldad…. Y tendrá que echarles algo más que una mano (un pie, quizá) el temible Bubba cuando las cosas se pongan feas. Como siempre.

Aquí tenéis, pues, una entrega más de esta entretenida serie, si bien en esta ocasión podréis encontrar que la novela tiene un marcado sabor a thriller psicológico, un género en el que Lehane también se encuentra muy a gusto. Ahí tenéis Shutter Island, por ejemplo….. pero qué digo. Eso es otra historia.

 

Dennis Lehane

Plegarias en la noche

Traducción de María Vía

RBA, 2011

(Serie Negra ; 110)

Gyrus fusiforme

(…)

-¿Cómo están las cosas allí arriba?

Beate dejó los maletines delante de la puerta verde del ascensor y le echó una rápida ojeada.

-Yo creía que uno de tus principios era mirar primero y preguntar después -dijo pulsando el botón de llamada.

Harry asintió con la cabeza. Beate Lønn pertenecía a esa parte de la humanidad que se acuerda de todo. Era capaz de recitar detalles de casos criminales que a él se le habían olvidado hacía mucho y que habían sucedido antes de que ella empezara en la Academia de Policía. Además, tenía muy desarrollado el gyrus fusiforme, esa parte del cerebro que hace que recordemos las caras. Un gyrus fusiforme que había dejado atónitos a los psicólogos que lo habían puesto a prueba. Sólo faltaba que se acordara también de lo poco que Harry había tenido tiempo de enseñarle mientras trabajaron juntos durante la oleadas de atracos del año anterior.

(…)

NESBØ, Jo. En: La estrella del diablo. Barcelona: RBA, 2010. p. 28

La imagen, en Flickr, es por Dance Party Duo

Bruce Springsteen & The E Street Band – Jungleland

(…)

Vespa le cogió la mano.

—No pasa nada.

Pero sí pasaba. Lo sabía. No había ido a ningún concierto ni acontecimiento deportivo en un «pabellón» desde hacía quince años. Antes le encantaba ir a conciertos. Recordaba haber visto a Bruce Springsteen y la E Street Band en el centro de convenciones de Asbury Park cuando iba al instituto. Una cosa que le extrañó, que percibió ya por aquel entonces, era que la línea que separaba un concierto de rock de un servicio religioso intenso no era tan gruesa. Hubo un momento, cuando Bruce tocó Meeting Across the River seguido de Jungleland —dos de las canciones favoritas de Grace—, en que ella, de pie, con los ojos cerrados y el rostro bañado en sudor, estaba claramente ida, absorta, temblando de gozo, el mismo gozo que había visto por televisión cuando una multitud se ponía en pie, temblorosa y con las manos en alto, en respuesta a las palabras de un telepredicador.

Le encantaba esa sensación. Y sabía que no quería volver a sentirla nunca más.

Grace apartó la mano de la de Carl Vespa. Él asintió como si lo entendiera.

—Vamos —dijo él con delicadeza.

(…)

COBEN, Harlan. En Sólo una mirada. Barcelona, RBA, 2005. p. 113

Meeting Across The River [Born To Run] 

Jungleland – [Born To Run]

Jungleland [Live in New York City]

Hormigón en los juzgados

La rubia de hormigón es la tercera obra de la saga Harry Bosch y dentro de la serie es una novela distinta porque es un thriller legal en toda regla. La novela empieza con Bosch asistiendo como acusado a un juicio que como no podía ser de otra forma se desmorona en las primeras páginas. A Connelly le gusta entrar rápido en faena y dejar con el culo al aire a su personaje.

Al sido al releer esta novela cuando me he dado cuenta que esto puede ser el precedente de la saga que el autor ha empezado posteriormente con el abogado Michael Haller, el abogado del Lincoln.

Como thriller legal no me ha parecido muy interesante. En la serie sobre Michael Haller, Connelly da la sensación de que controla mucho más y mejor el terreno que pisa y le saca más partido a los recovecos jurídicos del sistema americano. En el caso que nos preocupa, si la novela se salva es por el personaje de Harry Bosch y por la trama que hay al margen de los juzgados.

A mi me ha parecido una novela un poco tramposa. Demasiados amagos, más o menos justificados, que cambian el rumbo de la investigación y un desenlace con sorpresa incluida, marca de la casa.

Así como las otras dos novelas que he releído últimamente, El Eco Negro y Hielo negro diría que me han gustado más que cuando las leí por primera vez (sobre todo El eco), esta me ha dejado un poco indiferente. No me ha llegado a entusiasmar la historia, se me ha hecho un poquillo pesada y al final me he sentido un poco timado por el autor, que le da al argumento unos giros de los que creo he salido un poco mareado.

Y como me da la sensación que a lo mejor he sido un poco durillo con Don Michael, os dejo un enlace a un comentario más positivo a cargo del kamarada Aramys Romero y la enciclopedia sobre Harry Bosch que encontraréis en Woodrow Wilson Drive .

Michael Connelly

La rubia de hormigón

Traducción de Javier Guerrero

Roca bolsillo, 2011

 

George Michael – Careless Whisper

(…)

Myron puso en marcha el coche para volver a Nueva York. Encendió la radio y empezó a sonar un tema clásico de los Wham, Careless Whisper. George Michael se quejaba amargamente en esa canción de que no iba a poder volver a bailar porque “guilty feet have got no rhythm”, es decir, porque los pies culpables no tienen ritmo. Qué profundo, pensó Myron, qué profundo.

(…)

COBEN, Harlan. En: Motivo de ruptura. Barcelona: RBA, 2010. p. 198


Sombreros

(…)

-¿Qué está pasando? -preguntó Bosch-. He oído por la radio algo sobre un cadáver en Western y Franklin, pero nadie me ha dicho nada. Es curioso, considerando que estoy de guardia

-No te preocupes – le respondió Kleinman-. Los “sombreros” lo tienen controlado.

Bosch dedujo que Kleinman debía de ser de la vieja escuela, porque hacía años que no oía esa expresión. En los años cuarenta, los miembros del Departamento de Robos y Homicidios habían lucido unos sombreros de paja que en los cincuenta pasaron a ser de fieltro gris. Al cabo de un tiempo los sombreros pasaron de moda, pero los detectives especializados en homicidios siguieron existiendo, aunque los policías de uniforme ya no los llamaban “sombreros”, sino “trajes”. Todavía se creían los mejores y se daban muchos aires, cosa que Bosch había odiado incluso en los tiempos en que fue uno de ellos. Para él, una de las ventajas de trabajar en Hollywwod, la “cloaca de la ciudad”, era que a nadie se le subían los humos. La gente hacía su trabajo y punto.

(…)

CONNELLY, Michael. En: Hielo negro. Barcelona: Roca bolsillo, 2010. p. 10.

La imagen está tomada del blog mitiquísimo