Archivo mensual: septiembre 2011

The Beach Boys – Sloop John B

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Siempre parábamos para ver juntos la puesta del sol. Los amigos, las chicas y uno cumplíamos aquel ritual, todos reconocíamos —¿cómo llamarlo?— aquella maravilla. Unos cuantos momentos de calma y respeto, para ver cómo se hundía el sol detrás del horizonte, mientras el agua resplandecía, naranja, rosada y roja, y uno pensaba en lo afortunado que era. Incluso de chaval, ya sabías lo afortunado que eras por estar en aquel lugar en aquel momento y eras tan espabilado que ya te dabas cuenta de que más te valía disfrutarlo.

Cuando la última tajada de sol rojo desaparecía detrás del horizonte, reuníamos leña, hacíamos una hoguera y asábamos pescado, perritos calientes, hamburguesas o lo que pudiéramos improvisar, comíamos y nos sentábamos alrededor del fuego y alguien sacaba una guitarra y cantaba Sloop John B o Barbara Ann o alguna canción popular vieja y después, si tenías suerte, te alejabas discretamente del fuego con una manta y alguna de las chicas a darte el lote; ella olía a agua salada y a bronceador y a lo mejor te dejaba meterle la mano bajo el sujetador del biquini y no había nada como aquella sensación. Tal vez te pasaras la noche tumbado a su lado sobre la manta y, cuando te despertabas, bajabas a toda prisa a los muelles justo a tiempo para pillar el barco para ir a trabajar y empezar todo el proceso otra vez.

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WINSLOW, Don.  El invierno de Frankie Machine. Madrid : Martínez Roca, 2010. p. 18

Un poco de historia de Sloop John B 

The Beach Boys – Sloop John B

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Carnaval

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El carnaval de Colonia es una tradición que se remonta a la fundación de la ciudad por parte de los romanos. Sus raíces yacen probablemente en el oscuro pasado pagano de los celtas, que habitaron la zona antes de la llegada de los invasores germanos y romanos.

Durante el carnaval, el caos sustituye al orden; la abstinencia de la Cuaresma viene precedida por el abandono y la indulgencia. Es un momento en el que el mundo está cabeza abajo; un tiempo en que todas las personas pueden convertirse, por unas horas en seres distintos.

El Señor del Carnaval es el Prinz karneval, también conocido como seine Tollität, “Su Altísima Locura”. El PrinzKarneval tiene la proteción del Prinzengarde, su guardaespaldas personal.

La palabra alemana Karneval procede del latín carne vale, “despedida de la carne”.

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RUSSELL, Craig. En: El señor del Carnaval. Barcelona: Roca bolsillo, 2009. p. 9

La imagen en Flickr es de philippe leroyer


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The Rolling Stones – Wild Horses

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Øystein Eikeland estaba en el taxi, en la parada al pie de la colina de St. Hanshaugen, con los ojos medio cerrados pero mirando al otro lado de la calle, donde una chica de largas piernas ingería su dosis de cafeína sentada en una silla, en la acera, delante del Java. La música country que se colaba por los altavoces ahogó el zumbido del aire acondicionado.

Faith has been broken, tears must be cried…

Decían las malas lenguas que el tema era de Gram Parson y que Keith y los Stones se la habían birlado para Sticky Fingers mientras estuvieron en Francia cuando los sesenta se habían acabado y ellos intentaban doparse para conseguir la genialidad.

Wild, wild horses couldn’t drag me away…

Una de las puertas traseras se abrió de repente. Øystein se sobresaltó.

Aquel hombre debía de haber llegado por detrás, desde el parque. El retrovisor le mostró una cara bronceada por el sol, unas mandíbulas poderosas y gafas de sol opacas.

—Al lago de Maridalsvannet.

Lo dijo con una voz suave que, no obstante, dejó traslucir un tono imperioso.

—Si no es mucha molestia… —añadió el cliente.

—No, no —murmuró Øystein antes de bajar la música y dar una última calada al cigarrillo, que arrojó por la ventanilla abierta.

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NESBØ, Jo. En: La estrella del Diablo. Barcelona: RBA, 2010. p. 394

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Taboulé

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“También así podría ser el matar a alguien, sólo necesito el impulso adecuado y creer en ello, entonces todo sucederá de manera espontánea.”

Frauke intenta imaginarse la vida después. Se imagina empezando de nuevo el trabajo, pidiendo un plato de taboulé en el restaurante árabe, husmeando en la librería o desahogándose con Kris; se imagina teniendo citas con algún que otro hombre, y sabiendo de antemano si va a tener o no sexo con él; se imagina hablando con Wolf, que la rodea con sus brazos, se imagina que todo va bien, que puede ser ella misma y nadie más, todo después de haber asesinado a una persona.

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DRVENKAR, Zoran. En Sorry. Barcelona: Seix Barral, 2011. p. 220

Aquí puedes ver la impresionante receta de Taboulé, o Ensalada de Cuscús, de Pepekitchen.

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Más difícil que ver a un hermano en un concierto de Springsteen

Hay una serie de libros y autores que los tienes en lista de espera. Sabes, o bien crees saber, que algún día los acabarás leyendo pero siempre hay otra novela, otro autor, que cuando vas a echarles el guante les coge la delantera.

Algo así me pasaba a mí con Pelecanos. Un autor del que tenía muy buenas referencias y que además goza de un gran eco mediático porque ha trabajado como guionista en series de renombre, pero un autor que no acaba de tener el reconocimiento de otros creadores del negrocriminal estadounidense como Connelly, Lehane o Coben.

Y me ha encantado. Me ha encantado comprobar cómo Pelecanos tiene su propio estilo y en esta novela (y en la serie de la que forma parte este libro) cobran especial importancia la cuestión racial, unida siempre a la desigualdad y la pobreza, el barrio, que muchas veces es el guetto; las drogas, como catalizador de toda la tensión que habita en la parte de Washington por la que se mueven sus personajes y la música, que invade esta novela y nos habla y nos cuenta mucho de cómo son los protagonistas.

Algo que Pelecanos hace a la perfección es usar a Strange y a Quinn como exponentes de distintas formas de entender la vida en los barrios duros de Washington lo que a él le permite describir sin juzgar. Porque además estos dos personajes no son perfectos ni mucho menos y en sus biografías pasadas y presentes encontraremos rincones oscuros y pecados y pecadillos con los que tienen que convivir en su día a día.

Dos aspectos destacaría de esta novela. Por un lado, que por encima de otros temas se habla de la tensión racial, siempre unida a la pobreza. La raza está en el fondo del problema de Quinn para salir de la policía, los prejuicios raciales a la hora de hablar de relaciones personales, lo difícil que es aislarte de dicha tensión… y por otro lado el mundo de la droga. Si por un casual viste la primera temporada de The Wire, en esta novela encontrarás novelado el funcionamiento de las esquinas, la jerarquía dentro de la organización de distribución de la droga o cómo viven las personas enganchadas que se amontonan alrededor de los camellos para conseguir un chute al precio que sea.

Antes de esta serie, la de Derek Strange y Terry Quinn, Pelecanos había estrito otra, protagonizada por el detective privado de origen griego (como el propio Pelecanos) Nick Stefanos. De este detective creo que no hay nada traducido, pero nos lo podemos encontrar en el tercer libro de esta serie, Música de Callejón, novela en la que tendrá un pequeño protagonismo aunque bastante simbólico. Y no me quiero olvidar tampoco de que Pelecanos es autor del “Cuarteto del DC”, cuatro novelas también ambientadas en Washington y que a lo largo de cuatro décadas (de los 50 a los 80) nos contará la historia de la ciudad desde el particular punto de vista del autor.

Para ir acabando me gustaría agradecer el último empujón para leer a Pelecanos que me dieron, el blog “Un cadáver en mi blog” o el magnífico artículo sobre este autor que leí en “Cultura Impopular”. También me gustaría comentar que en esta novela cargada de desesperanza hay algunos, pocos, personajes que representan la lucha contra lo que les ha tocado vivir y la esperanza de que se puede salir del círculo vicioso que propone el barrio. Algo parecido ocurre con la propia historia de amistad entre Quinn y Strange, una amistad a contracorriente; una amistad que habla de que “hay esperanza”.

George P. Pelecanos

Mejor que bien

Traducción de Gabriel Dols

(Gimlet)

Editorial Diagonal / Grup 62, 2002

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Shang a Lang – Bay City Rollers

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La M1, la autopista número 1, de Leeds a Osssett en dirección sur.

El Viva de mi padre forzado hasta los ciento diez por hora bajo la lluvia, la radio al ritmo de Shang-a-lang de los Rollers.

Más de diez kilómetros repitiendo el titular como un mantra:

La madre hizo una emotiva súplica.

La madre de Clare Kemplay, la niña de diez años desaparecida, hizo una emotiva súplica.

La señora Sandra Kemplay hace una emotiva súplica mientras crecen los temores.

Emotivas súplicas, temores crecientes.

Aparqué delante de la casa de mi madre en Wesley Street, Ossett, a las diez menos diez preguntándome por qué los Rollers no habrían hecho una versión de El pequeño tamborilero y pensé hazlo y hazlo bien.

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PEACE, David. 1974. Barcelona: Alba, 2010. p. 24

Bay City Rollers – Sang a Lang


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Imbéciles

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Alguien ha dicho que los hombres se dividen en categorías, la de los inteligentes o los imbéciles, y la de los perezosos o los emprendedores. Hay imbéciles perezosos, por lo general insignificantes e inofensivos, y hay inteligentes ambiciosos, a los que se les pueden confiar tareas importantes, aunque las mayores empresas, en todos los campos, las realizan casi siempre los perezosos inteligentes. Hay una cosa, sin embargo que no debe olvidarse jamás: la categoría más peligrosa, de la que pueden esperarse los desastres más graves y contra la que hay que revenirse con el mayor cuidado, es la de los imbéciles emprendedores.

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CAROFIGLIO, Gianrico. Las perfecciones provisionales. Madrid: La esfera de los libros, 2010. p. 111

La imagen, en Flickr, es de chavezonico

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