The Rolling Stones – Wild Horses

(…)

Øystein Eikeland estaba en el taxi, en la parada al pie de la colina de St. Hanshaugen, con los ojos medio cerrados pero mirando al otro lado de la calle, donde una chica de largas piernas ingería su dosis de cafeína sentada en una silla, en la acera, delante del Java. La música country que se colaba por los altavoces ahogó el zumbido del aire acondicionado.

Faith has been broken, tears must be cried…

Decían las malas lenguas que el tema era de Gram Parson y que Keith y los Stones se la habían birlado para Sticky Fingers mientras estuvieron en Francia cuando los sesenta se habían acabado y ellos intentaban doparse para conseguir la genialidad.

Wild, wild horses couldn’t drag me away…

Una de las puertas traseras se abrió de repente. Øystein se sobresaltó.

Aquel hombre debía de haber llegado por detrás, desde el parque. El retrovisor le mostró una cara bronceada por el sol, unas mandíbulas poderosas y gafas de sol opacas.

—Al lago de Maridalsvannet.

Lo dijo con una voz suave que, no obstante, dejó traslucir un tono imperioso.

—Si no es mucha molestia… —añadió el cliente.

—No, no —murmuró Øystein antes de bajar la música y dar una última calada al cigarrillo, que arrojó por la ventanilla abierta.

(…)

NESBØ, Jo. En: La estrella del Diablo. Barcelona: RBA, 2010. p. 394

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