Archivo mensual: octubre 2011

Sheryl Crow – Every Day is a Winding Road

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Amanecía por el este cuando Reacher llevaba una hora de viaje. El cielo cambió de negro a gris, luego a púrpura y finalmente la luz naranja del sol apareció en el horizonte. Reacher apagó las luces. No le gustaba conducir con luces después del amanecer. Se trataba simplemente de un mensaje subliminal, dirigido a la policía del estado. Las luces encendidas después del amanecer sugieren todo tipo de cosas, como huidas nocturnas. El Mustang ya era lo bastante provocativo por sí solo. Era un coche llamativo, agresivo. Un tipo de coche que se solía robar a menudo.

Pero los policías que Reacher vio no se fijaron en él. Reacher condujo a una velocidad de ciento diez kilómetros por hora, como si no tuviera nada que esconder. Pulsó el botón del CD. Sonó Sheryl Crow, algo que no le molestó en absoluto. No lo quitó. Every day is a winding road, le decía Sheryil. Cada día es un camino tortuoso. “Lo sé —pensó—. A mi me lo vas a decir.”

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CHILD, Lee. Un disparo. Barcelona: RBA, 2011. p. 292

Sheryl Crow – Every day is a winding road

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Madrid me mata

Hacía mucho tiempo que no leía nada de Juan Madrid. Y fíjate que es raro porque Toni Romano es un personaje que siempre me ha gustado mucho y para mi es “el detective de Madrid” como Carvalho es el de Barcelona o Kostas Jaritos el de Atenas.

Supe que iba a leerme este libro en cuanto vi que el diario Público inauguraba su colección de novela negra con esta obra de título tan chandleriano. Sin embargo, hubiera tenido que adquirir a la vez que el diario una buena lupa para haber podido leerla (la letra era microscópica), pero como no era plan me agencié la edición en rústica de Zeta que salió casi a la vez.

A lo largo de los años he ido leyendo distintas novelas de Juan Madrid, sobre todo las protagonizadas por el famoso exboxeador, y recuerdo con especial cariño cuando me vine de la Semana Negra de Gijón con las diez novelitas que conformaban el “Grupo de noche”, las que protagonizaba “El gitano”, o las lecturas, hace años de “Regalo de la casa”, “Un beso de amigo” o “Las apariencias no engañan”. Literatura sin concesiones.

Y veo que Juan Madrid sigue en forma, igual que su protagonista, aunque ya no encaje con la misma elegancia ni resistencia los inevitables puñetazos con los que solía acompañar sus andanzas por la capital. El buscar siempre la verdad y ser un personaje sin dobleces siempre tiene un precio, y Romano siempre ha tenido que pagar ese peaje.

He ido leyendo Adiós, princesa, una novela en la que Madrid, cierto Madrid es un personaje más, mientras desde la televisión nos hablaban de una ciudad abarrotada de jóvenes amigos del escapulario y el cántico ceremonial. Una ciudad blanca, pero no del blanco merengue de Concha Espina sino de un blanco vaticano que de tan blanco, estremece un tanto. Paradójicos personajes para una lectura paradógica.

En esta historia Toni Romano comparte historia con el alter ego de Juan Madrid, el amigo Juan Delforo, y en una complicada trama aparecen personajes que se relacionan con los poderes socioeconómicopolíticos (toma palabro) del reyno. Un Toni con sus dudas sobre si es padre de un joven boxeador y que tendrá que pelear por intentar sacar del trullo al impredecible Delforo.

A los los servicios de inteligencia, empresas de seguridad, peticiones de auxilio y reflexiones sobre la paternidad se me ha ocurrido a mi sumarle mi congoja y desasosiego por la cosa del estremecimiento blanco, y he tenido que resolver la turbación a “la Romana”; sacar la botella de ginebra de la nevera, dos limones, mucho hielo y unas cuantas tónicas y tomarnos un par de copazos en condiciones.

Yo, con peladillas, como Julio Cabria. Otro investigador madrileño que en muchas ocasiones recuerda al mejor Toni Romano.

Amén.

Juan Madrid

Adiós, princesa

(Zeta negra)

Zeta, 2011

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Astor Piazzola – Vuelvo al sur

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Había seguido sin mucha atención sus palabras. Me di cuenta de que me había quedado fascinado por sus gestos. Las manos marcaban el ritmo de cada frase. Parecía que pellizcasen calimbas, tocaran pieles de congas y tambores árabes.

¡Eres músico! —exclamé levantando el índice a la altura de su nariz.

Percusionista. Y cantante.

¿Cuál es tu estilo?

Es un popurrí propio. Ritmos calientes bien mezclados.

De blues nada de nada, ¿no?

El tango es el blues húmedo y sobrecogedor de Baires y la morna el blues triste y rebelde de Cabo Verde. Los aprovecho bien.

Me cantó en voz baja Vuelvo al sur de Astor Piazzola y Sodade de Cesaria Evora, y el calvados adquirió un extraño sabor.

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CARLOTTO, Massimo. En La verdad del caimán. Barcelona : Barataria, 2005. p. 226

Astor Piazzola – Vuelvo al sur

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David Hockney

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Junto al despacho del capitán había una sala de reuniones con una larga mesa de madera, que se usaba sobre todo como espacio para comer y en ocasiones para encuentros o discusiones privadas de investigaciones que implicaban a varios equipos de detectives. Bosch se había apropiado de la sala vacía y había esparcido sobre la mesa varias fotografías de la escena del crimen, que acababan de llegar de Criminalística.

Había colocado las fotos en forma de mosaico inconexo de imágenes que se solapaban y en conjunto creaban la escena del crimen total. Se parecía a la obra fotográfica del artista británico David Hockney, que vivió un tiempo en Los Ángeles y creó varios collages artísticos que documentaban escenas del sur de California. Bosch conocía los mosaicos de fotos y al artista porque durante una época Hockney fue vecino suyo en las colinas que se alzaban sobre el paso de Cahuenga. Aunque Bosch no lo había tratado personalmente, tenía una conexión con él: siempre había tenido por costumbre esparcir fotos de la escena del crimen en un mosaico que le permitiera buscar nuevos detalles y ángulos, igual que Hockney con su trabajo. 

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CONNELLY, Michael. En: Nueve Dragones. Barcelona: Roca editorial, 2010. p. 29

La imagen, en Flickr, es de epicbeer

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Tortilla «Buenaventura Pals»

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Descartadas la tortilla de jamón, la de gambas, la de espárragos, la riojana y la de rovellones, mis recuerdos volaron hacia una antigua especialidad que el «Moreno», extremeño propietario de un figón en la calle Borrell, había bautizado con mi nombre, a falta de otra denominación más pertinente. Yo la había descubierto en un viaje a París. Con mi amigo Jean Michel nos metimos en un restaurante de la rue de La Harpe llamado «La Cochonaille», después de salir de un cine de la Huchette. Allí descubrimos dos cosas, una mala y la otra buena. La mala era que los muchachos del servicio pertenecían todos al «Ordre Nouveau», y la buena fue la tortilla de champiñones y bacon. A la vuelta a Barcelona, se la pedí varias noches seguidas a mi amigo y confesor, al «Moreno». En aquellos días andaba yo melancólico y solitario. Cada noche solía aparecer por el bar «Emérita» para cenar lo más económico posible y mendigar un poco de compañía al dueño, a su mujer —que había sido peripatética en Cáceres— y a su hermana Micaela, expulsada por simoníaca de un conventeo de Medellín. El «Moreno», magro, retaco y de barba cerrada, como es de ley entre meridionales, acabó por bautizar en mi honor la famosa y suculenta tortilla.

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QUINTO, Manuel. En: Cuestión de astucia. Barcelona: Editorial Laia, 1985. p. 25

Algunas variantes de tortilla “Buenaventura Pals”:

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Guayominí

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¿A dónde van las personas que desaparecen? —me había preguntado una vez Alicia durante el desayuno.

A Guayominí —le respondí.

No sé por qué se lo dije. Me salió así.

Para Alicia, como para todos los niños, las conversaciones de los padres estaban llenas de palabras oscuras, de fragmentos misteriosos y sugerente. Imagínense, pues, los retazos que llegan a un niño de lo que hablaban un policía y una detective. Y ella quería saber.

¿Dónde está Guayominí?

Ése es el punto, nadie lo sabe porque es un lugar que cambia y por eso necesitamos buscar tanto.

Víctor había movido la cabeza como diciendo: “¿Qué le estás contando esta vez a la cría?”. Pero al final él también acabó enviando a gente a Guayominí. La joven colombiana que transportaba drogas en el cuerpo y que habían encontrado muerta en un contenedor, a la que mencionó sin darse cuenta de la presencia de Alicia, estaba en Guayominí. También vivía allí el hijo de un traficante de drogas al que Víctor y sus compañeros anduvieron buscando infructuosamente durante un par de meses y un camello del que sólo se encontró la ropa flotanto en el Llobregat. Guayominí, el país que se desplazaba por el espacio y donde la gennte cantaba canciones horteras en inglés, se convirtió en un reino poblado por personas cuyos nombres nos perseguían a Víctor y a mí, pero que no tenían por qué perseguir a nuestra hija. El reino de los desaparecidos borrados, donde las viejas con demencia senil que salían de sus casas y no sabían encontrar el camino de vuelta de la panadería jugaban al escondite con los camellos que tenían que cambiar de barrio y con los sólidos padres de familia que un día y sin aviso previo ponían tierra por medio. Si los hallabas, te daban puntos en inglés y en francés. Doce puntos.

¿Y por qué los buscáis?

Porque muchos se han ido sin despedirse, y eso no se hace.

Y porque cuando los encontramos vivos y los devolvíamos a su lugar, sentíamos que tal vez nuestro trabajo sí tuviera algo de sentido. Eran momentos dulces.

(…)

RIBAS, Rosa. La detective miope. Barcelona: Ediciones Viceversa, 2010. p. 84

La imagen, en Flickr, es de fa11ing_away

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The Stylistics – Betcha By Golly, Wow

(…)

 Mientras iban por Georgia en el Caprice Classic, Strange puso el disco de debut de los Stylistics; Betcha By Golly, Wow sonó a todo volumen y llenó el coche como una sinfonía. Strange iba cantando y de vez en cuando cerraba los ojos al intentar alcanzar las notas más agudas.

—Ve con cuidado —le advirtió Quinn—. Si sigues cerrando los ojos y echándole sentimiento, vas a conseguir que nos la pequemos.

—No necesito mirar. Conduzco de memoria.

—Y con los esfuerzos que haces por alcanzar las notas agudas te vas a reventar la costura de los pantalones.

—Pero ¿a que es precioso?

—Es dramático, eso sí. Como una ópera, o algo por el estilo.

—Exacto. Eso intentaba decirte ayer.

—La cantante tiene una voz bonita. —A Quinn le sonrieron los ojos detrás de las gafas de sol—. ¿Cómo se llama?

—Menos coña. ¡Es un tío, Terry! Russell Thompkins Jr.

—Producido por Albert Belle, ¿verdad?

—Qué gracioso.

(…)

PELECANOS, George P. En: Música de callejón. Barcelona: Ediciones B, 2004. p. 144

The Stylistics – Betcha By Golly, Wow

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