Cannoli

(…)

Cuando llegó y preguntó por Pasquano, un auxiliar le contestó que el doctor aún estaba trabajando y que había dado orden de que lo esperara en su despacho.

Lo primero que vio el comisario encima del escritorio de Pasquano, entre papeles y fotografías de asesinados, fue una bandeja de cannoli gigantes —esos dulces rellenos de ricotta— al lado de una botella de passito de Pantelleria —el vino de uvas pasas propio de la isla— y un vaso. Era bien sabido que Pasquano era tremendamente aficionado a los dulces. Montalbano se inclinó para aspirar el aroma de los cannoli: estaban recién hechos. Entonces vertió un poco de passito en el vaso, cogió un cannolo y empezó a zampárselo, contemplando el paisaje a través de la ventana abierta.

(…)

CAMILLERI, Andrea. El campo del alfarero. Barcelona: Salamandra, 2010, p. 26

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