Archivo mensual: abril 2012

Ohio Players – Sweet Sticky Thing

(…)

Cruzaron la pista; uno de los gorilas de hombros colosales no le quitaba el ojo de encima a Quinn. De los altavoces salía «Sweet Sticky Thing ». Se sentaron en una mesa de dos. Strange se inclinó hacia delante y dio unos golpecitos con su cerveza contra la botella de su compañero.

—Relájate —le aconsejó.

—Es que me cansa, nada más.

—Esperas que todos los hermanos te muestren amor, ¿eh?

—Solo respeto.

 (…)

PELECANOS, George P. En: Ojo por ojo. Barcelona: Diagonal, 2003. p. 102

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Conflicto asimétrico

(…)

Que les den.

De acuerdo, pero ¿como?

Ahora que la guerra civil del cartel de Baja se libra al norte de la frontera, aquello es el Lejano Oeste.

De modo que cambian las normas para todos los envíos, ya sean de efectivo, de droga o de las dos cosas.

Son órdenes de Lado:

Tres coches: el que lleva la carga, uno delante y otro detrás. Todos parecen puercoespines: van repletos de armas y de pistoleros.

¿Cómo se derrota a algo así?

Antes las llamaban «guerrillas», pero ahora se les da otro nombre: «conflicto asimétrico».

Es increible que haya gente capaz de inventar semejantes términos.

¡Conflicto asimétrico!

Otro nombre para la misma cosa.

El pequeño contra el grande.

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WINSLOW, Don. Salvajes. Madrid : Ediciones Martínez Roca, 2011. p. 283

La imagen, en Flickr, es de Oriol Lladó

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Red Hot Chili Pepers – Don’t Forget Me

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El director arengó a sus hordas. Tras muchas palabras sepultadas bajo la energía del grupo californiano, los amigos de Dylan Klapesch se sentaron uno a uno. La música se detuvo, volvió a sonar, saltó, Kantor buscaba en el CD la canción indicada. Lentamente disminuyó la iluminación, la sala se emocionó con una introducción de guitarra melódica, el cantante empezó: I’m an ocean in your bedroom. Make your feel warm. Make you want to reassume… Y el telón se abrió ante un cono de luz en el centro, del cual se erguía una enorme hechicera con abundante melena negra y tez pálida. Desplegó unos brazos muy largos hacia un cielo imaginario.

Los guantes de satén brillante llegaban muy arriba, tan arriba que sólo dejaban los hombros al descubierto. El vestido multicolor ocultaba todo y terminaba en una corola venenosa. En un principio, sólo bailaron los brazos. Ondulaba uno tras otro, en un suplicio calibrado por mil años de magia negra. Los guantes recorrieron las columnas marmóreas. La bailarina castigaba a su público haciéndolos girar y los lanzó como un óbolo. Los espectadores, invisibles, guardaban perfecto silencio. Llegó el turno de las caderas, de cimbrearlas al ritmo sostenido de la voz del hombre. Separó un lado del vestido y surgió una pierna. Sin los tacones altos, engañosos, se convertía en Esmeralda.

(…)

SYLVAIN, Dominique. En: El pasadizo del deseo. Madrid, Suma de letras, 2008. p. 204

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Calamares Compuestos estilo “Eladio Monroy”

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El tercer mensaje era de Gloria. «¿Eladio? Supongo que estarás todavía en lo de Casimiro… Es para avisarte de que voy a pasar por ahí… Y si te apetece invitarme a comer, enróllate y hazme unos calamares compuestos. Los dejé descongelándose esta mañana, antes de irme a trabajar… Un beso, cielo».

Monroy se dijo, esta vez sin pronunciar palabra, que a lo mejor Gloria se estaba acostumbrando demasiado a estar en su casa, cuando tenía la suya propia sólo dos pisos más arriba. Pero le halagaba que le gustasen sus calamares compuestos. Así que se resignó. La compañía de Gloria no estaba tan mal. Escogió entre sus cedés el Blue Vallantine y escuchó a Tom Waitts arañar con su voz de tigre morfinómano el «Somewhere» mientras se ponía shorts, camiseta y sandalias. Después entró en la cocina y se puso a limpiar los calamares para cortarlos, tarareando algo de seguro completamente distinto a lo que oía, porque era de conocimiento general entre sus familiares, amigos y conocidos, que si algo caracterizaba realmente a Monroy era poseer buenos gustos musicales pero, al mismo tiempo, tener un oído enfrente del otro.

Una vez cortados los calamares, picó cebolla, ajos y pimientos y los puso a sofreír con aceite de oliva y laurel. Mientras los dejaba atontar a fuego lento, empezó a cortar unos tomates, preguntándose para qué leches le querría su ex. Llevaban sin hablar más de dos años, desde que Paula cumplió los dieciocho y Ana Mari dio por finalizada su pequeña «relación comercial». Nada le ataba a ellas. Por suerte en el último caso; por desgracia en el primero. Desde que tenía diez años, no había visto a Paula arriba de seis o siete veces, y esos encuentros siempre habían resultado bastante incómodos para ambos. La culpa: un poco de las edades que tenía la niña en cada ocasión, otro poco de él mismo y de su dificultad para comunicarse con ella y un mucho de Ana Mari y del régimen espartano de visitas que había sacado en su momento al Juzgado de Familia. Y, en ese asunto, pese a sentir afecto por Paula, Monroy, se dejó comer el terreno cada vez más y cada vez de forma más irremediable, a lo largo de aquellos años. Al fin y al cabo, qué pintaba él, un pobre jefe de máquinas retirado, un muerto de hambre, en la vida de Paula, criada en un chalé de Santa Brígida.

 (…)

RAVELO, Eladio: Tres funerales para Eladio Monroy. Barcelona: Zeta, 2011. p. 19

Y yo os dejo la receta como a mi me la contó uno de los amigos de Eladio Monroy, uno que coincide con él casi a diario en el bar Casablanca.

Primero, cortas los calamares en tiras, los pasas por harina y los apartas. A continuación, haz un sofrito de cebolla, pimiento rojo y tomate (la cebolla y el pimiento picaditos y a fuego lento hasta que se pochen, el tomate al final).

Mientras, prepara un majado de comino, ajos y perejil y lo añades poco antes que el tomate. Cuando todo esté haciendo chup chup, añades una hoja de laurel, una cucharada de pimentón y subes el fuego. Entonces echas los calamares y revuelves todo al fuego hirviendo y lo mantienes así unos cinco minutos.

 
Añade un buen chorro de vino blanco y, cuando se haya reducido el vino, un chorro de agua (si en lugar de agua es un poco de caldo, mejor).

Finalmente, después del primer hervor, bajas el fuego y lo mantienes a fuego bajo unos quince o veinte minutos, hasta que notes que los calamares estén bien hechos.

 
Como guarnición, papas sancochadas (patatas hervidas). 

Y ya está: unos calamares compuestos al estilo Eladio Monroy. (Si no tienes calamares, vale igual para chocos, sepia, etc., aunque lo ideal es un calamar sahariano. Eso sí, solo con rejos, por ejemplo, queda perfecto).

La imagen, en Flickr, es de Esquetodos

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Calamares a la romana

Ya contaba, hace ya unos meses, que la primera novela de la serie Gordiano el Sabueso, Sangre romana, me había encantado; así que era de obligado cumplimiento el volver a personarme en la Biblioteca de Ibaiondo para pedir el segundo libro de la serie por préstamo interbibliotecario.

Y una vez que me llamaron para recoger la novela lo primero que compruebo es que en esta ocasión me voy a encontrar a Gordiano unos años más viejo pero instalado en su misma casa de la Subura. Ha mejorado un tanto su situación económica y la novedad que más choca al lector es la presencia como coprotagonista de su hijo Eco, al que conocimos en su anterior aventura y que ya es lo suficientemente adulto como para acompañarle en sus andanzas. Bueno,por lo menos en ésta.

Así, el argumento de esta nueva novela le va a llevar a Gordiano a aventurarse hasta la Crátera, la zona residencial para las personas más ricas de la península itálica, justo a los pies del Vesubio, y donde ha ocurrido una tragedia que si Gordiano no lo remedia puede acabar con la vida de noventa y nueve esclavos.

Y sobre eso básicamente versa esta novela, que conozcamos que para los ciudadanos romanos de la época los esclavos eran poco más importantes que un armario o un par de sandalias. Es también interesante que al mismo tiempo el levantamiento de Espartaco esté en su máximo apogeo, y qué reflexiones al respecto defienden las personas que acogen al Sabueso.

Y en este ambiente tan revuelto vamos conociendo también cómo vivían los romanos de aquella época la muerte y sus rituales, y se nos habla sobre el poder, las apariencias, lo poco que vale la vida de los que nacen o acaban como esclavos…. si bien Gordiano parece al margen de estos estereotipos y se mueve según otros parámetros.

Como en la anterior novela, tendremos ocasión de comprobar el gran trabajo de documentación que realiza Saylor y lo mucho y bien que conoce la sociedad y la época sobre la que escribe. Todo lo cual, revierte en una lectura atractiva, ligera y muy entretenida.

Y en los tiempos que corren, conseguir eso con una de romanos, no está pero que nada mal.

Steven Saylor

El brazo de la justicia

Traducción de María Eugenia Ciocchini

Círculo de lectores, 1998

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1984

(…)

—¿Así que tú eres un policía que lee? —le había preguntado un día, apenas ingresado de la Central de Investigaciones, el mayor Rangel—. ¿Cómo coño te dio por eso? ¿O por esto otro? —y se tocó el uniforme.

—Un día, cuando tenía dieciséis años, un bibliotecario cojo me dijo que la lectura me ayudaría a ver el mundo con otros ojos.

—¿Qué quiere decir eso? —se interesó el mayor, mientras daba fuego a uno de sus habanos.

—Un día ese hombre me advirtió que ya estaba preparado y me dio un libro. Lo había forrado con papel de periódico, para que no viera la portada y me dijo: léetelo, éste es un libro sobre la esclavitud, pero si lo lees, tú serás más libre. Era una novela que se suponía que nadie debía leer en Cuba… un libro peligroso.

—¿Y cuál era ese libro?

—1984. Y me cambió la vida. Lo he leído unas diez veces. Y de verdad me ha hecho más libre. Porque me enseñó que hay muchas formas de ser esclavo.

(…)

PADURA, Leonardo. La cola de la serpiente. Barcelona: Tusquets, 2011. p. 44

La imagen, en Flickr, es de pallih

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Kylie Minogue – Red Blooded Woman

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JW no tenía ni idea de lo que hablaba. Los otros chicos sonreían. Pasaron cinco minutos.

Llamaron a la puerta.

Putte fue a abrir. Los otros chicos se quedaron sentados en el salón.

Nippe bajó la música.

Entraron en la habitación una chica alta con abrigo y un chico culturista con chaqueta vaquera negra.

Putte estaba radiante:

Voilà. Para calentar el ambiente de esta noche.

La chica se dirigió hasta el estéreo, caminando como si estuviera desfilando en una pasarela. Segura de sí misma y con estabilidad, casi deslizándose, con tacones de aguja tan altos como media Torre de Kaknäs. No tendría más de veinte años. Pelo castaño totalmente liso. JW se preguntó si sería una peluca.

La chica cambió de disco. Subió el volumen.

Kylie Minogue: «You’ll never get to heaven if you’re scared of getting’ high».

La chica se quitó el abrigo. Debajo llevaba sólo un sujetador negro, tanga y medias con liguero. Empezó a bailar al ritmo de la música. Desafiante. Seductora.

(…)

LAPIDUS, Jens. Dinero fácil (Trilogía de Estocolmo I). Madrid: Punto de lectura, 2010. p. 35

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