Red Hot Chili Pepers – Don’t Forget Me

(…)

El director arengó a sus hordas. Tras muchas palabras sepultadas bajo la energía del grupo californiano, los amigos de Dylan Klapesch se sentaron uno a uno. La música se detuvo, volvió a sonar, saltó, Kantor buscaba en el CD la canción indicada. Lentamente disminuyó la iluminación, la sala se emocionó con una introducción de guitarra melódica, el cantante empezó: I’m an ocean in your bedroom. Make your feel warm. Make you want to reassume… Y el telón se abrió ante un cono de luz en el centro, del cual se erguía una enorme hechicera con abundante melena negra y tez pálida. Desplegó unos brazos muy largos hacia un cielo imaginario.

Los guantes de satén brillante llegaban muy arriba, tan arriba que sólo dejaban los hombros al descubierto. El vestido multicolor ocultaba todo y terminaba en una corola venenosa. En un principio, sólo bailaron los brazos. Ondulaba uno tras otro, en un suplicio calibrado por mil años de magia negra. Los guantes recorrieron las columnas marmóreas. La bailarina castigaba a su público haciéndolos girar y los lanzó como un óbolo. Los espectadores, invisibles, guardaban perfecto silencio. Llegó el turno de las caderas, de cimbrearlas al ritmo sostenido de la voz del hombre. Separó un lado del vestido y surgió una pierna. Sin los tacones altos, engañosos, se convertía en Esmeralda.

(…)

SYLVAIN, Dominique. En: El pasadizo del deseo. Madrid, Suma de letras, 2008. p. 204

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