Archivo mensual: mayo 2012

Nouvelle Cousine

(…)

Lucy suelta una carcajada. “Aunque beba un whisky de mierda parece un tipo simpático”, piensa.

Por cierto, yo trabajo para la revista Comer menos.

Lucy saca la mano del bolso negro con su tarjeta. Ven parece distraído. Calcula en silencio su respuesta mientras observa las letras de color verde del cartoncito que le acaba de extender.

Curioso nombre para una revista gastronómica.

Bueno, no tanto. La nouvelle cuisine puso de moda en Occidente las raciones pequeñas y la culpa fue en parte de Michel Guérard que comenzó a hacer su cocina en un balneario para gente que quería adelgazar.

Él aguanta el resoplido natural que le saldría al escuchar semejante estupidez y se ahorra la pregunta de quién es ese Guérard. Lucy continúa hablando de su revista, pero repara en la cara de Ven.

¿Tú no crees además que esto es ya una tendencia mundial?

Ven responde como un autómata, con la frase que no falla:

Podría ser.

Después de unos segundos de silencio sin nada en los vasos, Lucy busca confirmar su intuición.

Tú no eres del mundo de la gastronomía.

No, ni tampoco del de los balnearios.

¿Y para quién cubres esta información?

No soy periodista.

¿Escritor?

Tampoco.

¿Y entonces?

Ven piensa rápido mientras sube su mirada desde el escote pecoso hasta los ojos de Lucy, en los que descubre un bonito color aceituna. Ya ha decidido su respuesta. Y la pronuncia como si despeinara con palabras el flequillo engominado de Koski mientras le prohibía hablar con la prensa:

Me han pedido una investigación rutinaria sobre la muerte del Chef para su aseguradora.

¿Cómo dices que te llamas?

Ven, Ven Cabreira.

A Lucy le brillan los ojos y sus incisivos muerden en caricia el labio inferior.

(…)

ACOSTA, Yanet. El Chef ha muerto. Madrid: NUC, 2011. p. 38

La imagen, en Flickr, es de malias

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The Clash – London Calling

 (…)

Los primeros acordes de London Calling de The Clash resonaban en las paredes desnudas del pasillo del departamento de Neurocirugía del hospital de Ullevål. Un hombre en bata y con el pelo aplastado salía a dar una vuelta arrastrando el gotero y, de paso, lanzó una mirada reprobatoria al policía que, haciendo caso omiso de la prohibición de usar móviles, contestaba una llamada.

Stranden.

Hole. ¿Algo que contar?

Poca cosa. Hay un tío que no puede dormir dando vueltas por el pasillo. Tiene una pinta un poco extraña, pero por lo demás parece inofensivo. El hombre del gotero siguió andando y resoplando.

¿Ha sucedido algo esta noche? —Bueno. El Arsenal se cepilló al Tottenham en el White Hart. Y sufrimos un corte de luz.

¿Y el paciente?

Ni el menor ruido.

¿Has comprobado que todo esté en orden?

Aparte de las almorranas, todo parece ir bien. —Stranden entendió el silencio agorero que siguió a su comentario—. Solo era una broma. Ahora mismo lo compruebo. Espera.

Había un olor dulzón en la habitación. Supuso que serían caramelos. La luz del pasillo se vertió sobre la habitación para desaparecer cuando la puerta se cerró a su espalda, pero tuvo tiempo de vislumbrar la cara sobre la almohada blanca. Se acercó. Reinaba un gran silencio. Demasiado silencio. Como si faltara un sonido. Un sonido.

 (…)

NESBØ, Jo. El Redentor. Barcelona: RBA, 2012. p. 261

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Gugas

(…)

Se le borró la sonrisa—. No, estaba… está aún intentando acabar con la caza de las gugas de este año.

Fin lanzó un silbido suave.

—Dios. —Era algo en lo que no pensaba desde hacía años. Guga era la palabra gaélica que denominaba a un alcatraz joven, ave que se convertía en el objetivo de los hombres de Crobost durante dos semanas al año, en agosto, cuando iban a cazarlos a una roca situada a ochenta kilómetros al noroeste del extremo de Lewis. An Sgeir, la llamaban. La roca. Casi cien metros de acantilados inhóspitos que se alzaban en pleno océano norte. Rocas que cada año constituían el asentamiento de nidos de alcatraces. Era una de las colonias más importantes del mundo, y los hombres de Ness llevaban más de un siglo realizando este peregrinaje anual, cruzando mares procelosos en botes descubiertos para hacerse con las presas. Actualmente se iba en barco. Doce hombres de Crobost, el único pueblo de Ness que aún conservaba la tradición, vivían en esas rocas durante catorce días, aferrándose a los acantilados a pesar del tiempo inclemente, arriesgando su vida y su integridad para capturar y matar a las crías de alcatraz en sus nidos. En un principio ese viaje obedecía a la necesidad de alimentar a los habitantes del pueblo. Hoy en día, la guga se había convertido en una exquisitez que generaba una gran demanda en toda la isla. Pero una disposición parlamentaria limitó la caza a solo doscientos especímenes, una dispensa especial que constaba en la Ley de Protección de Aves y que se aprobó en la Cámara de los Comunes de Londres en 1954. Así que probar la carne de guga ya era solo cuestión de suerte o de tener buenos contactos en la isla.

A Fin se le hizo la boca agua al recordar el sabor aceitoso de la carne. Condimentada con sal y luego hervida, tenía la textura del pato y el sabor del pescado. Algunos decían que era un gusto adquirido, pero Fin había crecido con él. Era el regalo del verano. Dos meses antes de que los hombres partieran hacia la roca, él empezaba ya a anticipar su sabor, de la misma forma en que cada año se regodeaba con el del salmón que se pescaba furtivamente. Su padre siempre se las arreglaba para conseguir un par de aves y se organizaba con ellas un festín familiar durante la primera semana de septiembre. Había quien las conservaba en barreños de agua salada y las racionaba para que le duraran todo el año. Pero Fin consideraba que esa conservación les confería un sabor demasiado fuerte, y le ardía la boca por el exceso de sal. Le gustaban recién cazadas en la roca, servidas con patatas y acompañadas por un buen vaso de leche.

(…)

MAY, Peter. La isla de los cazadores de pájaros. Barcelona: Grijalbo, 2011. p. 69

La imagen, en Flickr, es de James Morrison

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Suvlakis (02)

(…)

—Venid a cenar a casa, ya me encargo yo de cocinar —salta Adrianí.

—Ni hablar, Adrianí. Pediremos suvlakis —dice Fanis.

—Pero ¿qué dices, hijo mío?

—En Grecia todos los grandes acontecimientos se acompañan de suvlakis —explicas Fanis—. Acuérdate de la noche en que cayó la Junta Militar . Lo celebraron con velas y con suvlakis.

—También los Juegos Olímpicos de 2004 —añade Katerina—, ¡Toneladas de suvlakis consumidos delante de las pantallas de televisión!

—Aunque en Navidad comamos pavo y en Pascua cordero, el suvlaki es el plato de las grandes celebraciones nacionales.

Al final acordamos que los chicos vendrán a cenar a casa y traerán los suvlakis, porque Fanis asegura conocer la mejor suvlakería de Atenas. Yo de fútbol no entiendo ni jota, pero en suvlakis soy un crack, como dice hoy cualquier jovencito descamisado con los pantalones bajados y colgado del iPhone. Por lo tanto, primero los probaré y después me pronunciaré.

(…)

MARKARIS, Petros: Con el agua al cuello. Barcelona : Tusquets, 2011. p. 223

La imagen, en Flickr, es de sparktography

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Más birras – Apuesta por el Rock and Roll

(…)

Salimos juntos y caminamos en silencio hasta llegar a la avenida César Augusto. Nos despedimos, Ariel se va hacia la parada del tranvía, yo subo hacia plaza España y en el GCAB tomo un taxi fluvial. Ahora no van sobre ruedas pero casi todos siguen escuchando las mismas emisoras de siempre. Sin embargo, el taxista que me toca en suerte es una excepción, un tipo patilludo, descomunal tupé engominado, mentón pronunciado, chupa de cuero… En el reproductor suena puro rockabilly aragonés del siglo pasado:

 Ya no puedo darte el corazón

Iré donde quieran mis botas

y si quieres que te diga qué hay que hacer

te diré que apuestes por mi derrota

Quítate la ropa, así está bien

No dejes nada por hacer

Si has venido a comprarme, lárgate

Si vas a venir conmigo, agárrate

Larguémonos chica hacia el mar

No hay amanecer en esta ciudad

Y no sé si nací para correr

pero quizás sí que nací para apostar

Sé que ya nada va a ocurrir

Pero ahora estoy contra las cuerdas

y no veo ni una forma de salir

Pero voy a apostar fuerte mientras pueda

Larguémonos chica hacia el mar

No hay amanecer en esta ciudad

Y no sé si nací para correr

pero quizás sí que nací para apostar

Ya no puedo darte el corazón

Perdí mi apuesta por el rock’n’roll

Perdí mi apuesta por el rock’n’roll

Perdí mi apuesta

Es la deuda que tengo que pagar

y ya no tiene sentido abandonar

Ya no tiene sentido abandonar

Oooooohhhh!!!

Noooo late el corazón.

—Cojonudo el Mauricio, ¿eh? —me pregunta el taxista rocker—. Desde que la palmó, nadie ha vuelto a componer como él.

—Y que lo diga, compadre, y que lo diga. Ya lo dice mi vecina: en los ochenta, se acabó la música.

(…)

BOSQUE, Ricardo. Cuestión de galones. Madrid : Literaturas Com Libros, 2011. 

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Bette Davis

(…)

—Irene —interumpió mi movimiento. Me senté de nuevo—, ¿estás a gusto entre nosotros?.

—Claro. ¿Por qué lo preguntas?

—Para estar seguro —hizo una pausa—. Y porque quiero que sepas que estoy muy satisfecho con tu trabajo.

—Gracias, jefe.

Con tus compañeros parece que has congeniado muy bien.

—Así es.

Que Flavia ni me hablaba y me dirigía miradas torvas no se lo conté. Ésas son las cosas que los jefes tienen que averiguar por sí mismos.

—¿Te gusta el despacho?

—Sí.

—¿No te molesta compartirlo con Rodrigo?

—No. Todo lo contrario.

—Pues bien.

—Sí.

Cerró la conversación recordándome:

—¿Recuerdas el epitafio de la tumba de Bette Davis?

—Pues no, jefe.

—“She did it the hard way”

—Gracias.

Salí sin saber qué había querido decirme realmente y me preparé para el nuevo caso. Esta vez tenía que salir de la ciudad. El cliente vivía en el Prat y me iba a ayudar a encontrar lo que estaba buscando.

(…)

RIBAS, Rosa. La detective miope. Barcelona: Ediciones Viceversa, 2010. p. 64

La imagen, en Flickr, es de ADiamondFellFromTheSky

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The Rolling Stones – Dead Flowers

(…)

O sea, que por ahí no había nada que rascar. Pero eso ya lo tenía muy claro. Lo que de verdad quería era irme a casa de una vez. Abrazar a mi hija, abrazar a mi mujer. Ducharme hasta deshacerme del hedor de miedo. Esperaba hacer simplemente eso, enfilando el camino hacia el parque Franklin que me serviría de atajo para acceder a mi parte de la ciudad, cuando sonó mi móvil y vi en la pantalla el nombre de Jeremy Dent.

Hay que joderse”, dije en voz alta. Tenía puesto Sticky fingers en el reproductor de cedés, bien fuerte, que es como habría que escuchar siempre ese disco de los Stones, y estaba justo en esas estrofas de “Dead flowers” en las que siempre me ponía a cantar con Jagger, que pronunciaba en plan de cachondeo las palabras “Kentucky Derby Day”

 (…)

LEHANE, Dennis. En: La última causa perdida. Barcelona: RBA, 2011. p. 193

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