Córdoba

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Desde que regresó a Córdoba, hará veintipocos años, tras un largo periplo de destinos y vicisitudes, Benegas había constatado día sí, día también, que esta era una ciudad difícilmente superable en el terreno de las paradojas. Tal vez por eso se sintiese tan a gusto en ella. Así, el antiguo cementerio ostentaba por surreal nombre el de “Nuestra Señora de la Salud”, a pesar de que, por muchos milagros que obrase la pequeña imagen gótica que presidía el recinto, los que allí iban a parar quedaban claramente fuera de su jurisdicción; el reluciente y moderno macroedificio de la O.N.C.E se encontraba en la adinerada zona de Vistalegre, insuperable el sarcasmo de los redactores del plan general de ordenación urbana que quedó en pura filfa cuando el mayor centro de desintoxicación para yonquis de la vieja escuela, tiernos pastilleros sin control y ex alcohólicos de toda Andalucía Occidental se inauguró en una barriada periférica que los cordobeses conocían como “Los Olivos Borrachos”, debido a que en esa zona los árboles siempre habían crecido doblados y bamboleantes por efecto de la fuerza de un viento endemoniado procedente de Sierra Morena.

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JURADO, Francisco José. Benegas. Córdoba: Almuzara, 2009. p. 124

La, imagen, en Flickr, es de siborita

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