Gugas

(…)

Se le borró la sonrisa—. No, estaba… está aún intentando acabar con la caza de las gugas de este año.

Fin lanzó un silbido suave.

—Dios. —Era algo en lo que no pensaba desde hacía años. Guga era la palabra gaélica que denominaba a un alcatraz joven, ave que se convertía en el objetivo de los hombres de Crobost durante dos semanas al año, en agosto, cuando iban a cazarlos a una roca situada a ochenta kilómetros al noroeste del extremo de Lewis. An Sgeir, la llamaban. La roca. Casi cien metros de acantilados inhóspitos que se alzaban en pleno océano norte. Rocas que cada año constituían el asentamiento de nidos de alcatraces. Era una de las colonias más importantes del mundo, y los hombres de Ness llevaban más de un siglo realizando este peregrinaje anual, cruzando mares procelosos en botes descubiertos para hacerse con las presas. Actualmente se iba en barco. Doce hombres de Crobost, el único pueblo de Ness que aún conservaba la tradición, vivían en esas rocas durante catorce días, aferrándose a los acantilados a pesar del tiempo inclemente, arriesgando su vida y su integridad para capturar y matar a las crías de alcatraz en sus nidos. En un principio ese viaje obedecía a la necesidad de alimentar a los habitantes del pueblo. Hoy en día, la guga se había convertido en una exquisitez que generaba una gran demanda en toda la isla. Pero una disposición parlamentaria limitó la caza a solo doscientos especímenes, una dispensa especial que constaba en la Ley de Protección de Aves y que se aprobó en la Cámara de los Comunes de Londres en 1954. Así que probar la carne de guga ya era solo cuestión de suerte o de tener buenos contactos en la isla.

A Fin se le hizo la boca agua al recordar el sabor aceitoso de la carne. Condimentada con sal y luego hervida, tenía la textura del pato y el sabor del pescado. Algunos decían que era un gusto adquirido, pero Fin había crecido con él. Era el regalo del verano. Dos meses antes de que los hombres partieran hacia la roca, él empezaba ya a anticipar su sabor, de la misma forma en que cada año se regodeaba con el del salmón que se pescaba furtivamente. Su padre siempre se las arreglaba para conseguir un par de aves y se organizaba con ellas un festín familiar durante la primera semana de septiembre. Había quien las conservaba en barreños de agua salada y las racionaba para que le duraran todo el año. Pero Fin consideraba que esa conservación les confería un sabor demasiado fuerte, y le ardía la boca por el exceso de sal. Le gustaban recién cazadas en la roca, servidas con patatas y acompañadas por un buen vaso de leche.

(…)

MAY, Peter. La isla de los cazadores de pájaros. Barcelona: Grijalbo, 2011. p. 69

La imagen, en Flickr, es de James Morrison

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Archivado bajo A Fuego Negro, Cuentitos Negritos

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