Tomás de Aquino

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Tomás de Aquino, cuya autoridad filosófica Ferrer no era quién para cuestionar, sostenía en Summa Theologica que, en el orden moral, la ira, como pasión del apetito sensitivo que conduce hacia la venganza de una ofensa, no es per se ni buena ni mala; sería aceptable, por ejemplo, si su fin último fuese el castigo del delincuente.

Santamente airado, pues, Ferrer recorría los pasillos del Palacio de Justicia camino del despacho de Luis Daroca. Nada escribió el eminente padre de la Iglesia sobre la bondad de partirle la crisma al ofensor, aunque, de conocer los pormenores del caso, daría sin duda su bendición al detective y hasta le dejaría su báculo para que le zurrara.

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IBÁÑEZ, José Luis. Nadie debería matar en Otoño. Madrid: Espasa Calpe, 2007. p. 207

La imagen, en Flickr, es de Rafael Robles L.

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