Bruce Springsteen – Streets of Philadelphia

(…)

 Ese invierno, si nevaba lo suficiente, era posible que la nieve llegara a colarse entre los cimientos y los cubriera por completo hasta que nadie pudiera saber si alguna vez había habido allí casa alguna. Me quedé contemplando la piedra ennegrecida y pensé en Lily, la niña de las trenzas. Se suponía que esta iba a ser la primera casa verdadera de la familia. Cuatro niños, había dicho Stacey.

Mientras caminaba por el jardín iba arrastrando una nube de polvo seco con los zapatos. Estaba deambulando por lo que en su día fuera el jardín trasero y al dejar caer la mirada sobre los cimientos nada obstaculizó mi visión de la avenida. Hacía un par de días que había pasado a toda prisa por ese mismo sitio, casi sin detenerme a mirar el solar vacío, cuando iba al encuentro de Ed Gradduk. Fue precisamente a Ed a quien se le ocurrió aquello de que el tipo que vivía allí era un espía ruso. Lo llamaba el Agente X y a su casa el cuartel general del KGB.

Hacía ya mucho tiempo de eso.

Salí del jardín y recorrí el camino de vuelta hasta mi camioneta con la letra de una vieja canción de Springsteen dándome vueltas en la cabeza: «I heard the voices of friends vanished and gone». Antes creía que era un buen tema.

(…)

KORYTA, Michael. El lamento de las sirenas. Barcelona : Mondadori, 2011.  P. 147

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