Familia

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—¡Hombre, inspectora, no sea tan taxativa!; debe de haber familias muy felices por ahí.

—No lo crea, toda familia es un nido de víboras por definición. Le expondré una parábola. Imagínese un barco que navega aislado en alta mar y del que uno no puede desembarcar de ninguna manera. Imagínese que a las personas que viajan contigo hay que amarlos a toda costa, aunque veas en ellos grandes defectos e incluso una actitud hostil hacia ti. Imagínese que sabes que tus propios defectos provienen de los otros viajeros la mayor parte de las veces. Imagínese que, si los viajeros son abominables y lo piensas, ya estás cayendo en falta y sintiéndote en falta a perpetuidad. Bueno, pues ese barco es la familia y los viajeros, lógicamente, todos sus miembros.

Se quedó pensativo, debía verse en alta mar junto a sus padres y hermanos, todos vestidos de marineritos. Luego saltó:

—¡Joder con la parábola!

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GIMÉNEZ BARTLETT, Alicia. Nadie quiere saber. Barcelona, Destino, 2013. p. 104

La imagen, en Flickr y bajo licencia Creative Commons, es de chavezonico

Green Day – Boulevard of broken dreams

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Salimos rápidamente a la carretera de circunvalación. Mientras enfilábamos la rampa, emergieron del lector de cedés las notas electrónicas de Boulevard of broken dreams, Green day.

Me dije que era un imbécil y un inconsciente, que tenía cuarenta años largos —muy largos— y que me estaba comportando como un irresponsable y también como un cabrón.

Ahora la acompañas a casa, te despides amablemente de ella y te vas a dormir.

—¿Vamos a dar una vuelta por algún sitio? —dije.

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CAROFIGLIO, Gianrico. Dudas razonables. Barcelona, Ediciones Urano, 2008. p. 84

Revuelto de puerros

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Procuró que el resto de la mañana fuese lo más agradable posible. Bajó a casa, se duchó y se cambió de ropa. Después, salió a la calle, compró la prensa y un paquete de cigarrillos. Dio un uso apropiado a ambos productos en el bar Casablanca hasta mediodía. Al volver a casa, telefoneó a Gloria para citarse con ella y fue a la cocina a preparar algo. Decidió que un revuelto de puerros y una ensalada eran una buena opción. Un almuerzo ligero era lo más apropiado para pasar dignamente aquella canícula que llevaba ya semanas caldeando la ciudad. Justamente al abrir el refrigerador, sonó el timbre.

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RAVELO, Alexis: Tres funerales para Eladio Monroy. Las Palmas : Anroart, 2011. p. 178

Una receta sencillita pero con la que te puedes complicar todo lo que quieras. Para muestra, te dejo con las explicaciones de David de Jorge, el famoso Robin Food.

Soledades

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Pensó en lo que había querido decir Ortiz. Quizá era sincero. Lo cierto es que aquel fenómeno de la soledad del emperador siempre le había interesado. Recordó alguna novela de García Márquez, leída en una sala de máquinas, como muchos de los libros que había leído. ¿Y la soledad del jefe de máquinas? No era tan novelable como la soledad del poderoso. Pero sí era, acaso, más cierta. Recordaba las largas horas de guardia, junto a motores enervantes que, tras los primeros días, se habían convertido en uno de esos ruidos permanentes que ya casi no se advierten, como los latidos del propio corazón, el compás del pulso propio en las sienes.

Reparó en otras soledades más literarias. La del mediofondista, por ejemplo. Si alguien había convertido la soledad de un corredor en materia literaria, ¿por qué no iba a ser novelable la del jefe de máquinas? La de los capitanes. Eso sí que había dado literatura. Desde Homero a Conrad. Y en medio, Stevenson, Melville. Quién sabe cuántos más. Pero el maquinista… La soledad de Lear. La del astronauta. Una versión de la del capitán. Más espectacular. Pero luego, la soledad de Hölderlin. La soledad de Pessoa. La de Mishima. La soledad de José K. La soledad de Mersault. La de Roquentin. La soledad de Giovanni Drogo. La de Morel. Eso eran verdaderas soledades, reales o de ficción (la realidad y la verdad a veces no guardan una relación unívoca), pero verdaderas soledades. Decidió que no se dejaría engañar por las lágrimas de cocodrilo del director general. Ningún poderoso es inocente. Lear, por ejemplo, no lo era. Nadie es inocente. Pero, mucho menos, el poderoso. Aunque se disfrazara de persona agradable. Con el rico y el poderoso, hay que ser orgulloso, decía el proverbio. Aunque se pusieran pieles de cordero, no dejaban de ser lobos. Peor que los lobos. Porque los lobos sólo son implacables cuando tienen hambre. Así que, tras pensarlo un poco más, determinó que el tal Ortiz de Guzmán seguía cayéndole soberanamente mal. Como una patada en las ingles, para ser exactos. Daba igual que conversaran o se rieran juntos. Una cosa es andar entre la mierda y otra muy distinta es revolcarse en ella.

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RAVELO, Eladio: Tres funerales para Eladio Monroy. Las Palmas : Anroart, 2011. p. 64

La imagen, en Flickr y bajo licencia Creative Commons es de Public Places

Carlos Gardel – Caminito

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Llegué al locutorio rondando el mediodía. Lena escuchaba con semblante melancólico a Carlos Gardel, que cantaba:

Una sombra ya pronto serás,

una sombra lo mismo que yo…

Aquello me sonó demasiado cercano a mi historia personal y dejé de prestarle atención. Besé a Lena en la comisura de los labios, ella sonrió y preguntó:

—¿Has dormido bien papito?

—Bien, ¿y tú?

Se encogió de hombros.

—Me he quedado sin cliente, Lena

—¿Y? ¿Encontraste a la mina?

—No, tampoco creo que le haga falta. Esta noche se lo han cargado de una paliza. Según los Mossos, ha sido cosa de esos rapados y tienen un testigo presencial.

—Algo me dijeron, recién, sucedió aquí al lado, pero no sabía que el muerto fuera el mismo tipo que te contrató.

—Sí, el nombre es el mismo y la fotografía que mostraron por la tele era la suya. En fin, ¿algo nuevo?

—No, de momento.

—Bueno, ya sabes, Dios aprieta pero no ahoga.

—Te fusila, concha de tu madre.

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GUTIÉRREZ MALUENDA, Luis: Mala hostia. Barcelona : Alrevés, 2011. p.154

Fútbol

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Estadio de Stamford Bridge. El Chelsea contra el West Ham. Partido de máxima rivalidad. La tribuna norte y la gradería sur calentando las voces. Llamada y respuesta. Tribal. ZiggerOiZagger! Oi! Un eco ferviente en el terreno de juego. Como un Sieg Heil en el campo Zeppelin. Zigger-zagger-zigger-zagger! Oi! Oi! Oi! La afición del West Ham empieza a cantar “I’m Forever Blowing Bubbles”. Sustituyen “La suerte siempre se esconde” por “El Chelsea siempre se encoge”. Provocando. El sistema de megafonía se enciende crepitando. “Blue is the Colour”. El himno del Chelsea en la copa de Inglaterra del año pasado. La tribuna norte y la gradería sur corean la canción en tono fúnebre. Un poco avergonzados ante una canción tan mala. Manida como un villancico. “!El azul es nuestro color! ¡El fútbol es nuestro deporte! ¡Estamos todos juntos! ¡Chelsea es nuestro nombre!” Poesía de postalita. La afición del Chelsea entona un canto gutural al final, aliviada.

El sistema de megafonía vuelve a crepitar. Una línea de bajo vibra hasta convertirse en un latido doble. Se repite y luego un órgano en vibrato continúa en el tiempo débil. El riff de la guitarra rítmica que hace “chaca-chaca-chaca” llena el espacio entre el bajo y la melodía. Rocksteady. El órgano se convierte en un calíope desenfrenado. “The Liquidator”, de The Harry J All Stars, inunda el estadio. A ambos lados se oye un rugido. La obertura de los skinheads. Instrumental. La banda sonora de todas las gradas. Una sola nota trémula marca el ritmo. Cuatro palmadas y un grito de dos sílabas. “Chel-sea!” y “West-Ham!” luchan por la supremacía. Coreografía de camorristas. Botas rojo oscuro o rojo cereza con la suela con cámara de aire patentada por el doctor Martens. Reggae para los chicos blancos. Arrastrada por el instintivo compás jamaicano, toda la gradería está bailando levantando brazos y piernas. Cabezas rapadas con el pelo cortado al uno, algunos con la raya rasurada. Cuellos desabotonados. Suedeheads que se dejan crecer el pelo, tipos elegantes con pantalones Crombie y Sta-Press. Algunos con el pelo más largo, escalonado. Bufandas azules y blancas atadas a la muñeca, formando pancartas con los saludos de las manos apuntando con los dedos. Exhibición de tatuajes. Mamá y papá. CFC. El león rampante del Chelsea. Corazones decorados. Líneas de puntos de “CORTAR POR AQUÍ”. Puntos del reformatorio. En las caras. Lágrimas tatuadas.

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 ARNOTT, Jake. Canciones de sangre. Barcelona: Mondadori, 2009. p. 234

La imagen, en Flickr y bajo licencia Creative Commons es de missha

The Kinks – Waterloo Suset

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Su maquinilla de afeitar era una Wilkinson. Le corté las venas de la muñeca izquierda. Aquel tipo no poseía ningún aliento vital que hiciera honor a ese nombre. Se dejaba. Peor: se dejaba ir. Debía de pensar que si no oponía ninguna resistencia, yo podría cometer un error. Que le daría alguna oportunidad gracias a cualquier negligencia. Había apostado su vida a que yo cometería alguna imprudencia. Aquél no era ni un human being, como dicen los ingleses.

—Eres indigno de ella.

Hay que reconocer que después de mí…

Tras estas hermosas palabras, lo instalé en la bañera y cerré la puerta. Luego esperé a que se muriera antes de sacarle el rollo de papel higiénico de la boca. Sin duda habían quedado restos de papel en su esófago. No había sido un crimen perfecto, perfecto. Pero ya mejoraría con los años.

Sólo esperaba que no fuera Mado quien lo descubriese.

En el ferry que me llevaba a Calais en mi cabeza sonaba una y otra vez «Waterloo Sunset».

Una hermosa canción.

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DELPLANQUE, Frantz. Un gramo de odio. Madrid : Alfaguara, 2013. p. 38