The Kinks – Waterloo Suset

(…)

Su maquinilla de afeitar era una Wilkinson. Le corté las venas de la muñeca izquierda. Aquel tipo no poseía ningún aliento vital que hiciera honor a ese nombre. Se dejaba. Peor: se dejaba ir. Debía de pensar que si no oponía ninguna resistencia, yo podría cometer un error. Que le daría alguna oportunidad gracias a cualquier negligencia. Había apostado su vida a que yo cometería alguna imprudencia. Aquél no era ni un human being, como dicen los ingleses.

—Eres indigno de ella.

Hay que reconocer que después de mí…

Tras estas hermosas palabras, lo instalé en la bañera y cerré la puerta. Luego esperé a que se muriera antes de sacarle el rollo de papel higiénico de la boca. Sin duda habían quedado restos de papel en su esófago. No había sido un crimen perfecto, perfecto. Pero ya mejoraría con los años.

Sólo esperaba que no fuera Mado quien lo descubriese.

En el ferry que me llevaba a Calais en mi cabeza sonaba una y otra vez «Waterloo Sunset».

Una hermosa canción.

(…)

DELPLANQUE, Frantz. Un gramo de odio. Madrid : Alfaguara, 2013. p. 38

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