Soledades

(…)

Pensó en lo que había querido decir Ortiz. Quizá era sincero. Lo cierto es que aquel fenómeno de la soledad del emperador siempre le había interesado. Recordó alguna novela de García Márquez, leída en una sala de máquinas, como muchos de los libros que había leído. ¿Y la soledad del jefe de máquinas? No era tan novelable como la soledad del poderoso. Pero sí era, acaso, más cierta. Recordaba las largas horas de guardia, junto a motores enervantes que, tras los primeros días, se habían convertido en uno de esos ruidos permanentes que ya casi no se advierten, como los latidos del propio corazón, el compás del pulso propio en las sienes.

Reparó en otras soledades más literarias. La del mediofondista, por ejemplo. Si alguien había convertido la soledad de un corredor en materia literaria, ¿por qué no iba a ser novelable la del jefe de máquinas? La de los capitanes. Eso sí que había dado literatura. Desde Homero a Conrad. Y en medio, Stevenson, Melville. Quién sabe cuántos más. Pero el maquinista… La soledad de Lear. La del astronauta. Una versión de la del capitán. Más espectacular. Pero luego, la soledad de Hölderlin. La soledad de Pessoa. La de Mishima. La soledad de José K. La soledad de Mersault. La de Roquentin. La soledad de Giovanni Drogo. La de Morel. Eso eran verdaderas soledades, reales o de ficción (la realidad y la verdad a veces no guardan una relación unívoca), pero verdaderas soledades. Decidió que no se dejaría engañar por las lágrimas de cocodrilo del director general. Ningún poderoso es inocente. Lear, por ejemplo, no lo era. Nadie es inocente. Pero, mucho menos, el poderoso. Aunque se disfrazara de persona agradable. Con el rico y el poderoso, hay que ser orgulloso, decía el proverbio. Aunque se pusieran pieles de cordero, no dejaban de ser lobos. Peor que los lobos. Porque los lobos sólo son implacables cuando tienen hambre. Así que, tras pensarlo un poco más, determinó que el tal Ortiz de Guzmán seguía cayéndole soberanamente mal. Como una patada en las ingles, para ser exactos. Daba igual que conversaran o se rieran juntos. Una cosa es andar entre la mierda y otra muy distinta es revolcarse en ella.

(…)

RAVELO, Eladio: Tres funerales para Eladio Monroy. Las Palmas : Anroart, 2011. p. 64

La imagen, en Flickr y bajo licencia Creative Commons es de Public Places

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