Flecha de plata

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-Este es el lugar, Ben. Aquí se desembarazaron del cuerpo. Les venía de paso saliendo desde la ciudad y no hay ningún otro sitio mejor. Sobre todo de noche.

A Ben no le pareció descabellada aquella suposición. Ni mucho menos. El nombre de Koquabit, según aseguraban los filólogos locales, procedía del vocablo navajo K’habe-bik-eeshachi, que significa “flecha de plata”, una bella descripción de la geografía del lago, cuya forma recuerda la punta de una flecha, con lengüetas y todo. Incorporada a él, había una pequeña laguna, conocida como La Cala, configurada en forma de cuña, a la que se unía el astil. Junto con el Lowry Run, que vertía en La Cala, formaba una especie de saeta. Entre La Cala y el lago había un profundo estrecho, de unos doscientos metros de anchura. Era el sitio donde se alzaba el puente al que acababan de llegar. Según acababa de decir ella, era sin duda el punto adecuado para hacer desaparecer un barril de cemento. Al menos para una cuadrilla de truhanes asustados que sólo querían terminar pronto su trabajo y huir.

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CAIN, James M. Ligeramente escarlata. Barcelona: RBA, 2009. p. 62

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de caro77

Led Zeppelin – Achilles Last Stand

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Matty condujo el coche hasta los muros de la prisión de Maze, que eran grises y anchos y rematados con espirales de alambre de púas.

Apagué la cinta de Presence, el álbum de Led Zeppelin que a pesar de haberlo oído docenas de veces seguía sonando a mierda. Matty lanzó un suspiro de alivio.

Llovía con fuerza y el funcionario de la prisión no salió de su garita para comprobar la tarjeta de identificación que le enseñaba.

Eso tampoco inspiraba ninguna confianza.

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McKINTY, Adrian. Cold Cold Ground. Madrid : Alianza, 2013. p. 231

Mensaje subliminal

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—Han desaparecío las chicas guapas —comentó de improviso el bajito deteniéndose en medio del corredor.

—¿De dónde?

—¡De los carteles! —Con un movimiento vago abarcó los más cercanos—. Hasta hace poco dibujaban mujeres arrebatadoras que te invitaban a luchar, a hacer la revolución y a no tomar coñá entre horas. Tetas grandes, piernas largas y cinturitas estrechas. Ya no queda ni una.

—No me había dado cuenta.

—Seguro que es algún tipo de mensaje subliminal.

—¿Perdona?

Sub limine, por debajo de la conciencia. Eliminando de los carteles a estas chicas vienen a decirnos: amigos, se acabó la fiesta, esto es una guerra de verdad en la que la gente mata y muere. —Paco volvió a caminar—. Conozco a los compañeros de Propaganda y sé que no dejan nada al azar.

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IBÁÑEZ, José Luis. Nadie debería matar en Otoño. Madrid: Espasa Calpe, 2007. p. 167

La imagen, en Flicker y con licencia Creative Commons, es de Gemma Bou

Andrew Gold – Lonely Boy

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Thrill lo miraba a la cara.

—¿Estas bien? —le preguntó.

—Muy bien. ¿Ahora qué hacemos?

—Supongo que pedir una copa

Pasaron cinco minutos. Lonely Boy sonó en la máquina de discos. Andrew Gold. Puro setenta. Chicles globos. Estribillo: “Oh, oh, oh… oh qué chico tan solitario… oh, qué chico tan solitario… oh, qué chico tan solitario”. Para el momento en que había sido repetido el estribillo ocho veces, Myron ya se lo sabía, así que comentó a cantarlo. Gran memoria. Quizá tendría que hacer algún anuncio en la televisión.

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COBEN, Harlan. El último detalle. Barcelona: RBA, 2010. p. 246

Migas a la aragonesa

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—¿El mesón? —pregunta Ariel.

—El mesón, claro —aunque entrar aquí es lo más parecido a recurrir a un restaurante español cuando viajas por el extranjero.

Pedimos la típica ensalada aragonesa –morcilla, longaniza y chorizo, todo ello bien frito en aceite de girasol cien veces utilizado–, unas migas con uva, un plato de jamón y otro de queso. De beber, vino tinto de la casa que el camarero –un tipo de rostro huraño con más mierda en las manos que en el delantal– nos sirve en una jarra de barro. Los vasos de Duralex que deja sobre la mesa requerirían un dragado a fondo si fuéramos escrupulosos, en cuyo caso habríamos comenzado por no poner los pies jamás en un local como este.

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BOSQUE, Ricardo. Cuestión de galones. Madrid : Literaturas Com Libros, 2011. 

Nada mejor que el video de Williviajera para ilustrar como acercarse a esta sencilla pero contundente y sabrosa receta. Creo que hay tantas variantes de migas como cocinillas que se ponen manos a la obra, pero me ha gustado la sencillez con la que lo explica.

Que aproveche!!!

Jirafas

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Rachel daba la impresión de que tenía algo más que decir, pero se detuvo. Esperé, pero ella no continuó.

—¿Qué? —dije—. Sabes más de lo que estás diciendo.

Dejó de lado las dudas.

—Cuando trabajaba en Ciencias del Comportamiento, la unidad estaba en sus inicios. Los especialistas en realizar perfiles, profilers se llaman, se sentaban y hablaban de la correlación entre los depredadores que cazábamos y los depredadores en un entorno salvaje. Te sorprendería lo similar que es un asesino en serie a un leopardo o un chacal. Y lo mismo se dice de las víctimas. De hecho, cuando se trata de tipos corporales, solemos asignar a las víctimas nombres de animales. A estas dos mujeres las llamaríamos jirafas: altas y de piernas largas. A nuestro depredador le gustan las jirafas.

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CONNELLY, Michael. La oscuridad de los sueños. Barcelona : Roca Editorial, 2011. p. 160

La imagen, en Flickr y bajo licencia Creative Commons, es de ememoreno

Carpenters – We’ve Only Just Begun

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Uno dos tres cuatro, bajo las escaleras y cruzo la puerta:

El Club de Prensa, bajo la mirada de los dos leones de piedra, centro urbano de Leeds.

El Club de Prensa, de once años ya, y en los próximos días con la actividad propia de las navidades.

El Club de Prensa, sólo para socios.

Edward Dunford, socio, baja las escaleras y cruza la puerta.

Kathryn en la barra, un borracho desconocido le habla al oído, ella clava los ojos en mí.

El borracho farfulla:

—Y un león le dice a otro: “La hostia, qué silencio, ¿no?”.

Miro hacia el escenario de verdad donde una mujer con un vestido de plumas canta con energía We’ve Only Just Begun. Dos pasos para un lado, dos pasos para el otro. El escenario más pequeño del mundo.

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PEACE, David. 1974. Barcelona: Alba, 2010. p. 43