Andrew Gold – Lonely Boy

(…)

Thrill lo miraba a la cara.

—¿Estas bien? —le preguntó.

—Muy bien. ¿Ahora qué hacemos?

—Supongo que pedir una copa

Pasaron cinco minutos. Lonely Boy sonó en la máquina de discos. Andrew Gold. Puro setenta. Chicles globos. Estribillo: “Oh, oh, oh… oh qué chico tan solitario… oh, qué chico tan solitario… oh, qué chico tan solitario”. Para el momento en que había sido repetido el estribillo ocho veces, Myron ya se lo sabía, así que comentó a cantarlo. Gran memoria. Quizá tendría que hacer algún anuncio en la televisión.

(…)

COBEN, Harlan. El último detalle. Barcelona: RBA, 2010. p. 246

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