Castilla

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-En Castilla no hay primavera -sentenció don Lotario mirando las copas de los árboles de la glorieta despeinados por el viento-. Castilla es como ciertas mujeres mal templadas, que pasan del frío al calor o de la risa al llanto sin puente medianero.

El cielo estaba de un gris gordo y obsesionante que aplastaba las casas y la torre, se metía por puertas y ventanas, amainaba pájaros y gritos, empozaba el pueblo. Los árboles cabeceaban con desespero, intentando sobrenadar el toldo que los anegaba.

-Es mucha Castilla. Ella nos ha hecho a los españoles tan raros… Hay  veces que no la aguanto -aventuró tímido don Lotario-. Debe de ser por mis oriundeces levantinas.

-Yo la aguanto, pero no me gusta. Es una tierra con muy mala leche. Me place la gente castellana porque ríe lo justo y no presume… pero el campo y el clima, para su madre.

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GARCÍA PAVÓN, Francisco. Plinio, casos célebres – El reinado de Witiza. Barcelona: Ediciones Destino, 2006.

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Chema Concellon

Sopa de pescado “Harry Hole”

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Harry había preparado sopa de pescado. Una bolsa de Findus que había mezclado con leche y que completó con unos trozos de pudin de pescado. Y una baguete. Todo ello comprado en Niazi, la pequeña tienda de comestibles de su calle, que regentaba la vecina de abajo junto con su hermano. Al lado del plato de sopa que tenía en la mesa del salón había un vaso de medio litro con agua.

Harry metió un CD en el reproductor y subió el volumen. Dejó la mente en blanco, se concentró en la música y en la sopa. Sonido y sabor. Solo eso.

Con el plato a medio terminar y a la tercera canción, sonó el teléfono. Sopesó la posibilidad de dejarlo sonar. Pero se levantó al octavo tono y bajó el volumen.

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NESBØ, Jo. El Redentor. Barcelona: RBA, 2012.

Y como parece que la receta de Harry Hole es manifiestamente mejorable, os dejo el enlace a la receta de “Cocinero andaluz”, Víctor Muñoz, un hombre que explica cómo hacer las cosas con una sencillez apabullante (tanto en su blog como en los vídeos) y que cocina para chuparse los dedos.

Salud!!!

Carlos Gardel – Chorra

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Aquel día pasé por el locutorio solo para recoger posibles encargos, el episodio de la bicicleta no estaba previsto. Cuando entré, Lena tenía el teléfono sujeto entre el hombro y el cuello mientras se limaba las uñas.

Con suerte, en algún momento las sentiría bajar por mi espalda.

Me miró y le dijo al aparato:

—Mirá, acaba de llegar —y me tendió el teléfono.

Cogí el teléfono mientras Lena subía el volumen del reproductor de CD que tiene sobre la mesa. La voz de Carlos Gardel inundó el locutorio:

Por ser bueno me pusiste a la miseria,

me dejaste en la palmera, me afanaste hasta el color.

En seis meses me comiste el mercadito,

la casilla de la feria, la ganchera, el mostrador,

¡Chorra, me robaste hasta el amor…!

La voz de mi exesposa contenía un lamento:

—Atila…

—Rey de los hunos —respondí.

—Eres un cabronazo. Gracias a Dios que no tuvimos hijos; de haberlos tenido, en este momento se estarían muriendo de hambre.

—No, mujer, siempre os podría cazar alguno de los gatos que andan sueltos por el barrio.

—Mira que tienes mala hostia.

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GUTIÉRREZ MALUENDA, Luis. Mala Hostia. Barcelona : Alreves, 2011. p. 40

Gastos de envío

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—¿La Liga Hanseática?

—Sí. Decía que ustedes aún conservaban el tino comercial de esa época. Todo estaba relacionado con Extremo Oriente, según él. Con China e India. Decía que Hamburgo iba a convertirse en el gran socio comercial europeo de Oriente. ¿Es cierto lo que decía sobre ustedes?

—Bastante. —Fabel sonrió—. Hay un chiste que dice que el negociante medio alemán vendería a su madre, pero que un político de Hamburgo lo haría además sin gastos de envío.

—Hum… —Sarah Westland no pareció verle la gracia. Quizá no era momento para chistes, por otro lado.

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RUSSELL, Craig. La venganza de la Valquiria. Barcelona, Roca, 2012

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons es de cbmd

Rollito de primavera

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El restaurante en cuestión se llama El Mar de las Delicias, no por lo que cocina en sus fogones sino en referencia al barrio en el que se ubica. Por lo demás, es como todos, con sus dragones custodiando la entrada, los cuadros con cataratas móviles y los farolillos rojos colgados por todo el techo. Al entrar, sentado a una mesa de la derecha, me llama la atención la presencia de un chino de manos gordas y grasienta cara de satisfacción. Ante él, tantos platos que no sabe a cuál de ellos dedicarse.

—No te creas nada, lo tienen todo el día comiendo en la misma mesa, haciendo de reclamo para la clientela que pasa por la calle. Ya sabes, si un occidental ve a un oriental gordo comiendo en un restaurante chino se piensa que la comida que sirven es auténtica. Pero no te preocupes —añade—, aquí te dan la misma porquería que en todos: tallarines fritos, ensalada de algas que a saber de dónde las sacan, rollitos de primavera… Vamos. Lo que a ti y a mí nos encanta.

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BOSQUE, Ricardo. Cuestión de galones. Madrid : Literaturas Com Libros, 2011.

Este vídeo del canal recetasdecocina me ha parecido que lo explica de una forma muy sencilla y apetecible. Yo fijo que me animo a intentarlo.

Y por si acaso te atreves con la salsa agridulce, te dejo otro vídeo del mismo canal. Que aproveche!

Glenn Miller Orchestra – Chattanooga Choo Choo

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Tenía cinco años de edad. Era el verano al sur de Moscú y en las noches calurosas todo el mundo dormía en el porche  con las puertas y las ventanas abiertas. En la casa de campo no había electricidad. Las mariposas nocturnas entraban y revoloteaban sobre las lámparas, y él siempre creía que los insectos iban a encenderse como si fueran de papel. Algunos amigos de su padre, oficiales también, habían acudido a cenar. La pauta social marcada por Stalin establecía que las cenas tenían que empezar a medianoche y terminar en un estupor provocado por la bebida, y el padre de Arkady, uno de los generales favoritos del líder de la humanidad, seguía ese estilo, si bien, mientras otros se emborrachaban, él sólo se ponía más furioso. Luego daba cuerda al gramófono y siempre tocaba el mismo disco. Sonaba entonces la banda de jazz del Estado, de Moldavia, que había seguido a las tropas del general Renko en el segundo frente ucraniano y tocaba con los tabardos puestos en todas las plazas de las poblaciones el día después de que fueran liberadas de los alemanes. La melodía era Chattanooga choo choo.

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CRUZ SMITH, Martin. Estrella Polar. Barcelona : Círculo de lectores, 1991. p. 149