Lou Reed – Sweet Jane

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Los bloques de la urbanización Victoria abrían los ojos a la luz de la mañana. Pájaros que cantan. El lechero que silba. El ruido que hacen los críos que tiran botellas de leche contra las paredes de ladrillo. Bajé las escaleras. A través de la ventana del cuarto de estar vi a unos niños dando patadas a un balón. Otros jugaban a la rayuela y al escondite mientras unas cuantas mujeres con bigudíes en el pelo charlaban por encima de las vallas.

En la radio sonaba Lou Reed cantando Sweet Jane.

Café. Tostadas. Vaqueros. Jersey. Deportivas.

Coche. Comprobar debajo por si las bombas.

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McKINTY, Adrian. Cold Cold Ground. Madrid : Alianza, 2013

El lamento del soldado

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Broome identificó a Ray Levine de pie junto a la figura dominante del monumento: una estatua de cuatro metros de altura llamada El lamento del soldado, obra de Thomas Jay Warren y J. Tom Carrillo. El soldado en cuestión aparece arremangado y sostiene el casco en su mano derecha, pero lo que te llamaba la atención, lo que te hacía pensar, era el modo en que esa figura de bronce miraba hacia abajo, con evidente dolor, el montón de chapas militares que le cuelgan de la mano izquierda. Podías captar la devastación en su bello y gallardo rostro al contemplar las identificaciones de sus camaradas muertos, con el rifle todavía pegado a la espalda y la bayoneta en la cadera. Tras él, un grupo de soldados cansados parece materializarse en un muro de agua, mientras uno de ellos carga con un compañero herido o quizá muerto. Al lado, bajo una llama eterna, aparecen grabados los nombres de los 822 ciudadanos de Nueva Jersey caídos o desaparecidos en combate.

En entorno normal, el monumento resultaría sobrio y adecuado para la meditación, pero aquí, enclaustrado entre los desechos del paseo marítimo de Atlantic City, devenía hasta profundo. Durante un ratito, ambos hombres —Broome y Ray Levine— se quedaron allí de pie, contemplando las chapas que motivaban el lamento del soldado, enmudecidos.

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COBEN, Harlan. Quédate a mi lado. Barcelona : RBA, 2013

Adriana Varela – Afiche

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La mañana en que el Rubio lo telefoneó, Tito Marichal desayunaba leche con gofio y buscaba ofertas de trabajo en Internet, sentado en el salón que también hacía las veces de escritorio, comedor, cuarto de estar y oficina.

Eran las diez de la mañana y él se peleaba con su ordenador portátil, regalo de su hija, que aún estaba intentando aprender a manejar. Tenía puesto, a media voz, un disco de Adriana Varela. Sabía que se podía escuchar música por Internet. Plácido le había instalado y enseñado a manejar un programa con el cual podía hacerlo. Pero él seguía prefiriendo el ritual de buscar y elegir un cedé, limpiar un poco el estuche, sacarlo y reproducirlo, corte a corte, en su pequeño equipo. Así que hoy, Adriana Varela, que ahora cantaba «Afiche». El Palmera se sabía la letra. Se preguntó si Marcelo el del Bar Quilombo sabría tocarla a la guitarra. Seguro que sí. Marcelo presumía de saberse todos los tangos del mundo, excepto dos, que aún no habían sido escritos.

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RAVELO, Alexis. La estrategia del pequinés. Barcelona : Alrevés, 2013

Huskies

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Aileen se agarró la nuca con ambas manos, en un gesto que denotaba una seguridad total.

—Como te he dicho, Edie, podemos ser muy duros con los forasteros. —Apuró su cerveza y pidió otra a la camarera con una seña—. Bueno, hablemos ahora de esos huskies vuestros. Confieso que he de sacarme el sombrero, chicos. Está claro que sabéis criar a un perro de trineo duro de verdad. Si no es una pregunta personal, ¿cuál es vuestro secreto?

Edie se encogió de hombros.

—Nosotros decimos que o bien los perros tienen el ihuma adecuado, el corazón, para entendernos, o bien no lo tienen. Igual que la gente. —Eso también sonaba muy simple. Y no obstante, el ihuma convertía incluso el acto más elemental en un complejo laberinto.

Aileen se echó a reír —el aliento le olía a cerveza— y se inclinó hacia delante, con las manos sobre la mesa. Tenía ese tipo de manos con las que podrías estrangular gatitos fácilmente.

—Bueno, ¿y qué haces con los perros malos, Edie Kiglatuk? Con los que no tienen el ihuma adecuado.

Edie observó sus manos y luego volvió a mirarla a los ojos.

—Los convertimos en gorros de piel.

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McGRATH, M.J. El niño de la nieve. Barcelona : Ediciones B, 2012

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Jethro Taylor

Shawarma y Falafel

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Aquella noche, Lena cenaba con Samuel, por lo que no tenía nada mejor que hacer que trabajar un rato, pero necesitaba un ordenador, así que le pedí a Lena las llaves del locutorio.

Cerró después de largar a las Adoradoras del Ballenato que aún remoloneaban por allí. Charloteaban sus nostalgias y las entreveraban con rápidas alusiones a los últimos chismorreos del mundillo de los famosos y con la posibilidad de alguna boda principesca que las condujera a quimeras aprendidas en la infancia y alimentadas por la prensa del corazón. Me entregó las llaves, me hizo una caricia apresurada y se encogió de hombros a modo de disculpa.

Cené un shawarma, le añadí un falafel, los ahogué en una cantidad apreciable de cerveza y me sentí dispuesto al trabajo.

No hay nada como comer mal para estar bien dispuesto al trabajo.

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GUTIÉRREZ MALUENDA, Luis: Mala hostia. Barcelona : Alrevés, 2011.

Para ilustrar estos platos os dejo los vídeos de dos jóvenes cocineras, uno de Nadima Khalil (Shawarma) y el otro de Anud Abbassi (Falafel). A ver si os gustan.

SHAWARMA

FALAFEL

Grace Jones – I’ve Seen That Face Before (Libertango)

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—El canon de belleza ha ido cambiando a lo largo de los siglos.

Víctor Alemany pronuncia su segunda frase de la noche, una obviedad que, al menos, no resulta políticamente incorrecta y que precede a una colección de hermosos rostros femeninos que se suceden en la pared al ritmo de una canción. No siguen un orden cronológico, de manera que el busto sereno de Nefertiti se alterna con la cara, sensual y casi salvaje, de una Brigitte Bardot adolescente, y una madonna renacentista de aspecto plácido da paso a la faz, maquiavélicamente atractiva, de la madrastra de Blancanieves. Nadie sabe quién ha hecho la selección, pero la primera impresión es que, quienquiera que sea el responsable, tiene una fuerte predilección por las mujeres rubias. Frías o voluptuosas, tranquilas o arrebatadoras, ocupan más de la mitad de las imágenes que se proyectan. Casi es un alivio que de repente surja el rostro de ébano brillante de Grace Jones, a quien la mayoría de los allí presentes reconoce entonces como la voz grave de la melodía de fondo, «I’ve Seen That Face Before», una especie de tango electrónico a ritmo de acordeón. Son esos rasgos extremos y andróginos los que dan paso a una rápida sucesión de fotografías de mujeres desconocidas, de edades y bellezas diversas.

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HILL, Toni Los buenos suicidas. Barcelona, Debolsillo, 2012

Piojos

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Mulos y borricos famélicos pacían junto a improvisados campamentos de refugiados procedentes de Extremadura, Andalucía y las comarcas de Castilla ocupadas por los rebeldes; eran campesinos que transportaban sus enseres a lomos de animales de carga. Una estampa de otra época para alguien criado en la gran ciudad.

—Es sobrecogedora la capacidad de resistencia de esta gente. —Ferrer saludó a un chiquilín que agitaba la mano cada vez que pasaba un vehículo; no debía tener más de tres años—. Lees sobre Madrid pero no te haces una idea de lo que supone vivir un año entero rodeado de enemigos y con la ciudad a reventar de civiles hambrientos.

—La chulería que nos atribuís a los madrileños ayuda lo suyo. —Belmonte redujo la velocidad para no estamparse contra una tartana—. Ayer me enteré de que han organizado un concurso de belleza para pelones.

—Rapados pero guapetones. —Ferrer soltó una carcajada.

Los piojos se habían convertido en una plaga y las autoridades municipales habían recomendado a la población que se cortase el pelo al rape para evitar la propagación de los bichos. Junto a pulgas y chinches, los piojos eran los compañeros inevitables de la guerra y de la miseria; los únicos que podían derrotar a la Revolución, llegó a decir Lenin.

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IBÁÑEZ, José Luis. También mueren ángeles en primavera. Madrid: Espasa Calpe, 2009

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de mccopa