Piojos

(…)

Mulos y borricos famélicos pacían junto a improvisados campamentos de refugiados procedentes de Extremadura, Andalucía y las comarcas de Castilla ocupadas por los rebeldes; eran campesinos que transportaban sus enseres a lomos de animales de carga. Una estampa de otra época para alguien criado en la gran ciudad.

—Es sobrecogedora la capacidad de resistencia de esta gente. —Ferrer saludó a un chiquilín que agitaba la mano cada vez que pasaba un vehículo; no debía tener más de tres años—. Lees sobre Madrid pero no te haces una idea de lo que supone vivir un año entero rodeado de enemigos y con la ciudad a reventar de civiles hambrientos.

—La chulería que nos atribuís a los madrileños ayuda lo suyo. —Belmonte redujo la velocidad para no estamparse contra una tartana—. Ayer me enteré de que han organizado un concurso de belleza para pelones.

—Rapados pero guapetones. —Ferrer soltó una carcajada.

Los piojos se habían convertido en una plaga y las autoridades municipales habían recomendado a la población que se cortase el pelo al rape para evitar la propagación de los bichos. Junto a pulgas y chinches, los piojos eran los compañeros inevitables de la guerra y de la miseria; los únicos que podían derrotar a la Revolución, llegó a decir Lenin.

(…)

IBÁÑEZ, José Luis. También mueren ángeles en primavera. Madrid: Espasa Calpe, 2009

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de mccopa

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