Huskies

(…)

Aileen se agarró la nuca con ambas manos, en un gesto que denotaba una seguridad total.

—Como te he dicho, Edie, podemos ser muy duros con los forasteros. —Apuró su cerveza y pidió otra a la camarera con una seña—. Bueno, hablemos ahora de esos huskies vuestros. Confieso que he de sacarme el sombrero, chicos. Está claro que sabéis criar a un perro de trineo duro de verdad. Si no es una pregunta personal, ¿cuál es vuestro secreto?

Edie se encogió de hombros.

—Nosotros decimos que o bien los perros tienen el ihuma adecuado, el corazón, para entendernos, o bien no lo tienen. Igual que la gente. —Eso también sonaba muy simple. Y no obstante, el ihuma convertía incluso el acto más elemental en un complejo laberinto.

Aileen se echó a reír —el aliento le olía a cerveza— y se inclinó hacia delante, con las manos sobre la mesa. Tenía ese tipo de manos con las que podrías estrangular gatitos fácilmente.

—Bueno, ¿y qué haces con los perros malos, Edie Kiglatuk? Con los que no tienen el ihuma adecuado.

Edie observó sus manos y luego volvió a mirarla a los ojos.

—Los convertimos en gorros de piel.

(…)

McGRATH, M.J. El niño de la nieve. Barcelona : Ediciones B, 2012

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Jethro Taylor

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