Pescaíto frito

(…)

—Nos ponemos en tus manos —dijo Ferrer—. Cualquier cosa que traigas nos parecerá perfecta; la señora nunca ha comido aquí y estaría bien que probara alguna de las especialidades de la casa.

—No estamos para muchos alardes con lo poquito que apañamos en el mercado, pero la Maruja ha frito unos pescaítos pa chuparse los dedos. —El simpático andaluz se dirigió a Regina—. Todos los platos malagueños acaban en ito: pescaíto, boqueroncito, calamarcito… Es la mejor forma de distinguirlos.

El restaurante estaba abarrotado. Hombres y mujeres jóvenes reían a carcajadas y hablaban a grandes voces, excitados por el vino y por las promesas carnales de una larga noche. Ellos habían servido en el frente hasta fecha muy reciente, ya que tenían la tez curtida por los elementos; habían visto la muerte cara a cara y vivían con una intensidad desconocida en períodos de paz. Carpe diem, disfruta el momento, aconsejó Horacio —¡otra vez Horacio!—, y seguían esta máxima al pie de la letra.

(…)

IBÁÑEZ, José Luis. Nadie debería matar en Otoño. Madrid: Espasa Calpe, 2007. 

Os dejo la receta de fritura de pescado de David de Jorge, en este caso enriquecida con la fórmula del Dry Martini y la receta del Ajoblanco. Espectacular.

Queen – Don’t Stop Me Now (2)

(…)

Don’t stop me now,

cause I’m having a good time,

having a good time.

La canción se coló en mitad de mi sueño, y es probable que la letra nunca antes hubiera resultado tan a propósito. Sentía un gran apego por Freddie Mercury, no en vano era parte de la memoria de mi juventud, pero no tanto como para que dejara de irritarme que el sonido de su voz me echara abajo uno de los escasos momentos de absoluta placidez que a un hombre de más de cuarenta le depara la vida.

Cuando por fin me di cuenta de que era mi teléfono móvil, y en particular el último politono que le había puesto (por si alguien captaba la ironía cuando sonara en medio de algún asunto especialmente tedioso o ingrato), extendí mi torpe zarpa hacia él y con una puntería que me atrevo a calificar de milagrosa acerté en el botón de llamada.

—¿Sí?

—Hola, Vila. ¿Estabas sobando?

—No, mi comandante —traté de aparentar la frescura que en absoluto tenía—. Me ha pillado en el baño, afeitándome para ofrecer a los ciudadanos y a las autoridades competentes una imagen irreprochable.

—No me convence. Suenas pastoso. Perdona por la hora, yo aún voy de camino a la oficina. ¿Te has enterado de lo de los gudaris?

(…)

SILVA, Lorenzo. La marca del meridiano. Barcelona : Planeta, 2012.

Tienes otra “versión” de este tema a cargo de Gianrico Carofiglio clicando en el enlace. Don’t Stop Me Now (la versión de Carofiglio)

Todavía monárquicas

(…)

—¿De dónde sale la miel? —dije—. ¿Y realmente hay monarquía entre las abejas?

—Bueno, te lo contaré —dijo Lucio—. La miel cae del cielo, como el rocío. Eso dice Ursus y él debe saberlo. Las abejas la recogen y la juntan hasta que se vuelve pegajosa y espesa. Para tener un lugar donde ponerla, recogen savia de los árboles y la cera de algunas plantas y construyen celdas dentro de los panales. ¿Que si tienen monarquía? ¡Oh, sí! Alegremente dan su vida para proteger a la reina. A veces dos enjambres diferentes se enfrentan en una guerra. Las reinas se quedan atrás, planeando la estrategia, y el choque puede ser terrible, ¡actos de heroísmo y sacrificio que rivalizarían con la Ilíada!

—¿Y cuando no están en guerra? —dijo Antonia.

—Un panal es como una ciudad bulliciosa. Unas abejas salen a trabajar al campo, a recoger el rocío de miel, otras trabajan dentro, construyendo y manteniendo las celdas, y las reinas promulgan leyes para el bienestar general. Dicen que Júpiter concedió a las abejas sabiduría para gobernarse a si mismas en pago por haberle salvado la vida. Cuando el niño Júpiter estuvo escondido en una cueva para que no lo matara su padre Saturno, las abejas le alimentaron con miel.

—Haces que parezcan incluso superiores a los humanos —dijo Tito riéndose y besando la muñeca de Antonia.

—¡Oh!, difícilmente. Todavía son monárquicas y no han avanzado lo suficiente para tener una república, como nosotros —explicó Lucio muy en serio, sin darse cuenta de que se estaban burlando de él—. Bueno, ¿quién quiere venir a ver cómo recogen la miel?

(…)

SAYLOR, Steven. La casa de las vestales. Barcelona, Planeta, 2007

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Danny Perez Photography

Juan Carlos Onetti – Dejemos hablar al viento

(…)

El hombrecillo rubio y el ex marinero de la letra K tatuada en el antebrazo salieron de la habitación al paso lento que los dolores de éste último marcaban. El juego de vasos había quedado encima del ejemplar de Monroy de Dejemos hablar al viento, cuyo lomo presentaba la mancha de dos o tres salpicaduras, casi imperceptibles, de sangre.

 (…)

RAVELO, Alexis. Solo los muertos. Las Palmas de Gran Canarias : Anroart, 2008

Stevie Wonder – Superstition

(…)

En la cena de esa noche, Strange ocupó la cabecera de la mesa de Janine, como siempre, en la única silla que tenía brazos. Antes la usaba el padre de Janine. Lionel se sentaba a su izquierda y ella a la derecha. Greco jugaba con una pelota de goma, con alguna mirada ocasional a la mesa pero controlándose, tumbado bocabajo en el suelo, a los pies de Strange.

Janine había puesto Talking Book en la torre, bajito. Desde luego, le encantaba Stevie, sobre todo sus primeros trabajos para Motown a principios de los setenta.

(…)

PELECANOS, George P. Ojo por ojo. Barcelona: Diagonal, 2003.

Leyes

(…)

Trató de aprovechar el tiempo para pensar en su visita a TaniaLee, pero el ambiente reinante en la unidad vigilada y ahora en la cárcel de mujeres le había dejado la mente revuelta. Suponía que casi todo el mundo sentía horror ante la idea de que le encerrasen, pero el horror de los inuit al respecto era todavía mayor. Todos los inuit que conocía habrían declarado que preferirían morir antes que pasar una sola noche entre rejas, y lo habrían dicho en serio. En parte, pensó, porque ellos vivían casi toda su vida al aire libre en una tierra sin límites de ningún tipo; también porque los inuit se hallaban sometidos a unas leyes cuyos principios les resultaban a menudo incomprensibles. No era que quisieran quebrantar la ley; era más bien que no la sentían como propia desde un principio.

(…)

McGRATH, M.J. El niño de la nieve. Barcelona : Ediciones B, 2012

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Gabriel Sanz

Sopa de lentejas

(…)

Bethesda estuvo fuera de la casa la mayor parte del día; salió a comprar víveres en los mercados y a llevar uno de mis pares de zapatos al zapatero para un cambio de suela. A mí me quedaban algunos asuntos pendientes en el Foro, además de una diligencia que debía llevar a cabo en la Calle de los Yeseros. Esa noche, después de que Eco se retiró a su habitación y nos recostamos en nuestros canapés del comedor luego de la cena —algo sencillo, sopa de lentejas y dátiles rellenos—, me pareció que era el momento adecuado para hablar con ella sobre el problema.

(…)

SAYLOR, Steven. La muerte llega a Roma. Buenos Aires : El Ateneo, 2006

Para ilustrar esta receta, os dejo dos preparaciones, una, la de mi admirada Anud Abbassi y su Shorbet adas, y una más tradicional del canal en Youtube de Miren Itziar. A ver cuál os gusta más.

SHORBET ADAS

SOPA DE LENTEJAS CON TOCINO