Tatuaje (2)

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Víktor expuso sus conocimientos sobre tatuajes en el café de la estación Yaroslavl. Tocó la pantalla del teléfono de Arkadi y amplió la imagen al hacerlo.

—Piensa en los tatuajes de un criminal como en un lienzo de la escuela de Rubens, una pintura hecha por manos diferentes en momentos diferentes, con secciones o caras añadidas u oscurecidas, algunas zonas dejadas en blanco en previsión de acontecimientos notables o atestadas por la mala planificación.

»Empecemos con la Virgen y el Niño. Esta escena doméstica nos cuenta que Mudito no nació en una familia de la burguesía, sino en una familia de delincuentes honestos. El tatuaje es primitivo, aunque las caras se retocaron después. Los tatuajes del gato celebran una carrera anterior como ladrón, y puedes imaginar por el dinamismo de estos gatos que un enano puede meterse en toda clase de espacios.

»Al hacerse mayor y más pesado, subió un escalón hasta el asesinato. Tres lágrimas por tres víctimas, como si le importara una mierda. Lo han encarcelado cuatro veces. Los pinchos en el alambre de espino te cuentan cuántos años. La tela de araña en el hombro significa que es un adicto, probablemente a la heroína, porque la tela tiene un aspecto surrealista que recuerda a Dalí.

Arkadi pensó que Víktor exhibía un vigor renovado. Para un hombre que debería estar batallando con la desintoxicación, parecía sorprendentemente saludable.

—Puedes confiar en la piel de un criminal más que en la tarjeta de visita de un banquero. La tarjeta dice que tiene oficinas en Moscú, Londres y Hong Kong, aunque nunca ha ido más allá de Minsk. Pero cuando un recluso lleva un tatuaje por un crimen que no ha cometido realmente, otros reclusos le tatuarían mentiroso en la cara.

—Es bueno saber que aún queda integridad en alguna parte del mundo.

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CRUZ SMITH, Martin. Las Tres Estaciones. Barcelona, Ediciones B, 2012

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de micaeltattoo

Tatuaje (1)

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—¿Lo han identificado?

—No. No sabemos nada de él.

—Levanta la sábana.

—Ah. Vale —dijo Willi—. Algo sabemos. Está azul de tatuajes de la cabeza a los pies. Ha estado en la cárcel.

Los tatuajes de prisión se hacían con un gancho afilado y «tinta» hecha de orina y hollín. Una vez bajo la piel, el pigmento era azul y ligeramente desdibujado, pero detrás de los barrotes, los tatuajes eran más que arte; eran autobiografía. Para cualquiera que leyera los símbolos, un hombre tatuado era un libro abierto.

—Cuéntame lo que ves —dijo Arkadi.

—De todas clases. La Virgen y el Niño, lágrimas, gatos, tela de araña, Cruz de Hierro, una daga ensangrentada, alambre de espino. Lo habitual.

—En cuanto cuelgue, quiero que hagas fotos de los tatuajes de Mudito con el móvil y que me los mandes. Tengo un experto.

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CRUZ SMITH, Martin. Las Tres Estaciones. Barcelona, Ediciones B, 2012

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de micaeltattoo