Curling

(…)

Al final de la pendiente, en la parte sur de la propiedad, había una casa de madera alargada que parecía un antiguo barracón militar. Notaron el frío nada más entrar por la puerta que daba al pasillo, en un extremo del edificio. Y al otro lado de la puerta siguiente la temperatura era más baja aún.

En la pista de hielo había cuatro hombres. Sus gritos retumbaban entre las paredes de madera y ninguno se percató de la llegada de Harry y Katrine. La destinataria de los gritos era una piedra pulida que se deslizaba por la pista. Veinte kilos de granito tipo ailsite de la isla escocesa de Ailsa Craig se detuvieron ante el guardián de otras tres piedras situadas delante de los dos círculos dibujados al final de la pista. Los hombres se deslizaban balanceándose sobre un pie mientras se impulsaban con el otro, discutían, se apoyaban en los cepillos y se colocaban en posición, preparándose para una nueva piedra.

—Un deporte de esnobs… —susurró Katrine—. Míralos.

Harry no contestó. Le gustaba el curling. La visión meditativa del lento navegar de la piedra girando en un universo sin fricción aparente, como una de las naves espaciales de la odisea de Kubrick, aunque el acompañamiento no era de Johann Strauss, sino el murmullo silencioso de la piedra y del rozamiento ronroneante de los cepillos.

(…)

NESBO, Jo. El muñeco de nieve. Barcelona : RBA, 2013

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es por Benson Kua

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