The Pogues – Danny Boy (2)

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Estaban sentados en el apartamento de Graham en la calle Veintiséis, entre la Segunda y la Tercera. El piso parecía un quirófano, solo que más pequeño. La encimera de la pequeña cocina resplandecía, y el fregadero, el grifo y las llaves brillaban tan puros como el alma de una niña católica de siete años recién salida de confesión. Neal no conseguía entender cómo un manco podía hacer una cama con las sábanas tan tirantes y ajustadas que podrías cortarte con ellas. El cuarto de baño contenía un retrete que hacía necesarias las gafas de sol, un lavabo igualmente deslumbrante y una ducha, sin bañera. («No me gusta estar tumbado en agua sucia.») Graham se había mudado hacía diez años porque era un barrio de irlandeses tirando a prósperos. Lo que no había previsto era que todos los irlandeses tirando a prósperos se estaban trasladando a Queens. Solo volvían al barrio los sábados por la noche para sentarse en una taberna local a escuchar canciones que conminaban a matar a los ingleses, sanguinarios conciertos puntuados por sensibleras interpretaciones de la temida «Danny Boy».

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WINSLOW, Don. Un soplo de aire fresco. Barcelona : Mondadori, 2013.

Johnny Cash – Danny Boy

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Gurney pensó que el tono de su discurso estaba cuidadosamente construido, pulido por la repetición; sin embargo, la emoción que transmitía parecía bastante real. El tono de superioridad y los manierismos de Kale habían sido sustituidos, al menos por el momento, por una indignación rígida y justificada.

Entonces, en el silencio abierto que siguió a la diatriba, se oyó desde la flauta de la otra sala la inquietante melodía de Danny Boy.

La música asaltó a Gurney lentamente, de manera debilitante, como si abrieran una tumba. Pensó que tendía que excusarse, encontrar un pretexto para abandonar la entrevista, huir de allí. Habían pasado quince años, y aun así la canción era insoportable. Pero luego la flauta se detuvo. Gurney se sentó, con dificultades para respirar, como un soldado traumatizado por la guerra esperando que se reanude la artillería distante.

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VERDON, John. No abras los ojos. Barcelona: Roca editorial, 2011

Andrés Cepeda – Sabrá Dios

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¿Cuántas veces había oído yo esa desdichada historia? ¿A cuántas mujeres les escuché el secreto de la infelicidad? Mujeres que se desgañitaron en sonoras manifestaciones gritando igualdad para evitar caer en la mala vida que sus madres vivieron —sartenes, pañales, calzoncillos remendados—, mujeres que empezaron más temprano que tarde a envidiar la dicha de los potajes de acelgas y el macramé, por eso también pronto se apuntaron a un curso de cocina rápida y a otro de restauración para llenar un vacío inexpugnable. Porque no se puede dar misa y repicar en la misma jugada, porque —ya lo decía Gómez de la Serna— el otro lado del río siempre estará triste por no estar a este lado y eso no se remedia ni con un puente, porque no hay dios que pueda soportar la presión de ser dentista o jueza o maestra de escuela y, luego, también madre, Carlos Arguiñano, ama de casa, amante hábil y mañosa, qué carajo de vida es ésa, quién tiene ganas de dejarse amar a gatas encima del poyo de la cocina después de haber hecho croquetas de pescado, quién de contarle a los niños, otra vez, el cuento de la liebre y la tortuga tras acabar un balance diez veces retocado para burlar a Hacienda.

Admiraba la tenacidad de mujeres como Carima, pero no le arrendaba las ganancias. Por eso me dediqué a atender sus pensamientos ácidos en la esquina de la palmerita mientras Justo entonaba sabrá Dios si tú me quieres o me engañaaas con sabor a ginebra y tónica. Maracha me miraba mirar a Carima y seguro pensaba qué estaría pensando el detective que tan atento escucha. «Mi corazón espera —recitaba yo para mis hígados— también, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera.»

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CORREA, José Luis. Quince días de noviembre. Barcelona, Alba, 2003.

Red Hot Chili Pepers – Throw Away Your Television

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Un ruido de vasos subrayó la frase, al mismo tiempo que el grito de un borracho asociaba la alegría a la rabia. Luego sólo se escuchó al cantante de Red Hot Chili Peppers. Con su voz imperiosa incitaba a la gente a deshacerse de los televisores. Throw away your television. Time to make this clear decision. El bajo bombardeaba duro. El solo de guitarra le respondía con violencia. Ingrid explicó que era el grupo preferido de Dylan Klapesch. El director se pasó una mano temblorosa por el pelo.

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SYLVAIN, Dominique. El pasadizo del deseo. Madrid, Suma de letras, 2008.