Roberto Goyeneche – Seguí mi consejo

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—¿Pasa algo con Carlos? —preguntó.

Carlos, Charly para los amigos, era el hijo de Carmen y una cruz que la mujer no merecía. A sus treinta y pocos años, el prenda se había metido en casi todos los líos imaginables, aunque hasta entonces había logrado salir más o menos bien parado de ellos. Desde su primer arresto a los dieciocho por robar un descapotable y luego estrellarlo, la biografía de Charly era un rosario de delitos de poca monta, juergas eternas y malas compañías. Si tuviera que enviar un currículo para solicitar un empleo, su «experiencia profesional» dejaría boquiabierto a cualquier seleccionador de personal. Por suerte o por desgracia, Charly no se habría visto en esa tesitura; Héctor estaba seguro de que nunca había tenido la menor intención de encontrar un trabajo normal. Cada vez que pensaba en él le venía a la cabeza la letra de un viejo tango, cuyo título desconocía, pero que decía más o menos algo así: «No vayas al puerto, ¡te puede tentar! Hay mucho laburo, te rompés el lomo, y no es de hombre pierna ir a trabajar».

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HILL, Toni. Los amantes de Hiroshima. Barcelona : Debolsillo, 2014

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Jackie Leven & Michael Cosgrave – Another Man’s Rain

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En efecto, el tráfico de Edimburgo era una pesadilla. Semáforos provisionales, carreteras cortadas y desvíos. Había largos atascos por todas partes, en su mayoría para dar cabida a la construcción de una única línea de tranvías que unirían el aeropuerto y el centro de la ciudad. Aprovechó que estaba detenido para comprobar si tenía algún mensaje, y no se sorprendió al ver que no había recibido ninguno. Ningún caso urgente requería su atención: trabajaba con gente que llevaba mucho tiempo muerta, con víctimas de asesinatos de quienes se había olvidado casi todo el mundo. En los libros de la Unidad de Evaluación de Delitos Graves había once investigaciones, que se remontaban a 1966. La más reciente era de 2002. Cuando había tumbas que visitar, Rebus las visitaba. Los familiares y amigos todavía depositaban flores en algunas de ellas. Había anotado en su libreta los nombres que aparecían en las tarjetas y los había incorporado al archivo. ¿Con qué finalidad? No lo sabía a ciencia cierta. Cuando encendió el reproductor de CD del coche emanó de los altavoces la voz de Jackie Leven, profunda y visceral. Hablaba de alguien que se hallaba junto a la tumba de otro hombre. Rebus entrecerró los ojos. Por un momento estaba de nuevo en el cementerio, y le satisfacía contemplar cabezas y hombros. Extendió la mano hacia el asiento del acompañante y consiguió sacar el libreto de la caja. La canción se titulaba «Another Man’s Rain». Sobre eso cantaba Jackie, sobre encontrarse bajo la lluvia de otro hombre.

—Ha llegado el momento de pasar por el otorrino —murmuró Rebus para sus adentros.

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RANKIN, Ian. Sobre su tumba. Barcelona : RBA, 2013

 

Violencia

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«Violencia: f. 1. Fuerza física, robustez, vigor. / 2. Manera de proceder violenta. / 3. Acción violenta o coacción moral ejercida sobre una persona para obligarla a una determinada acción u omisión. / 4. Fuerzas de la naturaleza, empuje. / 5. Uso de la fuerza física, material o moral para imponer la propia voluntad; acto violento, actitud violenta, extorsión, fuerza ejercida…»

Encuentro lo que estaba buscando y me detengo, porque las acepciones son interminables. Las acciones relacionadas con Katerina pertenecen a la última acepción. La agresión fue un «uso de la fuerza física para imponer la propia voluntad». Ahora bien, si el agresor tenía fuerza física, robustez o vigor necesarios para ejercer la violencia seguimos sin saberlo, porque una cosa es la fuerza física y otra muy distinta usar brutalmente un puño americano. También el vídeo entra en la categoría de la «extorsión» o la «fuerza ejercida».

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MÁRKARIS, Petros. Hasta aquí hemos llegado. Barcelona : Tusquets, 2015

Seminário “Juventudes contra Violência”

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de upslon

Ataud Vacante – Mujeres de provecho

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Julia, al contrario que mi chaqueta, se había marchado. No siempre funciona eso de las dos barajas. Empezó a sonar, así son las cosas, la canción «Mujeres de provecho» de Ataúd Vacante, y recordé —posiblemente inventé— días en que las pibas no me abandonaban. Al menos, no con tanta facilidad.

Tomé un taxi. Tuve que soportar al conductor y su versión del último debate de encarna-de-noche. Al principio me hizo gracia, pero desconecté en unos minutos. Supongo que se percataría de ello cuando tuvo que gritarme por tres veces «yahemosllegadoseñor» para que pagara y me apease.

Dormí profundamente.

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MIR, Jaime. El caso del cliente de Nouakchott. Tenerife : Oristán y Gociano, 2011

Berenjenas a la parmesana

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Abrió el frigorífico. No había nada. Abrió el horno y se le iluminaron los ojos. Adelina le había preparado una bandeja de berenjenas a la parmesana para cuatro personas que olía de maravilla. Puso la mesa en la galería, empezó a comer y se sintió reconfortado. Después de cenar, como todavía le quedaba una hora, se dio una ducha y se puso un traje viejo pero cómodo. Sonó el teléfono. Era Angelica. Su corazón empezó a petardear como un viejo tren cuesta arriba.

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CAMILLERI, Andrea. La sonrisa de Angelica. Barcelona : Salamandra, 2013

Y para poner en práctica la receta, nadie mejor que la gente del canal “Cocineros italianos”. Bokata y fuga!.

 

Ella Fitzgerald & Louis Armstrong – Stompin’ at the Savoy

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Cuando llegué a casa de Lorna, sonaba la melodía de Benny Goodman Stompin’ at the Savoy. Sonaba con tal fuerza que se oía ya desde el sendero donde dejé el coche. La puerta principal estaba abierta y entré sin más. No había ni rastro de Maggie ni de Jack Collins ni de ningún otro miembro adicional de la dinastía MacFarlane.

A Lorna la encontré bailando sola en el salón, con el disco de Benny Goodman a todo volumen. Aunque en el caso de Lorna no se trataba de “seguir el ritmo en el Savoy”, así que la tomé por la cintura y la arrastré al sofá. Descubrí entonces que tenía abrazado contra el pecho a un compañero de baile oculto. Le quité el vaso lleno de whisky de malta y la ayudé a sentarse en el sofá.

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RUSSELL, Craig. El beso de Glasgow. Barcelona: Roca editorial, 2011.

 

Soborno

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«Soborno: m. 1. Acción y efecto de sobornar. / 2. Impeler a alguien, valiéndose de su cargo y por medios ilícitos, a hacer algo contrario a su deber. / 3. Dádiva con que se soborna. / 4. Lucro, obtención ilícita de dinero.»

Por fin, en la última acepción del diccionario encuentro lo que buscaba. Vranás obtuvo dinero «valiéndose de su cargo» y después, cuando lo pusieron de patitas en la calle, por «medios ilícitos».

Estoy sentado en el salón, como siempre que hojeo el Dimitrakos por la mañana. Adrianí está tomando un café con Sevastí y Pródromos sigue encerrado en su habitación, donde se pasa la mayor parte del día. Fanis está seriamente preocupado. Habló con Maña del tema y ella le sugirió que le dejara tranquilo por un tiempo y que luego lo llevara a su consulta, porque no cree conveniente hablar con él en nuestra casa.

Me despido de Adrianí y Sevastí con un «Hasta luego» y salgo con intención de hacer una primera parada en el centro de indigentes y hablar con Zisis. No sé qué puede decirme para ayudarme, pero cuando das palos de ciego, cualquier ayuda es buena.

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MÁRKARIS, Petros. Hasta aquí hemos llegado. Barcelona : Tusquets, 2015

Money Crush (105/365)

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Rocky Lubbers