Roberto Goyeneche – Seguí mi consejo

(…)

—¿Pasa algo con Carlos? —preguntó.

Carlos, Charly para los amigos, era el hijo de Carmen y una cruz que la mujer no merecía. A sus treinta y pocos años, el prenda se había metido en casi todos los líos imaginables, aunque hasta entonces había logrado salir más o menos bien parado de ellos. Desde su primer arresto a los dieciocho por robar un descapotable y luego estrellarlo, la biografía de Charly era un rosario de delitos de poca monta, juergas eternas y malas compañías. Si tuviera que enviar un currículo para solicitar un empleo, su «experiencia profesional» dejaría boquiabierto a cualquier seleccionador de personal. Por suerte o por desgracia, Charly no se habría visto en esa tesitura; Héctor estaba seguro de que nunca había tenido la menor intención de encontrar un trabajo normal. Cada vez que pensaba en él le venía a la cabeza la letra de un viejo tango, cuyo título desconocía, pero que decía más o menos algo así: «No vayas al puerto, ¡te puede tentar! Hay mucho laburo, te rompés el lomo, y no es de hombre pierna ir a trabajar».

(…)

HILL, Toni. Los amantes de Hiroshima. Barcelona : Debolsillo, 2014

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