Funkadelic – You Hit The Nail On The Head

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Ya había acabado su jornada de trabajo y le quedaba un rato por matar, de manera que condujo hacia el norte por la Avenida Georgia y se paró a tomar una cerveza en un local llamado The Experience. Era un local pequeño, nada más que una sala con una barra de metal que iba de la entrada al fondo, unas cuantas mesas y una máquina de discos. La máquina casi siempre estaba desenchufada, pues al propietario, un joven llamado Grady Page, le gustaba pinchar música funk-rock, su híbrido predilecto, en el equipo de sonido del local. The Experience era un garito de barrio y tenía pósteres pegados con chinchetas a las paredes. Su clientela era una mezcla de bebedores locales, drogatas, agentes de policía fuera de servicio, operarios del ayuntamiento, guardias de seguridad y mujeres a las que les gustaban los hombres de uniforme.

Strange se sentó en la barra al lado de un policía de uniforme con los dientes mal puestos, Harold Cheek, del Distrito 4, que hoy iba de paisano. En el equipo de sonido sonaba You Hit the Nail on the Head de Funkadelic, el primer tema de su último álbum, con George Clinton tocando su Hammond en plan desatado, la idea que un colgado de las anfetas tenía de un tema circense. A Grady Page le gustaba siempre pinchar lo nuevo.

—Ponme una Bud, Grady —dijo Strange.

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PELECANOS, George. Lo que fue. Barcelona : El Aleph, 2013.

 

Urogallo

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Me viene a la memoria aquel fin de semana en que Siro y yo subimos a Asturias con Tomás, otro compañero de cuartel. Nos convenció para ir a Somiedo, a la caza furtiva del urogallo. Sólo había una manera de conseguirlo: de noche, escondidos tras un haya, saltábamos hasta el siguiente en el mismo momento en que el ave emitía su canto, áspero como un mugido de toro. Cuando el urogallo canta, cierra ojos y oídos, se vuelve ciego y sordo, y así concede la única oportunidad para atraparlo. Poco a poco, guiados por su canto, nos fuimos acercando hasta él. Lo tuve unos segundos en el punto de mira y sé que no iba a fallar —yo era el mejor tirador de los tres—, pero no pude apretar el gatillo. Me moví para que escapara. El viejo entusiasmo ecológico pudo más que el instinto depredador. Luego, sin embargo, cazamos dos patos y, mientras amanecía, tiritando Siro bajo la humedad norteña, los asamos en una fogata entre dos rocas y los devoramos con la fruición salvaje del cazador que aún no conoce la agricultura. Aquel fin de semana comprendí que por la boca muere el pez y el ave. Y a veces, también el hombre. Ahora lo importante es callar.

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FUENTES, Eugenio. El nacimiento de Cupido. Sevilla : Muñoz Moya y Montraveta, 1994.

Capercaillie close-up

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Sami Nurmi

Alberto Marino – Farolito de papel

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Sentado junto al conductor en el primer vehículo, Valtierra volteó la cabeza hacia atrás y controló a los cinco automóviles que lo seguían. La caravana circulaba por las calles sin que los porteños advirtieran su paso. Los vecinos estaban demasiado ocupados en protegerse del frío para detener su mirada en esa curiosa hilera de coches que avanzaba sin apuro hacia su destino. El comisario advirtió que sus muchachos estaban entusiasmados y se sintió satisfecho. Era un buen grupo el que había entrenado y estaba orgulloso de la actitud y disposición para el trabajo. Prendió la radio en el preciso instante en que Alberto Marino comenzaba a cantar Farolito de papel.

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BUFANO, Sergio. Una bala para el comisario Valtierra. Barcelona : RBA, 2012

 

 

The Skids – The Saints Are Coming

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—Ya me conoces, Siobhan. No suelo dar muchas vueltas a las cosas.
—Aun así, me parece que has calado a Fox: este asunto no es más que una manera de posponer la hora maldita en que lo vuelvan a destinar al DIC. —Se interrumpió—. No te importa que haga de intermediaria, ¿verdad? —Le vio encogerse de hombros—. De hecho —se corrigió—, creo que la palabra que utilizó Fox fue «árbitro».

—No éramos más que una cuadrilla de chicos, Siobhan, lo típico en el DIC por aquel entonces.

—Solo que vuestra cuadrilla tenía un nombre.

—Yo nunca le di tanta importancia como los demás. Cuando teníamos que hacer un trabajo, llevábamos un casette en el coche: The Skids cantando «The Saints Are Coming», aquí vienen los santos. Era obligatorio ponerla.

—¿Y si se te olvidaba?

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RANKIN, Ian. La Biblia de las tinieblas. Barcelona: RBA. 2014

No es la primera vez que aparecen los Skids por aquí. Puedes ver la otra entrada aquí

 

Sed

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Escocia contaba con dos pasatiempos nacionales, los únicos asuntos que despertaban verdadera pasión en el alma escocesa: el fútbol y el consumo de alcohol. Cosa curiosa, eran tan rematadamente malos en lo primero como extraordinarios en lo segundo. Igual que los irlandeses, parecía que los escoceses llevaran inscrita en su ser una sed prodigiosa. Siendo presbiterianos, sin embargo, sentían la necesidad de atemperar, contener y regular cualquier cosa considerada placentera, encajándola dentro de unos estrictos horarios. La ingesta matinal de alcohol solo estaba permitida legalmente, pues, entre las once y las dos y media. Por las tardes, los bares podían abrir únicamente desde las cinco hasta las nueve y media. Y los domingos, abstinencia. Existían, por supuesto, clubs de todo tipo que se las arreglaban para esquivar las normas, pero los escoceses en general habían aprendido a consumir cantidades impresionantes de alcohol a una velocidad pasmosa.

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RUSSELL, Craig. El sueño oscuro y profundo. Barcelona : Roca, 2013

Saciando la sed (o 'esférulas de agua en gravedad cero')

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Rufus Gefangenen

Frédéric Chopin – Nocturno nº 11

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Hoy no tengo ganas de tocar. Sin embargo, abro la partitura de una pieza que desde algún tiempo me gusta mucho, el nocturno n.° 11 de Chopin. Los acordes parecen los martillazos de un herrero, y no por el Petroff —otra vez me asombra que de un instrumento tan viejo surja un sonido tan limpio—, sino por la torpeza de mis dedos que chocan entre sí y se apiñan en las fermatas. Tengo que poner en marcha el metrónomo, muy lento, esperando que su tictac ordene el ritmo de las notas, que siguen saliendo planas, monocordes, llenas de grumos, con chimpún de pachanga. Es en vano y dejo el teclado que parece duro, como si el propio piano se resistiera a mi agresión.

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FUENTES, Eugenio. Las manos del pianista. Barcelona: Tusquets, 2003