Frédéric Chopin – Nocturno nº 11

(…)

Hoy no tengo ganas de tocar. Sin embargo, abro la partitura de una pieza que desde algún tiempo me gusta mucho, el nocturno n.° 11 de Chopin. Los acordes parecen los martillazos de un herrero, y no por el Petroff —otra vez me asombra que de un instrumento tan viejo surja un sonido tan limpio—, sino por la torpeza de mis dedos que chocan entre sí y se apiñan en las fermatas. Tengo que poner en marcha el metrónomo, muy lento, esperando que su tictac ordene el ritmo de las notas, que siguen saliendo planas, monocordes, llenas de grumos, con chimpún de pachanga. Es en vano y dejo el teclado que parece duro, como si el propio piano se resistiera a mi agresión.

(…)

FUENTES, Eugenio. Las manos del pianista. Barcelona: Tusquets, 2003

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