Urogallo

(…)

Me viene a la memoria aquel fin de semana en que Siro y yo subimos a Asturias con Tomás, otro compañero de cuartel. Nos convenció para ir a Somiedo, a la caza furtiva del urogallo. Sólo había una manera de conseguirlo: de noche, escondidos tras un haya, saltábamos hasta el siguiente en el mismo momento en que el ave emitía su canto, áspero como un mugido de toro. Cuando el urogallo canta, cierra ojos y oídos, se vuelve ciego y sordo, y así concede la única oportunidad para atraparlo. Poco a poco, guiados por su canto, nos fuimos acercando hasta él. Lo tuve unos segundos en el punto de mira y sé que no iba a fallar —yo era el mejor tirador de los tres—, pero no pude apretar el gatillo. Me moví para que escapara. El viejo entusiasmo ecológico pudo más que el instinto depredador. Luego, sin embargo, cazamos dos patos y, mientras amanecía, tiritando Siro bajo la humedad norteña, los asamos en una fogata entre dos rocas y los devoramos con la fruición salvaje del cazador que aún no conoce la agricultura. Aquel fin de semana comprendí que por la boca muere el pez y el ave. Y a veces, también el hombre. Ahora lo importante es callar.

(…)

FUENTES, Eugenio. El nacimiento de Cupido. Sevilla : Muñoz Moya y Montraveta, 1994.

Capercaillie close-up

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Sami Nurmi

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