Martini seco

(…)

6 medidas de gin

 1 medida de vermut blanco seco

 Aceitunas de coctel

 Cubos de hielo

 Mezcle las bebidas con el hielo en el vaso mezclador, agitándolo para escarchar. Sirva en una copa de coctel. Adorne con una aceituna en palillo. Bébalo mientras oye a Frank Sinatra cantando Witchcraft.

El origen del martini es incierto. Se creó en 1870 en California. Para algunos se inventó en San Francisco y su autor habría sido un cantinero llamado Martínez. Para otros nació en la ciudad de Martínez. De ahí su distintivo nombre. Al principio era más dulce, con medidas iguales en sus componentes. Se volvió popular en la época de la prohibición debido a la facilidad para destilar ginebra

A más seco, menos vermut. Winston Churchill opinaba que solo una mirada a la botella de vermut era suficiente. La aceituna le da el toque final. Quizás solo sea un adorno, pero para los mixólogos, los alquimistas modernos, es la que absorbe los malos espíritus del gin.

Es el coctel más reconocido del mundo. Norteamericano por excelencia, símbolo de fiesta, estilo y clase, ha sido la bebida preferida de famosos, escritores y presidentes: desde Raymond Chandler, Dorothy Parker, Franklin Delano Roosevelt y John F. Kennedy hasta Luis Buñuel o Humphrey Bogart. Algunos le llaman con el elegante nombre de silver bullet. Su misma simplicidad es lo que lo vuelve maravilloso: solo se necesitan dos ingredientes para crear algo tan sublime.

A la última toma del día en el set de filmación se le conoce como martini shoot.

(…)

HAGHENBECK, F.G. Trago amargo. Barcelona : Roca editorial, 2009

Y para ilustrar el cóctel, en el vídeo nos enseñan no sólo a preparar un Dry Martini, sino también el Sweet Martini, que son parecidos, pero no iguales.

La cura del sombrero

(…)

Carl se dejó caer sobre la cama y se puso a pensar en la cura del sombrero. Por lo que sabía, era una cura que su padre seguía haciendo cuando se ponía enfermo. «Túmbate en una cama», solía decir. «Cuelga un sombrero de uno de los extremos del pie de cama y luego busca con la mano la botella de priva que debes tener siempre en la mesilla de noche, y bebe hasta que veas un sombrero en cada extremo. Te garantizo que al día siguiente estás curado. Y si no, te importa un bledo ya.» Sí, la cura era infalible, pero ¿y si tenías que conducir un par de horas después? ¿Y si no querías apestar a alcohol? Porque seguro que Mona no iba a reírle las gracias viéndolo en ese estado. Dio varios suspiros y se compadeció de sí mismo. De todas formas, echó mano de su botella de Tullamore Dew y tomó un par de sorbos. Tampoco iba a hacerle daño.

(…)

ADLER-OLSEN, Jussi. Expediente 64. Madrid : Maeva, 2013

mi sombrero viajero

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de pegatina1

Roba Stanley – Devilish Mary

 

(…)

En ese momento me encontraba en el Barrio Francés, entre East Bay y Meeting. Oía el tráfico a lo lejos, y a veces las voces exaltadas de los juerguistas que se adentraban en la noche, pero en tono a mí no había signo alguno de vida.

Y entonces, cuando pasaba por Unity Alley, oí que alguien cantaba. Era la voz de una niña, y era una voz muy bonita. Cantaba una versión de una vieja canción infantil de la cantante de country Roba Stanley, DevilishMary, pero parecía como si la niña no supiese la letra entera o como si sólo hubiese decidido cantar su parte favorita, que era el estribillo que se repetía al final de cada estrofa:

 

A ring-tuma-ding-tuma dairy

A ring-tuma-ding-tuma dairy

La niña más bonita que jamás he visto

y su nombre es la Traviesa Mary

(…)

 

CONNOLLY, John. El camino blanco Barcelona: Tusquets, 2006

 

Quince

(…)

—Hoy he estado cocinando. ¿Quiere un quince mientras pongo a hervir el agua?

—Suena delicioso.

—Pues espere a probarlos. Mi madre llevaba la panadería.

—¿Su madre pasó a mejor vida?

—Pues sí, pasó a mejor vida en la Costa del Sol —dijo con una carcajada. Se apartó un mechón rebelde de la cara. Me pilló mirándola. Me mantuvo la mirada un segundo más de lo que hubiera debido.

—Hace siglos que no tomo un quince. ¿Cómo los hace?

—Bueno —se rio—, cuando digo cocinando es un poco de farol, ¿no? La harina solo se usa para enrollarlos sobre la encimera.

—¿Y cómo lo hace?

—Son muy fáciles. Quince galletas integrales machacadas, quince nueces picadas muy finas, quince cerezas al marrasquino, quince malvaviscos de colores, una lata de leche condensada, harina y coco rallado. Se mezcla todo menos el coco. Se amasa hasta hacer una bola. Se divide la bola en dos y se hacen dos rollos gruesos.

—¿Y luego qué?

—Se espolvorea una tabla de cortar con harina y el coco.

—Y hay algo de una nevera, ¿no es cierto?

Sonrió.

—Se pasan los rollos por la harina y el coco y luego se envuelve cada uno bien apretado con film de plástico y se meten dos horas a enfriar. No puede ser más fácil. Mi ingrediente secreto son unos Smarties o, para la amiga de Harry, M&M, que son su equivalente americano.

(…)

McKINTY, Adrian. Oigo sirenas en la calle. Madrid : Alianza, 2013

 

Howlin’ Wolf – Smokestack Lightning

 

(…)

Para calmarme, me puse a pensar en música. En el estribillo de Smokestack Lightning. La versión de Howlin’ Wolf incluye un maravilloso grito estrangulado al final de la primera estrofa. Dicen que uno tiene que viajar de polizón en los trenes una temporada para entender bien el blues de los desarraigados. Se equivocan. Para entender el blues de los desarraigados hay que estar encerrado en algún lugar. En una celda. O en el ejército. Hay que estar enjaulado de una forma u otra. En un lugar desde donde las chispas de la chimenea de una locomotora den la impresión de ser el símbolo de la imposible libertad. Con mi abrigo como almohada, seguí escuchando la música en mi cabeza. Me quedé dormido al final del tercer estribillo.

(…)

CHILD, Lee. Zona peligrosa. Barcelona : RBA, 2015

Vinnie Jones & Gazza

(…)

Abrí la puerta, encendí la luz y entré. La sala estaba fría, más de lo que debería. Comprobé si es que las puertas correderas estaban abiertas, pero no solo estaban cerradas, sino que las persianas estaban bajadas. Miré a mi alrededor. El palco del señor Al Armani estaba decorado como el interior de un avión privado: gruesas alfombras de color crema, paneles de ébano pulido y un sofá y sillones carísimos de cuero blanco. Seguro que tenía un avión que era igual por dentro. Ocupando una de las paredes había una copia en gelatina de plata de la famosa fotografía de Monte Fresco en la que Vinnie Jones le agarraba las pelotas a Gazza, firmada por ambos jugadores —la fotografía, no las pelotas, claro— y una camiseta de la selección argentina con el número diez, enmarcada y firmada por Diego Maradona. Sobre la mesa, de ébano, había una pila de platos con el borde de oro, una caja con una cubertería de oro, un mechero de sobremesa de oro y varios ceniceros, también de oro. La televisión plana que había en la pared era una Sony de ochenta y cuatro pulgadas, que parecía tan grande como las puertas correderas que daban a los quince asientos que estaban a algo menos de cinco metros de altura de la línea de mediocampo. Todo parecía de la mejor calidad aunque, para mí, el gusto dejaba bastante que desear. No me va la ostentación a lo Bin Laden.

(…)

KERR, Philip. Mercado de Invierno. Barcelona : RBA, 2015

Django Reinhardt & Stephane Grapelli – Honeysuckle Rose

(…)

Pero está claro que la dicha nunca dura en casa del pobre. Me había levantado de buen humor, con una sensación de bienestar que había olvidado, a pesar de una panza de burro monótona y fastidiosa que se instaló en el cielo. Me afeité mientras en la radio sonaba una soberbia versión de Honeysuckle Rose por Reinhardt y Grappelli de cuando actuaban con el quinteto del Hot Club de Francia. Me duché, me vestí, entonces era Sweet Georgia Brown lo que tocaban, y me dirigí a la cafetería de San Bernardo donde suelo tomarme el primer buchito de café. Allí me esperaba el revuelo habitual de cualquier bar a esas horas. Las conversaciones de siempre: fútbol, el último escándalo en la política canaria, el programa que dieron en la tele la noche anterior, aberrante, hubo un desnudo integral y todo. Siempre me ha parecido curioso que la parroquia se escandalice por ver un culo en la televisión y, sin embargo, pierdan el suyo por que una señora cuente con todo lujo de detalles la parte que más adora de su marido y lo que le gusta que él le haga por las noches. Pero esa charla no iba a cambiar mi humor. Yo aún creía que nada podría amargarme el día.

(…)

CORREA, José Luis. Muerte en abril. Barcelona, Alba, 2004