Archivo mensual: mayo 2016

Leonard Cohen – Dance me to the end of love

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Se desembarazó de las llaves, el tabaco, el mechero, la cartera y el bolígrafo metálico de resorte que siempre llevaba encima por si acaso. Pinchó un disco de Leonard Cohen y se fue a la cocina mientras el canadiense cantaba aquello de dance me thru the panic with a burning violin. Sacó de la nevera la carne de cochino, la puso en una fuente e hizo llover sobre ella un puñado de sal gorda. En el almirez, machacó comino, ajo, perejil, tomillo y orégano. Luego agregó pimentón, una pizca de vinagre y un buen chorro de aceite. Vertió todo el majado sobre la carne y lo cubrió todo con vino blanco, mezclando bien. Cuando acabó, ya Cohen había cantado un par de temas y se dedicaba a contar que puedes pasar toda la noche junto a Suzanne en su escondite junto al río. Dejaría reposar la carne al menos una hora antes de freiría. Tenía que haber hecho aquello la noche antes, pero, aun así, obtendría una carne adobada en condiciones.

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RAVELO, Alexis. Los tipos duros no leen poesía. Las Palmas : Anroart, 2011.

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Mint Julep

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2 ½ oz de bourbon de Kentucky

 4-10 hojas de menta

 1 cucharadita de azúcar

 1 parte de agua mineral

Combine el bourbon con las hojas de menta, ligeramente trozadas para que suelten sabor. Agregue el azúcar y el agua mineral. Se sirve en un vaso pequeño y ancho.

Ningún Derby de Kentucky puede estar completo sin el venerable mint julep. Los historiadores creen que nació en el siglo XVIII. Los libros de la época lo describen como una bebida espiritual de las colonias acomodadas de Norteamérica: «un coctel fresco para los caballeritos y damas de sociedad que lo disfrutan por la mañana en busca de vigor». Era la bebida por excelencia de los sureños.

Tal vez el mint julep se derivó de una bebida árabe llamada julab, a la que se agregaban pétalos de rosas. En Norteamérica lo combinaron con algo menos pretencioso: las hojas de menta. Al principio se preparaba con whisky o cualquier otra bebida a la mano. El gran acierto fue usar el bourbon sureño. El MJ se volvió tan famoso como los plantíos de algodón, Scarlett O’Hara, el general Lee y el tema Look away Dixieland por Elvis Presley.

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HAGHENBECK, F.G. Trago amargo. Barcelona : Roca editorial, 2009

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Van Morrison – Into the Mystic

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Ed tira el guante al suelo y se dirige al pequeño garaje que hay detrás de la casa. Yo le sigo.

Antes había allí un reflector, pero se ha roto. Al estar la persiana echada, tenemos que entrar por la puerta lateral. Ed va delante, pero aun así huelo la gasolina en cuanto abre la puerta. La mayoría de los garajes huelen a gasolina, pero esto es diferente, es un olor demasiado fuerte. Además hay música: Van Morrison canta «Into the Mystic».

Ed no presta atención al olor y palpa la pared en busca de la luz. Con sus cortos brazos de niño de doce años es incapaz de encontrar el interruptor, así que se adentra más en el garaje. Detrás de él, entro en el pequeño y lóbrego cubículo. El olor a combustible sigue siendo fuerte. Me quito el guante de béisbol y lo dejo caer al suelo de cemento. Estrujo la pelota con la mano derecha, con el brazo en tensión. Nunca me ha dado miedo la oscuridad, pero por alguna razón me gustaría estar lejos de aquí.

—No encuentro el puto interruptor —murmura Ed junto a mí.

Entonces se oye un clic y la pequeña habitación se inunda de una luz blanca y brillante. Durante un segundo me deslumbra y cierro los ojos. Los tengo aún cerrados cuando oigo a Ed gritar.

Abro los ojos de golpe y me tambaleo hacia atrás al intentar salir del garaje, pensando que hay alguien dentro, algún tipo de amenaza que hace que Ed grite de esa manera. Pero choco de espaldas contra la pared y en ese segundo de más que permanezco en el garaje mis ojos asimilan finalmente la escena.

En el garaje está el Chevy Nova del padre de Ed. La cabeza de Norm Gradduk descansa sobre el marco de la ventanilla abierta del conductor. Su rostro mira hacia el techo, tiene la piel hinchada y parece de plástico. Basta con un simple vistazo para que incluso un niño como yo sepa que está muerto.

Ed corre hacia el coche emitiendo un chillido más agudo del que jamás le habría imaginado capaz. Tiende los brazos hacia su padre y los retira inmediatamente. Quiere ayudarlo, pero le espanta tocarlo.

—Tenemos que llamar a alguien —digo con voz temblorosa.

Me acerco más al coche, venciendo mi deseo de alejarme de la escena cuanto antes, y miro el interior del vehículo. Norm Gradduk tiene una botella de licor en el regazo. Aún se aferra a ella con una mano. Van Morrison le canta al sonido de una sirena de barcos: «I want to hear it, I don’t have to fear it…».

Ed se vuelve y corre hacia la puerta para salir al jardín. Todavía chilla y yo, tras echar una segunda mirada a Norm Gradduk, me pongo también a gritar. Desde la casa, la madre de Ed nos grita a su vez que dejemos de armar escándalo ahí fuera.

La ambulancia tarda unos siete minutos en llegar y unos setenta segundos en decir a Ed y a su madre que no hay nada que

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KORYTA, Michael. El lamento de las sirenas. Barcelona : Mondadori, 2011.

 

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Astronautas místicos

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Era extraño, dada la naturaleza de su trabajo, que la única cosa que Fabel nunca había llegado a asumir del todo fuera la súbita extinción de la vida. Había oído decir que los astronautas, una vez en el espacio, se vuelven a contemplar la Tierra y sufren una transformación en un solo instante: o se vuelven totalmente ateos o se convencen de la existencia de un dios. Sin término medio. Aunque estaba por ver si era tan tajante, Fabel podía comprender la experiencia. Él tenía una sensación similar cada vez que veía un muerto. Un cadáver carece de humanidad: no parece una persona dormida, solo es un objeto de apariencia humana. Una cáscara vacía. Y en su caso, la mayoría de los muertos que contemplaba habían sido desalojados por la fuerza de esa cáscara. Allí donde algunos habrían visto acaso el recipiente abandonado por el alma fugitiva, Fabel solo veía un vacío, el cierre definitivo de un complejo sistema biológico. El final de un universo visto desde una perspectiva irrepetible.

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RUSSELL, Craig. La venganza de la Valquiria. Barcelona, Roca, 2012

planeta tierra

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de luis.labanderar

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Willie Nelson, Toby Keith & Merle Haggard – “Pancho and Lefty”

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En la radio de la camioneta pick-up de Chee, la voz del joven Navajo que leía un anuncio de los coches usados Gallup fue sustituida por la de Willie Nelson cantando sobre problemas y mentes angustiadas. La balada encajó con el humor de Chee. Estaba cansado. Estaba sediento. Estaba pegajoso por el sudor. Estaba angustiado. Su camioneta traqueteó a lo largo de las rodadas, en un día caluroso sin atisbo de brisa, dejando tras de sí una blanca nube de polvo que marcaba su tortuosa ruta por Rainbow Plateau. La camioneta se volvió gris. Igual que Jimmy Chee. Desde la salida del sol había cubierto unas doscientas millas de arena y semiborrados senderos de carretas de la zona fronteriza de Arizona, Utah y New Mexico.

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HILLERMAN, Tony: El brujo de Chee. Relato publicado en la revista Calibre 38, 2011

 

 

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Ensalada Som-Tam

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—El cuchillo no presenta huellas dactilares —dijo Crumley chasqueando satisfecha la lengua.

La sôm-tam, una especie de ensalada de papaya verde, no tenía el sabor tan extraño que Harry se había imaginado. De hecho estaba deliciosa. Y picante.

Crumley sorbía ruidosamente la espuma de la cerveza. Él miró a los demás clientes, pero al parecer nadie más se percató del ruido que hacía, probablemente porque el sonido era ahogado por una orquesta de cuerda que interpretaba polcas al fondo del restaurante, que a su vez eran ahogadas por el tráfico del exterior. Harry decidió que se tomaría dos cervezas. Y punto. Podía comprarse un paquete de seis de camino al apartamento.

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NESBO, Jo. Cucarachas. Barcelona : Penguin Random House, 2015

Complicado acercarse a la cocina tailandesa. Sin embargo, creo que con este video de Cocino Thai, si te animas (y encuentras los ingredientes) podrás acercarte a saborear lo que Harry Hole paladea en el párrafo de arriba. Yo no se si me animaré a prepararla, pero a probarla, seguro.

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Roberta Flack – First Time Ever I Saw Your Face

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Strange esperó con temor a que la Flack se rebajara, como era inevitable, a cantar The First Time Ever I Saw Your Face. La había grabado en el 69, pero había subido como la espuma en las listas cuando Eastwood la había puesto en la película aquella del rollo de una noche que salía mal. Para Strange era una de las canciones más mediocres que habían llegado nunca a las listas. Pero a Carmen le gustaba, de manera que Strange nunca la criticaba en presencia de ella. Ahora Robería la estaba cantando, con un foco iluminándolos a ella y a su piano. En la cara de Carmen había una expresión de concentración embelesada y espiritual.

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PELECANOS, George. Lo que fue. Barcelona : El Aleph, 2013.

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