Van Morrison – Into the Mystic

(…)

Ed tira el guante al suelo y se dirige al pequeño garaje que hay detrás de la casa. Yo le sigo.

Antes había allí un reflector, pero se ha roto. Al estar la persiana echada, tenemos que entrar por la puerta lateral. Ed va delante, pero aun así huelo la gasolina en cuanto abre la puerta. La mayoría de los garajes huelen a gasolina, pero esto es diferente, es un olor demasiado fuerte. Además hay música: Van Morrison canta «Into the Mystic».

Ed no presta atención al olor y palpa la pared en busca de la luz. Con sus cortos brazos de niño de doce años es incapaz de encontrar el interruptor, así que se adentra más en el garaje. Detrás de él, entro en el pequeño y lóbrego cubículo. El olor a combustible sigue siendo fuerte. Me quito el guante de béisbol y lo dejo caer al suelo de cemento. Estrujo la pelota con la mano derecha, con el brazo en tensión. Nunca me ha dado miedo la oscuridad, pero por alguna razón me gustaría estar lejos de aquí.

—No encuentro el puto interruptor —murmura Ed junto a mí.

Entonces se oye un clic y la pequeña habitación se inunda de una luz blanca y brillante. Durante un segundo me deslumbra y cierro los ojos. Los tengo aún cerrados cuando oigo a Ed gritar.

Abro los ojos de golpe y me tambaleo hacia atrás al intentar salir del garaje, pensando que hay alguien dentro, algún tipo de amenaza que hace que Ed grite de esa manera. Pero choco de espaldas contra la pared y en ese segundo de más que permanezco en el garaje mis ojos asimilan finalmente la escena.

En el garaje está el Chevy Nova del padre de Ed. La cabeza de Norm Gradduk descansa sobre el marco de la ventanilla abierta del conductor. Su rostro mira hacia el techo, tiene la piel hinchada y parece de plástico. Basta con un simple vistazo para que incluso un niño como yo sepa que está muerto.

Ed corre hacia el coche emitiendo un chillido más agudo del que jamás le habría imaginado capaz. Tiende los brazos hacia su padre y los retira inmediatamente. Quiere ayudarlo, pero le espanta tocarlo.

—Tenemos que llamar a alguien —digo con voz temblorosa.

Me acerco más al coche, venciendo mi deseo de alejarme de la escena cuanto antes, y miro el interior del vehículo. Norm Gradduk tiene una botella de licor en el regazo. Aún se aferra a ella con una mano. Van Morrison le canta al sonido de una sirena de barcos: «I want to hear it, I don’t have to fear it…».

Ed se vuelve y corre hacia la puerta para salir al jardín. Todavía chilla y yo, tras echar una segunda mirada a Norm Gradduk, me pongo también a gritar. Desde la casa, la madre de Ed nos grita a su vez que dejemos de armar escándalo ahí fuera.

La ambulancia tarda unos siete minutos en llegar y unos setenta segundos en decir a Ed y a su madre que no hay nada que

(…)

KORYTA, Michael. El lamento de las sirenas. Barcelona : Mondadori, 2011.

 

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