Archivo mensual: julio 2016

Jefferson Airplane – White Rabbit

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El disyóquey de Radio Revival anunció que llegaba el momento de las pastillas que te hacen crecer o te hacen menguar, no como las que te daba mamá, que no te hacen nada, mientras sonaban los primeros acordes de White Rabbit, de Jefferson Airplane, y, como si también estuviera escuchándola, un tipo asomó por la esquina dirigiéndose al portal casi al ritmo del bajo y la caja de la batería. Llevaba una camisa estampada, unos shorts y chancletas y, cuando salí de la furgona y me acerqué, averigüé que el estampado de la camisa era de flores azules sobre fondo blanco, que el tipo venía de beber en alguno de los bares de la zona, que llevaba la cabeza totalmente afeitada y que, efectivamente, era Felo.

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RAVELO, Alexis. La última tumba. Madrid : Edaf, 2013

 

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Cuba Libre

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2 oz de ron claro
Refresco de cola
Gotas de limón
Cubitos de hielo
Sirva de una a dos medidas del ron en un vaso jaibolero con mucho hielo. Llene el vaso con refresco de cola. Agregue gotas de limón. Agite. Si quiere adornarlo, use una rebanada de limón, pero cualquier canción de Compay Segundo también ayuda.
Esta bebida es el paradigma de los cocteles: nació durante la guerra de Cuba en 1876, cuando los soldados americanos que luchaban contra el ejército español bebían para brindar por el triunfo de la liberación de Cuba y gritaban sus ¡Viva Cuba libre! De ahí su nombre.
Es la unión perfecta de dos símbolos tan dispares: el ron cubano y la cola estadunidense. Cuando llegaron a Cuba la revolución comunista y el embargo americano, conseguir el refresco fue un problema.
Una de las prioridades del nuevo gobierno fue crear uno similar, pero librándolo de la más importante imagen capitalista: la Coca-cola. Hoy se disfruta esta bebida en Estados Unidos y Cuba, lo que demuestra que el alcohol no tiene diferencias políticas.

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HAGHENBECK, F.G. Trago amargo. Barcelona : Roca editorial, 2009

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Espen Lin – When Susannah Cries

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Harry la agarró del brazo y la ayudó a bajar las escaleras del restaurante. Le dio la dirección al taxista junto con un billete de cinco dólares, pidiéndole que se asegurara de que entraba en su casa. Probablemente no entendiera gran cosa de lo que le decía Harry, pero pareció comprender a qué se refería.

Entró en un bar de Soi 2, en la parte baja de Silom. La barra estaba prácticamente vacía y en el escenario había dos gogós a las que nadie había comprado para pasar la noche. Tampoco parecían tener muchas esperanzas de que alguien lo hiciera. Era como si estuvieran fregando platos, sacudiendo las piernas por cumplido mientras sus pechos se mecían arriba y abajo al compás de «When Susannah Cries». Harry no estaba seguro de qué le resultaba más triste.

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NESBO, Jo. Cucarachas. Barcelona : Penguin Random House, 2015

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Eugenesia

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La base para sus teorías en torno a la creación de Sprogø eran las ideas eugenésicas y de higiene social acerca del “material hereditario defectuoso”, el nacimiento de niños degenerados y un montón de chorradas más.

Assad sonrió.

-¡Eugenesia! Sí, sí, ya sé qué es eso. Es cuando se cortan los testículos a los niños para que canten con voz aguda. Había muchos de aquellos, o sea, en los antiguos harenes de Oriente Próximo.

-Eso eran eunucos, Assad -lo corrigió Carl, y fue entonces cuando observó la expresión pícara del rostro de Assad. Como si no lo supiera.

-Tranquilo, Carl, estaba de coña. Lo he mirado en el diccionario esta noche. La palabra eugenesia viene del griego, y significa «buen linaje». Ya lo sé. Es una doctrina sobre cómo clasificar a la gente según su origen y entorno. Dio una palmada amistosa a Carl en el hombro. No había la menor duda de que sabía bastante más que Carl sobre la cuestión.

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ADLER-OLSEN, Jussi. Expediente 64. Madrid : Maeva, 2013

La imagen es de Dominio Público.

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Zikr – Abdullah Ibrahim

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Puse un disco del sudafricano Abdullah Ibrahim. Echoes from Africa. Un corte en concreto. “Zikr”. Yo no creía en Dios ni en el diablo. Pero en esta música, en su canto -el dúo con Jonny Diani, su bajista-, había una serenidad tal, que daban ganas de alabar a la tierra. A su belleza. Ese fragmento lo había escuchado horas y horas. Al amanecer. O al caer el sol. Me llenaba de humanidad.

La música empezó a subir. Con la taza en la mano, en el marco de la puerta acristalada, vi cómo el mar se agitaba con más violencia. No entendía nada de la letra de Abdullah Ibrahim, pero ese “Remenbrance of Allah” encontraba en mí la traducción más simple. Efectivamente, es mi vida lo que está en juego aquí, en esta tierra. Una vida sazonada de piedras calientes, de suspiros de mar y de cigarras que, muy pronto, se pondrán a cantar. Hasta el último aliento, amaré esta vida. Inch Allah.

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IZZO, Jean-Claude. En Soleá. Madrid: Akal, 2005.

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Baklava

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Una hora y media más tarde. La cena había terminado. El postre: habían ya acabado el baklava, el schlag y la tarta. Ya habían tomado el café. El coñac, Hennesy XO: no quedaba nada en las copas.

Era suficiente A Viktor seguro que le dolían los músculos de la sonrisa.

A Natalie le apetecía salir esa noche. Quizá dormir en casa de Viktor después. O, dicho de otra manera: si su padre estaba contento, ella podría ir con él.

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LAPIDUS, Jens: Una vida de lujo. Madrid : Suma de letras, 2011.

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Extemoduro – A fuego

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—Tranquilo, lo resolverás.

—O no. Pero me va a llevar un rato. Te voy llamando.

—Vale. Y cuídate.

—Tú también.

Se bajó rápidamente y desapareció en el portal, sin pararse más que lo imprescindible para despedirse con la mano. Los dos habíamos aprendido, hacía algunos años ya, que así era mejor. El corazón siempre te acecha para darte donde más duele. Como bien proclama Robe Iniesta, cantante y filósofo, en una de sus letras más inspiradas, A fuego, lo mejor es no llevarlo nunca encima, por si te lo quitan.

Conduje sin prisa hasta casa, apurando la consabida melancolía de los domingos por la tarde. Apenas le dediqué media hora a la figura de plomo que en ese momento me ocupaba, un compañero benemérito de los que en 1921 hubieron de rendirse en Nador a los rebeldes de Abd el-Krim. Pintar miniaturas solía servir para relajarme, pero esta vez me costó disfrutarlo. Me preparé una cena frugal, recogí la colada, les di tres planchazos rápidos a las camisas y me metí en la cama con el ordenador y los auriculares. Curioseé un poco por Internet para hacer tiempo, hasta que llamó Arnau. Su informe vino a confirmar las sombrías sospechas que había ido alimentando durante todo el día. La usuaria de aquel teléfono seguía sin hacerle el menor caso.

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SILVA, Lorenzo. La marca del meridiano. Barcelona : Planeta, 2012.

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