Extemoduro – A fuego

(…)

—Tranquilo, lo resolverás.

—O no. Pero me va a llevar un rato. Te voy llamando.

—Vale. Y cuídate.

—Tú también.

Se bajó rápidamente y desapareció en el portal, sin pararse más que lo imprescindible para despedirse con la mano. Los dos habíamos aprendido, hacía algunos años ya, que así era mejor. El corazón siempre te acecha para darte donde más duele. Como bien proclama Robe Iniesta, cantante y filósofo, en una de sus letras más inspiradas, A fuego, lo mejor es no llevarlo nunca encima, por si te lo quitan.

Conduje sin prisa hasta casa, apurando la consabida melancolía de los domingos por la tarde. Apenas le dediqué media hora a la figura de plomo que en ese momento me ocupaba, un compañero benemérito de los que en 1921 hubieron de rendirse en Nador a los rebeldes de Abd el-Krim. Pintar miniaturas solía servir para relajarme, pero esta vez me costó disfrutarlo. Me preparé una cena frugal, recogí la colada, les di tres planchazos rápidos a las camisas y me metí en la cama con el ordenador y los auriculares. Curioseé un poco por Internet para hacer tiempo, hasta que llamó Arnau. Su informe vino a confirmar las sombrías sospechas que había ido alimentando durante todo el día. La usuaria de aquel teléfono seguía sin hacerle el menor caso.

(…)

SILVA, Lorenzo. La marca del meridiano. Barcelona : Planeta, 2012.

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