Leonard Cohen – In My Secret Life

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Sin embargo, aquella tarde notaba una presión singular, que por momentos tenía un desagradable parecido con la angustia: la que me producía asomarme a aquel precipicio que, por tantas razones, era para mí la vida secreta de Robles. Todas las vidas secretas, cualquiera que sea su titular, participan de ese vértigo y de ese desasosiego, por más que el interesado intente justificarlas, o excusarlas con un cúmulo de pretextos, o apaciguarse con sus alicientes, reales o imaginarios. Al final, como bien dice esa canción de Leonard Cohen, In My Secret Life, que sólo pudo escribir alguien que sabe de lo que habla, las vidas secretas están llenas de frío y soledad. Mientras Chamorro conducía hacia el puerto donde a las cuatro y media de aquella tarde debíamos encontrarnos con el sargento Nuño, que prefería los Porsche antes que honrar sus juramentos, me acordé de aquellos versos terribles del poeta canadiense:

 

And I’d die for the truth

in my secret life.

 

Bien sabía que era así, que por la verdad uno moriría cuando vive fuera de ella. Para mi amigo, ya muerto, se acercaba la hora de la verdad. Y, me gustara o no, era yo quien tenía que sacarla a la luz.

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SILVA, Lorenzo. La marca del meridiano. Barcelona : Planeta, 2012. 

Huracán

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1 medida de ron oscuro

 1 medida de ron claro

 1 medida jugo de naranja

 1 medida de jugo de maracuyá

 1 medida de jugo de piña

 Endulzante

 Granadina

 Gotas de limón

 Rebanada de naranja

 y cereza para adornar

Mezcle todos los ingredientes en un vaso mezclador o en licuadora. Sírvalo en un vaso alto de huracán, en forma de lámpara. Adorne con la rebanada de naranja y la cereza.
El coctel huracán fue inventado durante la segunda guerra mundial en el bar Pat O’Briens en Nueva Orleáns. El nombre nació cuando la mezcla se sirvió en una lámpara huracán —parecida a un quinqué— de un gran candelabro típico de esos lugares. El bar sigue abierto hoy en día y presume de que solo su receta es la original. Cada noche tocan When the saints come marching in.
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Patibularias

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—Quiero decir, ¿es posible que alguno de ellos se moviera después del disparo, con convulsiones o algo parecido?

El médico se colocó las gafas, comprobó que las tenía bien puestas y se las volvió a quitar.

—No.

—He leído que durante la Revolución francesa, antes de la guillotina, cuando todavía decapitaban a la gente manualmente, los condenados a muerte eran informados de que a veces el verdugo fallaba y, si eran capaces de levantarse y bajar del patíbulo, quedarían en libertad. Se dice que unos cuantos lograron levantarse sin cabeza y pudieron dar varios pasos antes de desplomarse en el suelo, para gran regocijo del público, claro está. Si no recuerdo mal, un científico explicó que el cerebro puede preprogramarse hasta cierto punto y los músculos pueden seguir trabajando un buen rato si el corazón ha recibido grandes cantidades de adrenalina justo antes del momento de la decapitación. Al parecer, es lo que les ocurre a las gallinas cuando se les corta la cabeza.

El forense sonrió con sorna.

—Muy gracioso, inspector. Pero me temo que se trata de leyendas urbanas.

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NESBO, Jo. Cucarachas. Barcelona : Penguin Random House, 2015

playmobil executioner

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de William Clifford

Croquetas de Seitán

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Nunca sabría exactamente por qué lo hizo, pero, esa tarde, Monroy se presentó en la librería de Gloria con una americana de hilo en color crudo y una invitación para cenar. Gloria, sorprendida, no supo decirle que no.

Eligieron un restaurante vegetariano, bastante tranquilo, de la zona de Vegueta. Allí, ante unas setas a la plancha y unas croquetas de seitán, Gloria decidió preguntarle a qué se debía todo aquello.

—Nada —respondió Monroy—. Pensé que nunca habíamos hecho esto.

—¿Qué? ¿Cenar?

—Nunca te había ido a buscar a la salida del trabajo. Nunca te había invitado a cenar en un restaurante.

Gloria sonrió. Tomó un sorbo de vino blanco y le miró por encima de las gafas.

—Ten cuidado, Eladio Monroy. Corres el riesgo de convertirte en una persona normal.

—Siempre he sido normal.

—Sí. Normal como un gato con seis patas.

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RAVELO, Eladio: Tres funerales para Eladio Monroy. Las Palmas : Anroat, 2006

 

 

Creedence Clearwater Revival – Bad Moon Rising

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El cuerpo me pedía una copa a gritos: cuatro dedos de Jim Beam a palo seco, con una cerveza Jax de barril bien fría al lado, un chute ámbar y dorado que podía iluminarme el alma durante horas e incluso fingir que el serpentario estaba cerrado para siempre. A ambos lados de la carretera había canales y bayous, bahías barridas por el viento, islas de sauces y cipreses grises que parecían iluminarse a la luz de la luna. Entre el ruido del viento, el ronroneo del motor y las ruedas de la camioneta, pensé que oía a John Fogerty cantando:

No vengas esta noche,

te puede costar la vida,

está saliendo una mala luna.

Oigo soplar huracanes,

sé que se acerca el fin.

Noto como se desborda el río,

oigo la voz de la furia y la ruina.

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BURKE, James Lee. Los prisioneros del cielo. Barcelona : RBA, 2013

Papamóvil

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—Hace tiempo que no te veía, Sean —me dijo el padre O’Hare muy expresivamente, aunque quizás con un toque admonitorio. Y si existía ese toque, no me gustaba un carajo.

—Gran error, padre —dije.

—¿Qué?

—No se puede ser cura y llevar un BMW. Es totalmente inadecuado.

—Sean, estoy seguro de que ya sabes que eso que llaman el papamóvil lo fabrica la BMW.

—El Santo Padre sobrevivió a un intento de asesinato por intervención directa de Nuestra Señora de Fátima y por tanto puede hacer lo que le dé la gana en cuestión de vehículos; pero con el debido respeto, padre, usted todavía no ha llegado ahí.

(…)

McKINTY, Adrian. Oigo sirenas en la calle. Madrid : Alianza, 2013.

El PapaMóvil

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Félix Bernet