Rolling Stones – Happy

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–La compañía de discos se llama Dominate –señaló Machin echando un vistazo a la contraportada–. Tiene que ser uno de los grupos que produjo Dickie Eton. –A Vince le sonaba ese nombre–. Eton vive aquí. –Machin chascó los dedos intentando recordar algo–. ¿Cómo se llama ese cantante, el tío de la boca tan grande?

Vince se encogió de hombros como queriendo decir: «Y yo qué coño sé», y soltó:

–¿Nat King Cole?

–No, hombre, esos que son como los Beatles…

–¿Los Rolling Stones?

–Sí, esos. Oí que querían a Eton de mánager y productor de todos sus discos. Eton pasó de ellos. Y yo creo que hizo bien, porque no llegarán muy lejos.

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MILLER, Danny. Besos para los malditos. Madrid : Siruela, 2015

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Tom Collins

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2 oz de ginebra

 Jugo de limón

 Agua mineral

 1 cucharadita de azúcar refinada

 1 cereza

 1 rebanada de naranja

Puede mezclar en el momento los limones y el azúcar para formar un jarabe, o usar alguno prefabricado. Se trata de la simple unión del gin, agua y el jarabe dulce. Adórnelo al ritmo de Julie London.
Se dice que el nombre viene de Old Tom, una ginebra de principios del siglo XX, mucho más dulce que la actual. Según otra versión, es el nombre del inventor el que le da su título, un emigrante irlandés que trabajó de cantinero en Nueva Jersey. La bebida fue creada para sus amigos un arduo y caluroso día. Algo que los levantara y refrescara. La bebida se volvió tan famosa que incluso el vaso largo y alto fue llamado así. La bandera con la que navega en el mundo es una rodaja de naranja y su cereza.
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Deep Purple – Speed King

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 Harry entró en el apartamento. Le dio al interruptor y comprobó que aún no le habían cortado la luz. Se quitó el abrigo, entró en el salón, puso a Deep Purple, su grupo favorito en la categoría «involuntariamente cómico pero fenomenal de todos modos». «Speed King», con Ian Paice a la batería. Se sentó en el sofá y se presionó las sienes con las yemas de los dedos. Los sabuesos tiraban de las cadenas. Aullaban, gruñían, mordían; le clavaban los dientes y le despedazaban las entrañas. Si los dejaba sueltos esta vez, no habría vuelta atrás. Esta vez no. Antes siempre tenía alguna razón lo bastante buena para parar una vez más. Rakel, Oleg, el trabajo, incluso su padre. Ya no le quedaba ninguna de esas razones. No podía suceder. El alcohol, no. Así que necesitaba una euforia sustituta. Una euforia que sí pudiera controlar. Gracias, Kaja. ¿Si se avergonzaba? Por supuesto que se avergonzaba. Pero el orgullo era un lujo que uno no siempre podía permitirse.

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NESBO, Jo. El leopardo. Barcelona : Random House, 2014

Contio

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El quinto y último día que Lépido fue interrex, un triunvirato de tribunos radicales convocó un contio en el Foro. Asistimos Eco y yo. Un contio es una asamblea pública al aire libre. Aunque puede dar la impresión de informalidad, es una función del Estado y se rige por unas normas específicas. Sólo personas muy determinadas pueden hablar en un contio, que debe tratar de un asunto concreto. Lo más importante es que sólo determinados funcionarios pueden celebrarlo. Los cónsules pueden hacerlo, por ejemplo. Y también los tribunos. Roma no tenía cónsules por entonces. Pero contaba con diez tribunos, como era costumbre. Algunos se mantenían muy ocupados.

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SAYLOR, Steven. Asesinato en la Vía Apia. Booket, 2007

 La imagen es de Wikipedia Commons

Bebe – Siempre me quedará

 

 

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Rompiendo el silencio que habían creado sus últimas palabras, una melodía brotó de repente de algún lugar de la ropa de Kate McCrane. Me sonaba, y la reconocí cuando escuché la letra de la canción:

Siempre me quedará

la voz suave del mar,

volver a respirar,

la lluvia que caerá…

Kate echó mano al bolsillo de la pernera a la que no llevaba adosada la pistola, lo desabrochó con dedos nerviosos y extrajo un iPhone último modelo, que acalló sin mirarlo, mientras se disculpaba:

—Perdonen, se me olvidó silenciarlo. La costumbre. Aquí hay que estar con todas las comunicaciones abiertas, por si acaso.

 

SILVA, Lorenzo. Donde los escorpiones. Barcelona : Destino, 2016

Arroz con puerros

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—¿Que ya no verás más la tele, dices? Bah. Mi madre siempre dice que los grandes milagros sólo duran tres días —bromea Fanis.

—Escucha, hijo mío —le replica Adrianí—. Todo eso que dicen, eso de que el país está iniciando una nueva etapa de su historia, ¿sabes?, son paparruchas, simples paparruchas. Aquí lo único que pasa es que estamos volviendo a los años cincuenta. Y en los cincuenta, como no había televisión, escuchábamos la radio. Y punto.

Ha preparado arroz con puerros, con el ineludible plato de queso feta, y pimientos rojos asados. Incluso en esta época de economía de subsistencia, mi ahorrativa mujer consigue poner dos platos en la mesa.

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MARKARIS, Petros. Pan, educación, libertad. Tusquets, 2013

 

Y como no he encontrado una receta específica como la de Adrianí, os dejo la receta de elcocinerocontirantes de Arroz con puerro y calabacín.

Joni Mitchell – River

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–Repite lo que recitó June Habersaat frente a su casa, Assad.

Assad hojeó el bloc de notas.

–No lo escribí en el momento, pero creo que era algo como: «Me gustaría tener un río por el que poder escapar patinando. Pero aquí no nieva, todo está siempre verde».

Dirigió a Hardy una mirada inquisitiva.

–Es algo así, ¿no?

El rostro de Hardy reaccionó. –Es casi correcto –confirmó–. Solo conozco el texto original, es de Joni Mitchell. Carl lo miró boquiabierto.

–¿Lo conoces?

–Mika, ven a ayudarme, ¿quieres? –pidió Hardy.

Morten se separó con desgana de su musculoso novio. El grupo estaba reunido, y la antigua mamma de la casa volvía a estar contenta.

–¿Cuál era el título, Hardy? –preguntó Mika.

–La canción se llamaba River. La puedes encontrar en la lista de reproducción del iPod. Colócalo de forma que podamos oír todos.

Carl buscó en la red, mientras Mika hojeaba las listas de reproducción, con varios miles de canciones.

–Aquí está –dijo Mika después de buscar un rato–. Joni Mit-Mitchell, River, 1970.

–Sí, esa es –dijo Hardy–. Tiene un comienzo curioso.

Pasaron unos segundos, y se oyeron los primeros compases de Dulce Navidad, con un toque de jazz, algo diferente, pero era Dulce Navidad.

Carl y Assad escucharon con atención. Cuando llegaron a la parte que les interesaba, Assad levantó el pulgar.

Oh, I wish I had a river I could skate away on…

La voz era quebradiza, y el acompañamiento al piano, melancólico. Cuatro minutos de añoranza y carencia.

Carl asintió para sí. Seguro que no era ninguna casualidad que Hardy conociera la canción.

–Mira en alguna web donde analizan canciones, Carl. Lo hacen en muchos foros –propuso Hardy.

Carl escribió el título y miró los vínculos. Con el quinto dio en el blanco.

Leyó lo que ponía.

«Joni Mitchell es canadiense, pero se mudó a California para hacerse hippy y continuar su carrera musical. La canción River habla de pasar las Navidades lejos de casa, en un lugar extraño con gente extraña, sin nieve ni patinaje sobre hielo. La canción, en suma, habla de desear poder dejar detrás todo lo actual para volver a días más sencillos e inocentes.»

Se miraron, hasta que Hardy rompió el silencio.

–Tiene una buena voz, y la canción dice mucho, a mí me va directa al corazón cuando la oigo, espero que lo comprendáis. No sé qué puede significar en este caso, porque no conozco a June Habersaat. ¿De qué habíais hablado antes de que la recitara?

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ADLER-OLSEN, Jussi. Sin límites. Barcelona : Maeva, 2016