Quique González – Daiquiri Blues

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El puzle estaba acabado. Laguna & Campbell elaboró los expedientes. Se los entregó a Madrid Seas. Ramón Ribeyro, en el momento oportuno, comenzaría a recibir y publicar el chorro de informaciones confidenciales. Pero había dos copias más: la de Luisito, durmiente en un banco, y la fotocopiada por Marsé, muy probablemente en manos de Adriana, si es que no la había vendido ya. Al colocar todas las piezas, le pareció que tenía un protagonismo excesivo: Madrid Seas le había tirado los tejos, Luisito también le tendía la mano, y Adriana, Adriana dentro de nada aterrizaría en Madrid. Un imán.

«Lo habías entendido mal, otra vez. Creías que podía ser de verdad, lo estabas empezando a creer», cantaba Quique González, cuando Nerea entró en el pub. Despacio, armada con tacones y carmín. Joven. Invencible.

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PÉREZ, Leandro. Las cuatro torres. Planeta, 2014

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Manhattan

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2 oz de whisky

½ oz de vermut dulce

Cereza maraschino

Hielo

 Mezcle las bebidas con el hielo en el vaso mezclador, agitándolo para escarchar. Sirva en una copa de coctel. Adorne con la cereza. Bébalo oyendo I’d Like to Hate Myself in the Morning de Shirley Bassey.

 El Manhattan fue elaborado por primera vez a finales del siglo XIX, cuando la famosa fiestera Jenny Jerome pidió que le sirvieran al gobernador de Nueva York, Samuel J. Tilden, una bebida especial. Esto, en medio de una alborotada fiesta en el Manhattan Club. El coctel se volvió famoso en Wall Street, Broadway y el Hollywood de los años dorados.

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HAGHENBECK, F.G. Trago amargo. Roca editorial, 2009

George Michael – I’m Never Gonna Dance Again

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—¿Qué ha pasado con tu taxista? —preguntó Katrine.

—¿Øystein? Le han echado.

—¿Por tu culpa?

—Para nada. Fue el dueño del taxi. Hubo un incidente.

Katrine asintió. Se acordó de Øystein Eikeland, un saco de huesos con el pelo largo y dientes de yonqui, voz de borracho aficionado al whisky y pinta de tener setenta años, pero que era amigo de la infancia de Harry. Uno de los dos que tenía, según él. El otro se llamaba Tresko y era, si cabe, un tipo más raro todavía. Un oficinista gordo y desagradable que por las noches se transformaba en un Mr. Hyde del póquer.

—¿Qué pasó? —preguntó Katrine.

—Mmm… ¿Quieres saberlo? —La verdad es que no, pero suéltalo.

—Øystein no soporta la zampoña.

—No, claro. Ni él ni nadie.

—Así que le sale una carrera larga, a Trondheim, con un tipo que solo puede viajar en taxi porque le tiene pavor al avión y al tren. Resulta que el tipo también tiene problemas para controlar su ira, y lleva con él un cedé de versiones de viejos éxitos pop interpretados con zampoña que debe escuchar mientras hace ejercicios respiratorios para no perder los nervios. Y en medio de la noche, en la meseta de Dovre, cuando suena por sexta vez la versión en zampoña de «I’m Never Gonna Dance Again», Øystein saca el cedé, abre la ventanilla y lo tira. Estalla una trifulca.

—Me encanta la palabra «trifulca». Y esa canción ya era bastante horrible cuando la cantaba George Michael.

—Al final Øystein consigue echar al tío del coche de una patada.

—¿En marcha?

—No, pero sí en medio de la meseta de Dovre, en plena noche, a veinte kilómetros de la casa más cercana. Øystein alegó en su defensa que estaban en julio, que no habían anunciado lluvias y que era imposible que el tipo también le tuviera fobia a caminar.

Katrine se rió con ganas.

—¿Y ahora está en el paro? Deberías contratarle como chófer particular.

—Intenté encontrarle un trabajo, pero Øystein está, por citar sus propias palabras, diseñado para el paro.

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NESBO, Jo. La sed. Reservoir books, 2017

 

Txatxingorri

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—¿La violó?

—Diría que no, aunque no puedo estar seguro hasta que la examine más a fondo. La puesta en escena tiene un marcado aspecto sexual… Rasgar la ropa, dejar el pecho al aire, rasurar el pubis… Y lo del pastelillo… Parece una mantecada, o…

—Es un txatxingorri —intervino Amaia—. Es un pastel típico de esta zona, aunque éste es más pequeño que los que suelo ver. Pero es un txatxingorri, sin duda. Manteca, harina, huevos, azúcar, levadura y chicharrones fritos para hacer una torta, una receta ancestral. Jonan, que lo metan en una bolsa y, por favor —dijo Amaia dirigiéndose a todos—, lo del pastel que no salga de aquí, de momento esta información es reservada.

Todos asintieron.

—Aquí ya hemos terminado. San Martín, es suya.

Nos vemos en Medicina Legal.

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REDONDO, Dolores. El guardián invisible. Destino, 2013

Txatxingorri

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Ana

Psycho-Chor Jena – Only You

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Había una escalerilla de mano ominosamente ubicada bajo el aplique de luz de la cocina. Un lugar ideal para una cuerda en la que ahorcarse. La plegué y la coloqué en el espacio que había debajo de las escaleras.

—¿Cuántos freudianos hacen falta para meterla en una bombilla? —le pregunté a Jimmy para aligerar el ánimo.

—No lo sé —dijo.

—Dos. Uno para cambiar la bombilla, el otro para sostener el pene… Quiero decir, la escalerilla. —Jimmy no lo entendió. —Creo que ya está todo —dije.

Volvimos al Land Rover y nos metimos en el vehículo. Llegamos justo a tiempo para oír que en el programa Chart Show anunciaban el número uno navideño de 1983. Era «Only You» de Vince Clark, en una versión a cargo de un tedioso grupo vocal a capela.

—Últimamente me desconcierta el gusto musical de este país —dije.

Jimmy me dedicó su sonrisa de veinticuatro años y no respondió.

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McKINTY, Adrian. Por la mañana me habré ido. Alianza, 2016

Loretta Lynn – Coal Miner’s Daughter

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—Todavía tienes un poco de sangre en la cara —me dijo.

Mientras me miraba en el retrovisor, su meñique me tocó la mandíbula.

—Justo aquí —señaló.

Me la limpié con un poco de saliva. Di la vuelta a la cinta del radiocasete y empezó a sonar Loretta Lynn y el punto de la barbilla en que ella me había tocado palpitó con una ligera sensación de calidez. Intenté que siguiera hablando porque así sería más fácil lidiar con ella y yo no quería que se dejase arrastrar por la conmoción de lo ocurrido. O tal vez sólo quisiera escuchar una voz. Apenas empezaba a asimilar todo lo que había ocurrido, así que es perfectamente posible que necesitara que alguien me hablase.

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PIZZOLATTO, Nic. Galveston. Salamandra, 2014

Heisenberg

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 Dos cosas. La primera: ¿alguna vez has oído hablar de Heisenberg?

—¿El científico? Sí —respondió sorprendiendo al detective—. Un poco. Un tipo curioso: la incertidumbre y todo eso de que no podemos estar seguros de lo que vemos. Para alguien dedicado a la ciencia debía de ser muy frustrante comprobar que después de tanto trabajo y tanta investigación no llegaba a ninguna certeza.

—Para alguien dedicado a la ciencia… o a cualquier otra tarea —dijo Cupido.

—¿Por qué me lo preguntas?

—Nunca lo había oído mencionar, pero anoche me hablaron de él. Heisenberg llegó a la conclusión de que los átomos se comportan de distinta forma cuando los iluminan en un laboratorio que cuando están en la sombra y nadie los observa.

—Como nosotros —murmuró el Alkalino.

—¿Sabes que era el científico que menos hacía el amor de todos los científicos?

—¿Bromeas?

—Cuando encontraba el momento no encontraba la posición, y cuando encontraba la posición no tenía energía. Esperando la continuación, el Alkalino esbozó una sonrisa que el dolor detuvo.

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FUENTES, Eugenio. Mistralia. Tusquets, 2015