Mojito

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2-3 oz de ron

1 limón

2 cucharadas de azúcar

2-4 hojas de hierbabuena

Agua mineral

Aplaste las hojas para que suelten sus sabores. Agregue azúcar, el jugo de un limón, revuelva hasta oler la menta. Sírvalo en vaso jaibolero con ron, hielos y llene con agua mineral.

A principios del siglo XX el mojito apareció en la playa de Marianao, un lugar de descanso popular en Cuba. Pero esta bebida se volvió famosa cuando el señor Martínez abrió La Bodeguita del Medio. Ernest Hemingway descubrió los mojitos en el famoso restaurante en sus años en La Habana, donde se quedó a vivir después de la Revolución solo para poder saborearlos. La bebida atrajo a famosos como Brigitte Bardot, Pablo Neruda, Nat King Cole y Errol Flynn, quienes la disfrutaban con Maracaibo.

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HAGHENBECK, F.G. Trago amargo. Roca editorial, 2009

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Mika – Relax, Take It Easy

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—Pero ¿por qué no lo pilló usted personalmente?

—No quería convertirme en cazapolicías. Tengo que dar buena imagen.

—Pero no le importa la que dé yo.

—Pues mucho menos —contestó el director sin apurarse ni un poquito—. Por cierto, Capestan, he recibido una multa del brigadier Lewitz, noventa por hora en casco urbano…

—… Sí, sería un detallazo que hiciera la vista gorda, ya casi no le quedan puntos…

—… ¿Exceso de velocidad con una motocaca?

—Las motocacas ya no existen, era una barredora.

La cháchara de Rosière y Merlot, tan animada como de costumbre, les llegó por encima de las notas de «Relax», de Mika:

—… por lo que se refiere al planeta, a los animales, a todo lo que se te ocurra, siempre compro productos bio, con el sello de calidad Label Rouge y…

—Todo eso es carísimo, ahora bien…

—Pues, precisamente, ocupo el lugar que me corresponde. Si incluso los ricos compran guarrerías, ¡no podremos quejarnos de que no se produzca otra cosa!

—¡Cierto! No obstante…

—En esta sociedad, cada vez que pagas algo estás votando. ¡A las urnas que les den, lo que cuenta es el carrito del súper! Y ya que estamos… —dijo Rosière alargando la copa.

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HÉNAFF, Sophie , La brigada de Anne Capestan. Alfaguara, 2016.

 

Misericordia

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El trullo, en realidad, te enseña pocas cosas: a mentir convincentemente, a mantener la boca cerrada, a cubrirte lo mejor posible cuando no tienes posibilidad de ganar una pelea y a hacer tu maleta en cinco minutos. Esta vez tardé diez. Metí lo indispensable en el bolso de viaje. Para el final dejé el transistor, el libro de Hirschberger, el libro que estoy leyendo en estos días (una novela de Samuel Beckett que me gustaría poder terminar) y el ejemplar de Misericordia que Candi había leído. Ese libro había estado en sus manos. Sería el único recuerdo suyo que me llevara, ahora que me había duchado y el chorro se había llevado al desagüe su sudor y su saliva.

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RAVELO, Alexis. La última tumba. Edaf, 2013

The Lass of Richmod Hill

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Amanece a las cuatro y arrían los botes de nuevo. Sumner va en el sexto con Cavendish, el camarero, el grumete y algunos de los falsos enfermos más persistentes. Hace dieciocho grados bajo cero, sopla una ligera brisa y el mar tiene el color y la consistencia del lodo de Londres. Sumner, que teme las lesiones por congelación, lleva su gorra de punto y una bufanda tejida. Sujeta un rifle entre las rodillas. Tras remar hacia el sureste media hora, divisan un trecho oscuro de focas a media distancia. Dejan el bote anclado en el hielo y desembarcan. Abre la marcha Cavendish, silbando The Lass of Richmond Hill, y los demás le siguen en una fila india algo desordenada. Cuando llegan a sesenta metros de las focas, se dispersan y empiezan a disparar. Matan tres focas adultas y acaban a golpes con seis crías, pero el resto del grupo escapa indemne. Cavendish escupe y vuelve a cargar su rifle; trepa hasta lo alto de una cresta de presión y otea el panorama.

—Por allí —grita a los demás,

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McGUIRE, Ian. La sangre helada. Roca editorial, 2016

Omega Seamaster

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El secretario general se miró el reloj. Mikael se fijó en que era un Omega Seamaster, poco práctico por lo mucho que pesaba. Te convierte en víctima de atraco en cualquier ciudad del tercer mundo. Si te lo dejas quitado más de veinticuatro horas se para, y luego hay que darle vueltas y más vueltas al botoncito para ponerlo en hora, pero si te olvidas de apretar el botoncito hacia dentro y luego te tiras de cabeza a tu piscina, el reloj se estropea y la reparación cuesta lo mismo que cuatro relojes de calidad nuevos. En definitiva: tenía que hacerse con uno fuera como fuese.

—Pero, como hemos dicho, estamos valorando a varios candidatos. Ser ministro de Justicia es un cargo de mucho peso, y no voy a ocultar que el camino es un poco más largo para alguien que no ha hecho carrera política.

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NESBO, Jo. La sed. Reservoir books, 2017

La Imagen, con licencia Creative Commons es de Wikimedia Commons

Burning – ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?

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Jandro, relajado, feliz, conducía con la música a todo volumen. Seguía escuchando a los mismos grupos que en los ochenta. «¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?, ¿qué clase de aventura has venido a buscar?», cantaban los Burning. De repente un taxista cambió de carril sin anunciarlo con el intermitente y Jandro tuvo que pegar un frenazo. Apagó la música y se concentró en el volante. No había bebido lo suficiente para emborracharse, pero pensó que si los paraban en un control de alcoholemia podía meter a su compadre en problemas. De repente le preguntó a Torca:

—Oye, ¿y tú qué hacías en un sitio como Burgos?

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PÉREZ, Leandro. Las cuatro torres. Planeta, 2014

Tortellini a la marinera

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—No te preocupes, Uli te ayudará. Es un experto en cocina italiana —añade Maña.

—¿Cómo un alemán puede ser experto en comida italiana? —le pregunta Adrianí.

Uli se echa a reír.

—En los restaurantes alemanes la cocina cierra a las diez, Adrianí —explica—. Los que quieren cenar más tarde, van a un griego o un italiano. Mis amigos y yo cenábamos siempre tarde, así que íbamos a menudo a restaurantes italianos. Así aprendí.

—Por eso se adaptó tan fácilmente a las costumbres griegas. Porque ya había aprendido a cenar tarde en Alemania —dice Maña—. Cuando vienen a visitarnos sus padres, nos quieren sentar a la mesa a las siete de la tarde. Un día les dije que, en Grecia, ni en los hospitales te dan de cenar a las siete.

—Pida tortellini a la marinera —me sugiere Uli—. Es un plato muy sabroso.

Acepto la sugerencia al tiempo que me santiguo mentalmente. Espero que esta cosa se pueda comer, porque, si no, me veré obligado a tragar hasta el último bocado para no ofenderlo. Mis temores demuestran carecer de fundamento, porque el plato está delicioso y, acompañado de las dos ensaladas que han pedido Katerina y Fanis para compartir, la cena es un auténtico manjar. Pienso que la salida de esta noche será la guinda del pastel y mañana volveré a encontrarme fatal.

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MÁRKARIS, Petros. Offshore. Tusquets, 2017