Madonna – Papa Don’t Preach

(…)

-¿Qué más, Rose? -preguntó Carl-. Vamos, dilo.

-No sabes mucho de Madonna, ¿verdad, Carl? -fue lo único que dijo.

La observó, cansado. Para ojos como los de Rose, que llevaban en este mundo bastante menos que él, parecía que en cuanto cumplías los treinta te quedabas estancado, y si cumplías cuarenta, entonces nunca habías sido joven. ¿Cómo iban a catalogarte aquellos ojos cuando cumplieras cincuenta, sesenta e incluso más?

Se alzó de hombros. A pesar de su edad, sabía bastantes cosas de Madonna, por supuesto. Pero Rose no tenía por qué saber que una de sus novias lo había vuelto loco con «A Material Girl», o que Vigga había bailado desnuda ante él sobre el edredón mientras, con eróticas sacudidas de cadera, vociferaba Papa don’t preach, I’m in trouble deep. Papa don’t preach, I’ve been losing sleep. No era una visión que quisiera desvelar a nadie.

-Bueeeno, un poco, sí -informó-. En los últimos tiempos le ha dado por la religión, ¿no?

(…)

ADLER-OLSEN, Jussi. Expediente 64. Maeva, 2013

Anuncios

Lolita

(…)

1 cerveza

1 parte de ginebra

Jugo de limón

Hielo

 Mezcle las partes, sírvalo en un vaso alto con hielo, adornado con limón amarillo.

 Lolita es la famosa novela de Nabokov sobre la relación de una ninfa adolescente y su padrastro, a quien arrastra a un infierno interno y es señalado por la sociedad. No es una historia puritana, más bien una alegoría sobre los deseos reprimidos. La película que realizó Kubrik en 1961 fue tan comentada y criticada como nunca otra lo había sido.

Este coctel fue creado en un bar del sur de Francia por unos marineros. Tal vez el nombre se debe más a la imagen de Sue Lyon en bikini que estaba en ese bar, cuyos comensales habituales no leen a Nabokov.

(…)

HAGHENBECK, F.G. Trago amargo. Roca editorial, 2009

Joaquín Sabina – 19 días y 500 noches

(…)

A Álvarez nada le quitaba el apetito. No ya un cadáver sin nombre, ni siquiera una plaga de cadáveres anónimos hubiera impedido que el inspector diese cuenta de su potaje de acelgas y de sus carajacas como estaba mandado. Igual que si estuviera en el pabellón de la muerte y aquélla fuera su última comida. Mientras, en la radio sonaba la voz aguardentosa de Sabina, lo nuestro duró lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks, y a mí me vino un regusto de melancolía. Pensé en Juliette Legrand, una viola canadiense que había aparecido en y desaparecido de mi vida de una sola tacada. Cuando se marchó ella (la última vez que la vi me miraba desde detrás de la ventana de un coche patrulla, una lágrima de agradecimiento o de rabia o de ambas cosas juntas le corría por la mejilla), mi vida entró en una suerte de modorra lánguida de la que, precisamente, había venido a despertarme Álvarez con la noticia de la sirena varada.

(…)

CORREA, José Luis. Un rastro de sirena. Alba, 2010

 

 

Mercado de invierno

(…)

Cuando la gente del mundo del fútbol profesional habla de lo bonito que es este deporte, normalmente no contempla las vacaciones navideñas. Y siempre que recuerdo esa historia de la revista Boy’s Own sobre un partido de fútbol amistoso disputado en tierra de nadie durante la Primera Guerra Mundial por soldados británicos y alemanes, pienso para mis adentros: «Sí, ya, quisiera yo verlos con un portero en baja forma y alineando a un centrocampista gilipollas y holgazán que espera fichar por otro club para duplicar su ficha ya de por sí astronómica en el mercado de invierno». El mercado de invierno es el periodo de cuatro semanas durante el cual la FIFA autoriza a los clubes europeos a fichar a un nuevo jugador a mitad de temporada. Francamente, la idea me parece una estupidez —lo cual es típico de la FIFA—, porque fomenta una mentalidad de mercadillo en el que los clubes intentan desprenderse de los trastos inútiles para pagar barbaridades por una estrella de turno que pueda brindarles la posibilidad de ganar algo o, simplemente, de permanecer en la categoría.

(…)

KERR, Philip. Mercado de Invierno. Barcelona : RBA, 2015

Gewürze Ägyptischer Bazar

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Martin Fisch

Ian Hunter – All the Young Dudes

(…)

Mehmet Kalak había dado descanso a Coldplay y U2 y estaba probando a Ian Hunter con la clientela. Los altavoces atronaban con «All the Young Dudes».

—¿Qué te parece? —preguntó Mehmet.

—No está mal, pero molaba más por David Bowie —respondió la clientela.

Mejor dicho, Øystein Eikeland, que se había colocado al otro lado de la barra ya que su trabajo había terminado. Y, en vista de que tenían el bar para ellos solos, Mehmet subió el volumen.

—¡Por muy alto que pongas a Hunter! —gritó Øystein levantando su daiquiri.

Era el quinto. Opinaba que, puesto que lo había preparado él mismo y por tanto debía considerarse parte de su aprendizaje como encargado de bar, eran gastos de formación y por tanto deducibles en la declaración de la renta. Y dado que como empleado le hacían precio especial, pero pensaba presentar el gasto por la cantidad del precio de venta al público, en realidad ganaba dinero con las consumiciones.

(…)

NESBO, Jo. La sed. Reservoir books, 2017

 

Pastel de Kabratxo

(…)

Tardamos en pedir la cena. Se nos fue el tiempo en celebrar lo hermosa que estaba la playa, el fresco de la noche, el sosiego, la suerte que teníamos de vivir en una ciudad como la nuestra. Parecíamos franceses de tanto chovinismo. El pobre camarero se acercó hasta dos veces a tomarnos nota. Al final nos dio apuro por él: abandonamos nuestra conversación por un instante y nos centramos en la carta. Para que el hombre nos perdonara el abandono, lo tentamos a que nos recomendara un par de platos. Eso. Nos poníamos en sus manos expertas. El camarero debía de estar acostumbrado a esa batalla porque traía bajo el brazo su propuesta aprendida, Entonces será una ensalada de arenque con frutos secos, un lenguado a la meunière a compartir y un pastel de cabracho que está para chuparse los dedos. Nos rendimos ante su convicción. Y, cuando se hubo perdido dentro del restaurante, Beatriz sonrió con malicia, ¿Ves?; al final vamos a cenar lo mismo que yo pensaba cocinarte; sólo que aquí lo pintan en colores.

(…)

CORREA, José Luis. Nuestra Señora de la Luna. Alba, 2012

 

Blind Willie Johnson – Tear This Building Down

(…)

Nos quedamos de pie unos segundos y giré para marcharme.

—De todas maneras, no te diremos dónde está Dermot —dijo Fiona.

—Lo sé. Esto no es por eso.

—¿Y por qué es?

—Por los viejos tiempos.

Bajé las escaleras, subí al BMW y encendí las luces. La lluvia caía con más fuerza que nunca, así que puse al máximo los limpiaparabrisas y el desempañador. Atravesé el Shantallow. Estaban llegando unos coches de bomberos del Waterside para apagar el incendio de la tienda de Poppy Devlin pero, como era habitual, se había reunido una multitud para contemplar embobados las llamaradas y arrojar botellas de leche y piedras a los bomberos impidiéndoles acercarse. Rebusqué en la caja de casetes y saqué la cinta de Blind Willie Johnson. Apreté el avance rápido hasta que llegué a la pista cuatro, «Tear This Building Down», «Demoler este edificio». La guitarra emitió sus rasgueos y Blind Willie Johnson gruñó la letra: «Bien, si pudiera hacer lo que quiero, Señor, en este mundo malvado, Señor. Si pudiera hacer lo que quiero, Señor, demolería este edificio…».

Por fin dejó de llover y mantuve una buena velocidad durante el viaje hacia el sur. Cuando llegué a Carrickfergus, no eran más de las diez de la noche, pero estaba tan cansado que me acosté de inmediato y, por una vez, dormí el sueño de los justos.

(…)

McKINTY, Adrian. Por la mañana me habré ido. Alianza, 2016