Espaguetis “Eladio Monroy”

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Gloria rebañó el plato y pidió más. Cuando Monroy hacía aquellos espaguetis, ella siempre quería más. La receta, que alguien le había soplado y él había ido perfeccionando a lo largo de los años, carecía de credenciales, no figuraba en la carta de restaurante alguno y ni siquiera tenía nombre oficial, pero el resultado era una delicia. El antiguo jefe de máquinas solía comenzar por hacer un sofrito de cebolla, ajo, beicon, berenjenas y setas, todo cortado en trozos muy pequeños y cocinado a fuego muy lento, para que se pochara sin quemarse. Después subía el fuego y, cuando rompía a hervir, añadía un lingotazo de vino blanco y media taza de caldo. Solo cuando se había reducido agregaba un generoso chorro de aceto balsámico y permitía que la salsa volviera a reducirse antes de apagar el fuego y espolvorearla con unas hojas de estragón. Servida sobre la pasta recién hecha, en la cual se había dejado derretir previamente un poco de mantequilla, constituía todo un manjar del cual era imposible consumir únicamente una ración. Si, además, se lo acompañaba de un vino blanco muy frío, como el Barbadillo que había tenido la precaución de meter en la nevera nada más llegar a casa, el resultado era irresistible.

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RAVELO, Alexis. Morir despacio. Anroart, 2012.

Y como es imposible encontrar la receta en ningún sitio, he pensado que lo mejor podría ser acompañarla con una imagen del padre del personaje que es, a fin de cuentas, el que se encarga realmente de la “cocina”.

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Sidecar

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2 oz de brandy

1 oz de jugo de limón

1 oz de cointreau o triple sec

 

Mezcle y enfríe con hielo. Sírvase en una copa coctelera. Se puede adornar escarchándolo con azúcar. Makin Whoope, de Ella Fitzgerald, refleja su espíritu de preguerra.

El sidecar fue creado en un bar de París donde el patrón era muy popular por conducir una motocicleta con su carro adjunto. David A. Embury, famoso historiador de cocteles, opta por el mito de que el creador fue un capitán de la primera guerra mundial que deseaba beber un daikirí en un bistró francés y que al no encontrar ron lo cambió por brandy.

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HAGHENBECK, F.G. Trago amargo. Roca editorial, 2009

 

Huevos fritos

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Cuando Jareño se mostró medianamente satisfecho de mi declaración, era tarde. Llegué a mi casa a las dos de la madrugada, cansado y hambriento. Tenía unos deseos incontenibles de tumbarme en la cama y meditar acerca de la mejor manera de apearme de este planeta sin lastimarme en exceso. No la encontré, en caso contrario se la diría. Cariño me esperaba con la correa en la boca y un meneo circular de cola que indicaba bien a las claras que su felicidad dependía exclusivamente de mí. Tragué dos huevos fritos con sendas lonchas de jamón de plástico. Luego Cariño y yo nos lanzamos a la noche del Poble Sec en busca de los mejores rincones para olfatear. Ya sé que las dos de la madrugada no es la mejor hora para pasear por las calles de mi barrio, pero Cariño me sorprendió, el primer día que la saque a pasear, con una cualidad de la que yo en principio no la creí capaz. Tiene un olfato especial para detectar a la mala gente, y una forma convincente de demostrarles que no le gustan. Si nos cruzamos con algún tipo que ella cree poco recomendable, un sordo ronroneo amenazador, como de gato grande, le surge de la garganta, levanta el labio superior y deja al descubierto unos sorprendentes colmillos que sin grandes dificultades servirían de paragüero.

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GUTIÉRREZ MALUENDA, Luis. Un caniche blanco muerto. Literaturascomlibros.es, 2013

Lolita

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1 cerveza

1 parte de ginebra

Jugo de limón

Hielo

 Mezcle las partes, sírvalo en un vaso alto con hielo, adornado con limón amarillo.

 Lolita es la famosa novela de Nabokov sobre la relación de una ninfa adolescente y su padrastro, a quien arrastra a un infierno interno y es señalado por la sociedad. No es una historia puritana, más bien una alegoría sobre los deseos reprimidos. La película que realizó Kubrik en 1961 fue tan comentada y criticada como nunca otra lo había sido.

Este coctel fue creado en un bar del sur de Francia por unos marineros. Tal vez el nombre se debe más a la imagen de Sue Lyon en bikini que estaba en ese bar, cuyos comensales habituales no leen a Nabokov.

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HAGHENBECK, F.G. Trago amargo. Roca editorial, 2009

Pastel de Kabratxo

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Tardamos en pedir la cena. Se nos fue el tiempo en celebrar lo hermosa que estaba la playa, el fresco de la noche, el sosiego, la suerte que teníamos de vivir en una ciudad como la nuestra. Parecíamos franceses de tanto chovinismo. El pobre camarero se acercó hasta dos veces a tomarnos nota. Al final nos dio apuro por él: abandonamos nuestra conversación por un instante y nos centramos en la carta. Para que el hombre nos perdonara el abandono, lo tentamos a que nos recomendara un par de platos. Eso. Nos poníamos en sus manos expertas. El camarero debía de estar acostumbrado a esa batalla porque traía bajo el brazo su propuesta aprendida, Entonces será una ensalada de arenque con frutos secos, un lenguado a la meunière a compartir y un pastel de cabracho que está para chuparse los dedos. Nos rendimos ante su convicción. Y, cuando se hubo perdido dentro del restaurante, Beatriz sonrió con malicia, ¿Ves?; al final vamos a cenar lo mismo que yo pensaba cocinarte; sólo que aquí lo pintan en colores.

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CORREA, José Luis. Nuestra Señora de la Luna. Alba, 2012

 

Gibson

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6 partes de vodka

1 parte de vermut

2 cebollitas de cambray

Hielos

Mezcle las bebidas con el hielo en el vaso mezclador, agitándolo para escarchar. Sirva en una copa de coctel. Adorne con las dos cebollitas en un palillo.

En Chicago el coctel Gibson fue bautizado en los bares clandestinos de tiempos de la prohibición. El nombre viene de las características cebollitas que representan los senos de las famosas mujeres Gibson. Estas eran la personificación del ideal femenino de la época dibujado durante las dos primeras décadas del siglo Veinte por el famoso ilustrador de la revista Life, Charles Dana Gibson. Muchas modelos posaron para Gibson, como Anaïs Nin. Otro ilustrador, Harry G. Peter, tomó el modelo para realizar los cómics de Wonder Woman.

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HAGHENBECK, F.G. Trago amargo. Roca editorial, 2009

La imagen es de la Wikipedia

Pasta ‘Ncasciata

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Quizá Adelina había tenido la buena idea de celebrar solemnemente su reincorporación al servicio. El caso es que, al abrir el frigorífico, se encontró ante una decena de involtini de pez espada preparados como a él le gustaban, y dos grandes hinojos cortados y limpios, perfectos para refrescar la boca. Y había también una botella de vino. En la parte interior de la puerta había un papel donde ponía: «Mirar también en el horno.» Y él miró. ¡En el horno resplandecía una fuente de pasta ‘ncasciata! Ni siquiera con el uso de la fuerza o la seducción dejaría que Ingrid lo convenciera para ir a cenar a un restaurante, fuera cual fuese. Por si acaso, cogió otra botella de vino blanco y la metió en el frigorífico. Y en ese preciso momento recordó que no tenía ni una gota de whisky en casa.

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CAMILLERI, Andrea. La búsqueda del tesoro. Salamandra, 2013