Mandazi

(…)

—Quince pisos, arriba y abajo. No había dónde comprar comida ahí arriba, por supuesto. Se llevaba algo para comer, o compraba un mandazi en el camino de ida. Pero aquella mañana se dejó la comida encima de la mesa. No pude soportar la idea de que pasase hambre. Tenía turno de tarde. Así que, pensé, se la llevaré.

(…)

CROMPTON, Richard. La hora del Dios Rojo. Siruela, 2015

Anuncios

Daiquirí

(…)

2 oz de ron blanco

El jugo de dos limones

1 cucharadita de azúcar

10 gotas de licor de maraschino

Mezcle el ron, el azúcar y el jugo del limón con hielo en un mezclador. Si lo desea frapé, mezcle en licuadora. Sírvalo en vaso corto, adornando con una rebanada de naranja. Haga una línea de conga y baile al ritmo de Desi Arnaz su éxito Babalú.

El daiquirí es toda una familia de cocteles. Sus ingredientes primarios fueron el ron y el jugo de limón. Hay tantas versiones como sabores de frutas, pero el de fama internacional fue el que nació en uno de los bares más famosos del mundo: La Floridita en La Habana. Daiquirí es el nombre de una playa cercana a Santiago, ahí existe una mina de acero. Se dice que un ingeniero estadunidense, Jennings Cox, lo inventó con el sencillo nombre de daiquirí natural. Tomada después por Constantino Ribalaigua Vert, barman y dueño del Floridita, llegó a ser conocido el lugar como el palacio del Daiquirí. Ernest Hemingway, al probar su versión, lo apodó El grande constante. Sus inicios imperialistas tuvieron eco en los sesenta. El daiquirí era la bebida preferida por John F. Kennedy para acompañar sus comidas.

(…)

HAGHENBECK, F.G. Trago amargo. Roca editorial, 2009

Milanesa

(…)

Bebió otro trago y levantó la mirada hacia la ventana; los vidrios empañados apenas dejaban adivinar las siluetas de la gente que se apresuraba, envuelta en bufandas y sobretodos, para buscar un refugio. La llovizna congelada caía despacio, suspendida casi en el aire, descubriendo la cara helada y húmeda de un invierno que ese año se había presentado excesivamente riguroso en Buenos Aires. Eran las doce del mediodía y el bar Mickey de la calle Sarmiento, a pocos metros de Callao, se enturbiaba con el humo de los cigarrillos y las frituras de la cocina. En el sitio no cabía más que un estaño y una docena de mesas, ocupadas por hombres que se refugiaban, sin emoción alguna, de un clima que había decidido castigar al mundo. Algunos comían milanesas que desbordaban el plato, cubiertas por huevos fritos en un aceite de tan dudosa vigencia que ya ni fuerzas tenía para repartir su aroma. El lugar reproducía los mismos sonidos y los mismos gestos de todos los días; voces altas, risas, y un mozo que ordenaba nuevas milanesas mientras el lavaplatos, detrás del mostrador, se esforzaba con el agua y el jabón y lanzaba la loza a una pila que amenazaba con caerse.

(…)

BUFANO, Sergio. Una bala para el comisario Valtierra. RBA, 2012

 

 

 

Mojito

(…)

2-3 oz de ron

1 limón

2 cucharadas de azúcar

2-4 hojas de hierbabuena

Agua mineral

Aplaste las hojas para que suelten sus sabores. Agregue azúcar, el jugo de un limón, revuelva hasta oler la menta. Sírvalo en vaso jaibolero con ron, hielos y llene con agua mineral.

A principios del siglo XX el mojito apareció en la playa de Marianao, un lugar de descanso popular en Cuba. Pero esta bebida se volvió famosa cuando el señor Martínez abrió La Bodeguita del Medio. Ernest Hemingway descubrió los mojitos en el famoso restaurante en sus años en La Habana, donde se quedó a vivir después de la Revolución solo para poder saborearlos. La bebida atrajo a famosos como Brigitte Bardot, Pablo Neruda, Nat King Cole y Errol Flynn, quienes la disfrutaban con Maracaibo.

(…)

HAGHENBECK, F.G. Trago amargo. Roca editorial, 2009

Tortellini a la marinera

(…)

—No te preocupes, Uli te ayudará. Es un experto en cocina italiana —añade Maña.

—¿Cómo un alemán puede ser experto en comida italiana? —le pregunta Adrianí.

Uli se echa a reír.

—En los restaurantes alemanes la cocina cierra a las diez, Adrianí —explica—. Los que quieren cenar más tarde, van a un griego o un italiano. Mis amigos y yo cenábamos siempre tarde, así que íbamos a menudo a restaurantes italianos. Así aprendí.

—Por eso se adaptó tan fácilmente a las costumbres griegas. Porque ya había aprendido a cenar tarde en Alemania —dice Maña—. Cuando vienen a visitarnos sus padres, nos quieren sentar a la mesa a las siete de la tarde. Un día les dije que, en Grecia, ni en los hospitales te dan de cenar a las siete.

—Pida tortellini a la marinera —me sugiere Uli—. Es un plato muy sabroso.

Acepto la sugerencia al tiempo que me santiguo mentalmente. Espero que esta cosa se pueda comer, porque, si no, me veré obligado a tragar hasta el último bocado para no ofenderlo. Mis temores demuestran carecer de fundamento, porque el plato está delicioso y, acompañado de las dos ensaladas que han pedido Katerina y Fanis para compartir, la cena es un auténtico manjar. Pienso que la salida de esta noche será la guinda del pastel y mañana volveré a encontrarme fatal.

(…)

MÁRKARIS, Petros. Offshore. Tusquets, 2017

Mai tai

(…)

1 ½ oz de ron blanco

1 oz de ron oscuro

½ oz de jugo limón

1 oz de jugo de toronja

1 oz de triple sec

1 cucharadita de falernum

2 gotas de angostura

Hielo

 Mézclelo en licuadora por medio minuto. Sírvalo en un vaso old fashion adornado con una rebanada de piña y una cereza.

El mai tai es la bebida que volvió famoso al restaurante Trader Vic en Oakland, California. Aunque la fecha de su apogeo es 1944, Don the Beachcomber reclama haberlo inventado en 1933. Las dos recetas son distintas y el sabor cambia. Aun así, el mai tai es otro símbolo de la cultura Tiki. En el Trader Vic se cuenta que cuando su dueño y famoso mixólogo Victor J. Bergeron lo elaboró una tarde para unos amigos de Tahití, uno de ellos al probarlo dijo «Maitai roa!» (¡Muy bueno!). Había nacido un clásico, como el Wooly Bully de Sam the Sham & The parahons.

(…)

HAGHENBECK, F.G. Trago amargo. Roca editorial, 2009

Mayiritsa

(…)

Terminada la llamada, Adrianí vuelve a la cocina para buscar la mayiritsa y Maña la sigue con los huevos pintados y la ensalada. Mi mujer choca su huevo con el mío y me lo rompe, mientras que Uli rompe el de Maña.

—¿Qué esperabas de un alemán? —dice Maña riéndose—. Siempre tiene las de ganar.

—¿Sabéis cuál es la diferencia entre vosotros y nosotros, los alemanes, con respecto a la religión? —me pregunta Uli.

—Vete a saber. ¿Que nosotros somos ortodoxos y vosotros católicos o protestantes?

—Sois ortodoxos, efectivamente, es decir, de Oriente. Nosotros somos occidentales y nos lo tomamos todo muy en serio. En la iglesia tenemos que estar muy serios, con la cabeza inclinada, en silencio. Vosotros, por el contrario, os reís hasta cuando celebráis el entierro de Jesucristo, y también la Resurrección, por supuesto. Esto me gusta mucho. Porque inclinar la cabeza y no hablar en una celebración es de hipócritas. Vosotros, en cambio, disfrutáis de la fiesta sin tapujos.

Adrianí tiene razón, el chico se ha helenizado por completo, pienso mientras observo cómo ataca la mayiritsa.

(…)

MÁRKARIS, Petros. Offshore. Tusquets, 2017