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“Trabajito” por Ernesto Mallo

Estoy esperando. He venido a matar. En dos horas amanecerá. Estoy en mi auto. Bueno, mi auto. La calle está desierta. De los edificios comienzan a salir porteros con botas a lavar veredas. El mundo se desbarranca. Yo soy la prueba más contundente de ello. Pero las veredas mojadas y relucientes del amanecer parecen darle alguna esperanza. El hecho de que tanta gente se preocupe todavía porque las veredas estén limpias significa, de algún modo, que no todo está perdido. La higiene es importante. Espero.

El handy reposa en el asiento del acompañante. Beto lo usará para informarme que el punto ya ha dejado su BMW en el garage a la vuelta de la esquina y alertarme de que en seguida aparecerá por la calle donde estoy estacionado. Luego seguirá la ejecución de una serie de pasos muy estudiados y practicados. La cosa ya va convirtiéndose en rutina: Cuando pase junto a mi auto abriré la puerta, que ya está destrabada. Descenderé y la cerraré sin ruido gracias a las telas adhesivas que coloqué en la cerradura. Caminaré en silencio detrás de él. Me acercaré sin que me advierta (el lugar ha sido elegido teniendo en cuenta que la luz del sol no anticipe mi sombra). Colocaré el cañón de mi Ruger .22 largo justo detrás y debajo de la oreja apuntando oblicuamente hacia arriba y gatillaré. La bala .22 no es muy efectiva a larga distancia, pero a corta, dada su gran velocidad inicial, atraviesa fácilmente el hueso del cráneo, va destruyendo todo el tejido cerebral que encuentra en su camino y, por su escasa potencia, se estaciona en mitad de la masa encefálica, de donde es imposible extraerla. En 48, 72 horas máximo, de agonía inconsciente, el sujeto se muere. Limpio, rápido, sin bochinche, efectivo. Luego del disparo, la víctima ni siquiera caerá al suelo, se tambaleará como borracho durante unos momentos, generalmente cortos, pero suficientes para que Beto me alcance con su coche y me saque de allí antes de que alguien pueda darse cuenta de lo sucedido. En el viaje me quitaré la ropa sport que llevo encima del traje. A no más de veinte cuadras me bajaré, junto a un container, donde arrojaré el paquete de ropa usada. Beto desaparecerá. Yo detendré un taxi cualquiera y le indicaré el microcentro. Con mi maletín pareceré un ejecutivo de tercera línea que se dirige a su trabajo.

Miro el handy, sus luces están encendidas, en la pantalla LCD se lee En Reposo, junto un cuadradito negro intermitente. Veo por el espejo. Es otoño. Al fondo el cielo clarea tras los edificios y entre las ramas de los plátanos. La calle es muy parecida a la de mi barrio. El clima es el mismo. Yo iba a la escuela por esas veredas, arrastrando los pies hasta que las hojas secas los envolvían completamente formando un gran par de botas vegetales que, en los momentos de mayor caída, me llegaban casi hasta las rodillas. Yo me sentía gigantesco, poderoso y alto como esos plátanos. En calles así crecí. En calles así me enamoré de Cristina. Cinco años mayor que yo.

En Reposo.

Cristina era la hermana de Raúl. Raúl no era mi amigo. Durante cuatro años cultivé su amistad sólo por estar cerca de Cristina. Cristina me trataba con dulzura, sonreía al besarme las mejillas, cerca de los labios, se alegraba de verme. Por las mañanas, desde mi ventana, la veía salir para su trabajo, Cristina era recepcionista en una empresa del centro, el pelo todavía mojado de la ducha. Parecía una chica de aviso publicitario, me quedaba mirándola hasta que ascendía al 109, allá en la esquina. Algunas veces simulaba tener algo que hacer y me subía al micro con ella y hacía todo el viaje a su lado conversando, bendiciendo los embotellamientos que prolongaban el viaje. Yo bajaba en la parada siguiente a la de ella y me volvía caminando. Por la tarde la observaba al regresar, entrando en su casa para volver a salir, media hora más tarde, bañada nuevamente, rumbo a la clase de dactilografía en la Pitman. Cristina era una chica limpia. Los sábados iba al club. Yo me metía entre las vías y el alambrado y desde allí la miraba practicar gimnasia sueca. Llevaba un diario en el que anotaba todo cuanto Cristina hacía y decía. En muchas ocasiones la seguía durante todo un día sin que ella se diera cuenta. Ella era muy ordenada. El orden es importante.

En reposo.

Cristina crecía rápidamente. Pronto comenzó a salir de noche, a bailar. Siempre salía con chicos distintos, del centro, del trabajo, seguro, que la venían a buscar en coche. Yo no tenía edad para ir a bailar, ni coche. Raúl entró al Liceo Militar. A mí me rechazaron, pero ingresé a la Federal. Cuando me recibí, y me entregaron mi uniforme, sin pasar por mi casa, fui derecho a la de Cristina. Quería que ella viese lo bien que me quedaba. Recuerdo que fue una brillante mañana de otoño, como ahora.

En Reposo. Miro por el retrovisor, la calle está vacía. Si el tarado este se demora un poco más habrá mucha gente en la calle y tendremos que abortar.

Me pareció que pasó una eternidad hasta que la mamá abrió la puerta. -Carlos, qué elegante, pasá, esto ya parece un desfile- En la sala estaban Cristina y un teniente del ejército sentados en el sillón, demasiado próximos. Yo me quedé paralizado. Mi traje, comparado con el de Gustavo, así se llamaba, parecía de cuarta. A partir de entonces el nombre de Gustavo comenzó a aparecer con odiosa insistencia día tras día en mi diario. Una noche me invitaron a tomar algo en casa de Cristina. Estaba toda la familia reunida y muchos amigos.

Agarro el handy: -Che, ¿qué pasa?-, -No pasa nada, el punto no aparece- En Reposo.

El padre anunció que Cristina y Gustavo iban a comprometerse. Yo la miré, ella bajó la mirada y se sonrojó. Me fui de la casa. Cristina me alcanzó en la puerta: -Quería ser yo la que te lo dijera, pero no me animé-. Estuve cuatro días sin comer. A Gustavo lo destinaron en Córdoba. A través de la ventana de mi habitación oí cuando salieron para el casamiento al que no fui. Ni siquiera me acerqué a la ventana para verla partir. Aquella fue la última vez que no la vi. Porque Cristina murió un año más tarde para la misma época en que a mí me echaron de la policía. Dicen que fue por una enfermedad que se llama no sé qué en placa, pero yo sabía que había muerto por causa de Gustavo.

El handy titila y silba -Atento Carlos, acaba de llegar.

El punto aparece en el retrovisor. Viene caminando lentamente, despreocupado. Me pregunto qué habrá hecho y me contesto que nada que a mí me importe. Con la izquierda agarro la manija de la puerta y con la derecha saco la Ruger de la cartuchera que coloco en el bolsillo de la campera. El punto pasa junto a mi auto. Abro, bajo, camino rápidamente detrás de él. Me acerco. Saco la pistola. La alzo hacia su cabeza. El corazón me late en las sienes. Él debe sentir algo porque comienza a volverse. Gatillo. El ruido se parece al de una puerta al golpear. Él se detiene y comienza a tambalearse. Se vuelve y me mira. Me mira es un decir, porque sus ojos están vacíos. Doy un paso al costado, hacia la calle. Beto frena a mi lado, subo. Me vuelvo, por la esquina dobla un patrullero. Cuando el policía que va de acompañante gira la cabeza para mirar al punto, que está ahora agarrado de la pared, pienso que nos entregaron. Pero el patrullero sigue su camino. Beto se dice: -Tranquilo, tranquilo-. Pasan de largo. Arrancamos. Llegamos al container. Justo al lado está el mismo patrullero. -No parés Beto, seguí-. Seguimos. Estoy transpirando, Beto también. Me bajo en otro lugar, junto a otro container. Arrojo el atado de ropa. Beto desaparece. Detengo un taxi, pero en lugar de enfilar para el centro, indico Villa del Parque.

Desciendo frente a la casa de Cristina. Está igual, sólo que más vieja. Mi casa ya no existe más. El barrio es totalmente distinto. Los árboles también han desaparecido. Las calles están sucias y desordenadas. No conozco a nadie aquí y nadie me conoce a mí.

Mañana pasaré a cobrar, luego me haré de un par de gramos de coca, y la remataré con alguna puta del centro, una de esas que parecen secretarias.

Ernesto Mallo (La Plata, 1948), guionista, dramaturgo y periodista independiente argentino, ganó el Premio Memorial Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón (2007) con Crimen en el Barrio del Once, novela protagonizada por el comisario Lascano. Ha publicado también El relicario, Delincuente argentino (El policía descalzo de la plaza San Martín) o la obra de teatro La vacuna. Sus novelas han sido traducidas al francés, inglés y alemán. Vive y trabaja en Buenos Aires.

(Datos obtenidos de la web de Siruela)

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