Faroleando por el centro de Madrid


Es un fenómeno religioso. Igual que hay personas que peregrinan a Santiago, La Meca o Jerusalén, el torbellino espiritual del Ciri, Cazuelo ilustre de adopción, le obliga a ir a Madrid al menos dos veces al año a comprobar que la habilidad y maestría del personal de las tascas no ha bajado desde su última visita-inspección. Y así, como si de un operario de la compañía de gas se tratase, va leyendo los contadores de aquellos bares de la capital del reino susceptibles de tener buena mano en el arte de poner una caña “como dios manda”.

Y fue en una de las últimas peregrinaciones cuando mi amiga Elvi me lo dijo: “Ahí es donde tiene el despacho”. Y como yo también estaba más pendiente de todo lo relacionado con la geolocalización de los templos cerbeceros, me costó un ratillo darme cuenta que me estaba hablando de Julio Cabria, el detective inventado por Óscar Urra y del que Impar y Rojo, el libro que hoy nos ocupa, es su segunda novela.

Julio Cabria es un personaje muy logrado. Desde que lo conocimos en A timba abierta a punto de lanzarse al vacío desde su despacho, se ha metido en unos cuantos líos y muchas peleas de las que casi siempre sale perdiendo… y esta obra no es una excepción. Julio sigue como siempre, dándole al gintonic con almendras, jugando en las timbas que le dejan, y siempre con el agua, si no algo peor, al cuello. Porque Julio Cabria es un detective privado privado de muchas cosas, pero sobre todo de la ilusión y un cicerone certero para conocer el centro de Madrid. Eso sí, es un hombre con un gran magnetismo para los problemas y un buen saco para practicar boxeo.

Si se trata de recomendar, te animaría a que leyeses antes la primera novela de la saga, ya que aunque no es imprescindible, hay algunas tramas que vienen de la citada obra. La obra se lee fácil y la acción se desarrolla a un ritmo trepidante, lo que no quita para que el autor nos regale algunas descripciones deliciosas. Para muestra, el primer capítulo de la novela.

Comentar por último que me ha parecido especialmente interesante el papel que juega la hija del propio Cabria en esta novela. Un buen hilo del que tirar en el futuro y del que da buena noticia el final tan abierto que nos deja el autor.

Lo dicho, esperamos que Óscar Urra nos cuente alguna historia más de Julio Cabria, este detective que sobrevive faroleando por los barrios más populares de Madrid. Nosotros, por nuestra parte, seguiremos peregrinando a la tierra de Cabria. Lo que haga falta por ayudar a un amigo.

 

Óscar Urra

Impar y Rojo

Salto de Página, 2009

La imagen es del blog La Balacera

La trama Gorki

Noche cerrada y primer día del curso casi recién comenzado en el que la niebla me acompañará en el trayecto al trabajo.

Las mismas maniobras de salida, las mismas marchas para salir del pueblo… un poco más de precaución en el cruce… mayor cuidado a la hora de pisar el freno…

…y de repente la peli del día de la marmota cambia de argumento; un objeto que en ese momento, parece inmenso, me frena en medio de la carretera. Mareos, desubicación, gritos, lloros, sonido de ambulancia, dolor, mucho dolor y llegada a urgencias. En la radio, mientras, dirán que ha sido “un accidente leve”, y aunque en ese momento cueste encontrar alguna zona en el cuerpo que no duela, la noticia no merecerá sino unas pocas líneas en la prensa local.

Un número de la Hertzantza  confirma lo que ya sospechaba: – Han intentado que parezca un accidente, pero han dejado huellas inconfundibles de su autoría- . Los medios de comunicación hablarán de un camión que en mitad de la noche perdió una de las poleas de una gigantesca grúa en medio de la carretera, pero han sido ellos; los Gorkis.

Un grupo de intelectuales de la sanidad, la informática, el derecho, la construcción y el sector financiero a los que une su pasión por Máximo Gorki (pseudónimo utilizado por el escritor ruso Alekséi Maksímovich Péshkov, alcohólico, diabólico, charlatán y viajero, también conocido en círculos parisinos como ‘el cheff viajero’) muy bien asesorados por un alto cargo militar, con mucho tiempo libre y varias hectáreas de dehesas yermas.

En el arcén de la autovía, la prueba irrefutable de la culpabilidad górkica: una botella de London, vacía, y una abarca vieja, deshilachada.

Y todo por una miserable foto que aun no entiendo cómo llegó a mi poder.

Sé que me queda poco tiempo, ya que los Gorkis ni acostumbran a fallar, ni a dar segundas oportunidades, así que aquí os dejo la foto que ha sido mi perdición y en la cual se distingue a algunos de ellos.

Retén sus rostros y si les ves, no pienses. Huye.

Qué vida, Plinio?

De la misma forma que cuando leo alguna novela protagonizada por Harry Bosch la música con la que mi cabeza acompaña la lectura es el jazz, o el rock cuando el protagonista es John Rebus, ya me he acercado a unos cuantos relatos protagonizados por Plinio, y siento que al ojearlos me acompañan las botellas de anís percutidas a ritmo por una barra metálica, el runrun de las beatas rezando el rosario o el cruce de conversaciones y el olor a tabaco y alcohol de los bares de pueblo. Sonido Plinio.

E igual que oigo estos sonidos cuando leo a García Pavón, pienso (y siento) en un país antiguo y rural que creo ha de ser bastante desconocido y lejano para bastante gente a la que ya le suena a viejuno lo de aquella muchachada que pasó por donde se hace la ley al grito de que aquello no lo iba a reconocer ni la madre que lo parió. Y a fe que lo consiguieron, bien por su trabajo o porque los tiempos venían así dados.

Un país en el que hasta hace cuatro días eran los animales los que trabajaban el campo y en el que cada pueblo era un mundo en sí mismo. Un mundo cuyas fronteras la marcaban los mugarris de la “jurición”. Un país en el que quedaba aun mucho para que el discurso de la globalización arrinconase al de la autarquía, y así, mientras los primeros coches iban dando brincos por carreteras abolladas e imposibles, los americanos estaban a punto de tocar la luna con los dedos.

Leo a Plinio y en el pentagrama vienen notas de romance y de jota antigua. Banda sonora de saxo alto que el músico hace tremolar gustándose mientras interpreta un pasodoble torero o encadena jota, fandango y arin-arin ….y sin embargo, veo a muchos de los personajes que aparecen en las novelas de Plinio en personas que han sido o son parte de mi vida.

Leo a Plinio y me imagino a mi abuelo Dativo, hombre de “Dios, Patria y Rey”, paseando por parecidos caminos y saliendo a cazar, o emerge de la nada el recuerdo de una jefa de estación del vasconavarro que se llamaba Leonisa y que era mi abuela. También veo a un mozo que se hace llamar Pedro cayéndose de un árbol en Sanfermín.

Leo a Plinio y pienso en Manuel “dios mediante”. ¿Quién sino él podría llevar con dignidad un uniforme con sable incluido?. Y veo a la Eugenia, y a la Vitorina, antes de encontrarme al doblar la esquina con Eliseo y Dionisio que se disponen a preparar leña para el invierno. Antes, he leído en Plinio algo que ha hecho que me encuentre con Vitoriano y el tío Agustín, que como siempre han respondido con el incontestable “bienytú”, a mi predecible “quétal” mientras me tendían una mano que son dos mías.

Leo a Plinio y también veo a chiquillos corriendo por el campo tras haber esquilmado algún frutal ajeno o simplemente jugando a tres navíos en el mar…. o emulando a los saltadores de trampolín desde un árbol o una roca…  Leo a Plinio preparándose unas migas que yo cambio por un  plato de arroz cocinado por la Isabel o por la Mili con cangrejos del río Ega o del Ayuda.

Leo a Plinio y pienso en mis amigos los agrarios, que a veces no ven muy claro eso de que un camello pase por el ojo de una aguja pero cuando la ocasión lo requiere te aparcan en el mencionado espacio la cosechadora. O si les dices “que igual no cabe”, la máquina de sacar remolacha, pelín más grande, al grito de “inorante!!”.

Leo que Plinio se está echando un trago de vino con don Lotario y me vienen a la memoria imágenes de los fidelios; Eduardito gritando que viene de caer un par de árboles mientras que el Ciri y Javi han salido de allí chospando; Elvirita afirmando que qué majo el albaitero; la Cule comentándole a Myriam que tiene los labios nidrios y la Yuyu preocupada porque su casa parece un zaborral. Mientras, Danielito es recriminado por lambión mientras que su alter ego, bocaseca, echa mano de la botella de London para rellenar el gintonic.

Si tenéis la ocasión, leed esta exquisita novela en la que hay sitio para todo, para el misterio, para la risa, para los cánticos…. donde la única matanza que vale la pena es la del cerdo y donde se nos cuenta una historia muy sencilla, casi ingenua… pero que nos la cuentan muy bien.

Leo a Plinio y me acuerdo de mi suegro Dionisio, que cogió hace unos días el hatillo y nos dejó, sin una mala palabra, sin un mal gesto y después de luchar contra la parca como un titán. Un hombre sencillo y un hombre bueno. Nada más y nada menos. Descanse en paz.

Francisco García Pavón

Plinio, casos célebres – El reinado de Witiza

Ediciones Destino, 2006

(Áncora y Delfín; 1058)


 

Salsilla entre fogones

No llegaron a temblar los muros del txoko el fin de semana pasado, y eso que estábamos todos. Imagino que algo tendría que ver la excursión al museo de la madera y el festival gastronómico que se pegaron algunos.

 
Total, que casi pasó de puntillas el último escándalo político acontecido en nuestro territorio histórico la pasada semana del que han sido protagonistas destacados dirigentes del PNV alavés y que ha acarreado la dimisión de algunos de ellos. 
 
Presunciones de inocencia al margen lo que más salsilla le da al tema son los detalles menos importantes. Igual que cuando se hablaba de los trapis de Camps te imaginabas al sastre tomándole medidas, aquí el tema ha ido hacia el hecho diferencial, esto es, a lo gastronómico, con lo que esta trama huele sobre todo a bacalao al pil pil, chuletón poco hecho, y a buen vino de Rioja Alavesa. 
 
Ahora que lo pienso es lo mismo que hacemos nosotros, sólo que nuestras cenas suelen ser bastante menos pretenciosas en lo gastronómico (aunque no en lo que al bebercio se refiere), ah, si, y que todavía no se nos ha ocurrido hacer un par de sociedades mercantiles con sede social en el Txoko de Edu.
 
A ver qué pasa con esta historia, que el tema no ha hecho más que empezar. Es de prever que en sucesivas cenas volvamos a hablar del asunto, o que se entonen variaciones sobre el tema. Volveremos a discutir sobre la política en general, la política en los pueblos en particular, qué significa eso del “desarrollo rural”…. y sí, seguiremos nosotros también debatiendo a ver cuál es el mejor bar para comerse una tortilla de patatas como dios manda. Se aceptan propuestas, por cierto.
 
Y hoy hay que mandarle un gran besico a la Cule, que ha sido su onomástica recientemente.