Hamsa

(…)

—Tengo otra pregunta.

—Dispare.

Se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta y sacó un colgante con una tira de cuero, un amuleto que representaba la palma extendida de una mano derecha. Me recordaba a algo que había visto hacía no mucho, pero no conseguía recordar el qué.

—Se lo quitaron del cuello al señor Develi en el hospital y se lo entregaron a los forenses. ¿Sabía usted que lo llevaba?

—No y, de haberlo sabido, le habría ordenado que se lo quitara de inmediato. La FIFA prohíbe que los jugadores lleven cualquier tipo de joya durante el partido. Pueden incluso amonestarte.

Se pegó unos tironcillos de su extraña barba experimental durante unos segundos, lo que me llevó a pensar que debía de habérsela dejado para justificar aquellas pausas para cavilar.

—Teniendo en cuenta lo que acaba de decir, que llevar algo así está prohibido, ¿imagina alguna razón por la que se arriesgaría a ponérselo?

—No. ¿Es griego?

—Creo que es árabe.

—¿Qué es?

—Se supone que protege del mal de ojo. Los cristianos lo llaman mano de María. Los judíos, mano de Miriam. Los árabes, por su parte, lo llaman hamsa: la mano de Dios.

(…)

KERR, Philip. La mano de Dios. RBA, 2016

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Ratoncito Pérez

(…)

Mientras le abrochaba los cordones de las deportivas recordó una antigua adivinanza que treinta años antes le había contado su padre.

—¿Tú sabes cuál es el animal que tiene más dientes? —le preguntó muy serio.

—El león.

—No. —El cocodrilo. —No. —El tiburón.

—No.

—El lobo.

—No.

—¡Los perros! —exclamó, comenzando a impacientarse.

—No.

—¡Venga, dímelo!

—¡El ratoncito Pérez!

Alba frunció las cejas unos instantes, desconcertada, y luego, de pronto, soltó una risa ancha y feliz que a Julián Monasterio le pareció un prodigio.

(…)

FUENTES, Eugenio. La Sangre de los Ángeles. Alba, 2001

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