Omega Seamaster

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El secretario general se miró el reloj. Mikael se fijó en que era un Omega Seamaster, poco práctico por lo mucho que pesaba. Te convierte en víctima de atraco en cualquier ciudad del tercer mundo. Si te lo dejas quitado más de veinticuatro horas se para, y luego hay que darle vueltas y más vueltas al botoncito para ponerlo en hora, pero si te olvidas de apretar el botoncito hacia dentro y luego te tiras de cabeza a tu piscina, el reloj se estropea y la reparación cuesta lo mismo que cuatro relojes de calidad nuevos. En definitiva: tenía que hacerse con uno fuera como fuese.

—Pero, como hemos dicho, estamos valorando a varios candidatos. Ser ministro de Justicia es un cargo de mucho peso, y no voy a ocultar que el camino es un poco más largo para alguien que no ha hecho carrera política.

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NESBO, Jo. La sed. Reservoir books, 2017

La Imagen, con licencia Creative Commons es de Wikimedia Commons

Bobik

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—¡Bukarovski! —gritó Bukarovski al teléfono, y después continuó mirando a Porter con cara de pocos amigos—. Deje aquí los papeles y baje a las naves —le ordenó—. No es a ti —añadió, hablando por teléfono entre toses espasmódicas—. Dígale a Yura que le haga una prueba con un Kama cincuenta y que después me llame. El cincuenta, ¿estamos? Pevek, ¿se puede saber qué diablos ocurre ahora?… Eh, usted —le dijo a Porter— coja un bobik.

—¿Un bobik? —repitió Porter. Para él un bobik era un terrier.

—Pues ¡ahora te lo digo yo a ti! ¡Estoy harto de tus problemas, ya tengo suficiente con los míos! —gritaba el jefe al teléfono—. ¡Y también estoy harto de hablar de ellos! —Rebuscó en un manojo de llaves y le lanzó una a Porter—. Dale el libro —le dijo a la mujer que tenía sentada enfrente.

Porter miró la llave y el libro que le pasó la mujer. Ella le dijo dónde tenía que firmar: junto a un número. Firmó como N. D. Jodian y salió de la oficina dejando atrás el griterío.

Ya en la planta de abajo, cruzó el vestíbulo abriéndose paso entre la gente, y al llegar a la puerta le preguntó a un tipo:

—¿Dónde puedo conseguir un bobik?

—En la parte posterior del edificio, justo ahí detrás.

El número junto al que había firmado era el mismo que figuraba en la llave, una llave de coche. Dio la vuelta al edificio y encontró los vehículos, aparcados en una nave que tenía la puerta abierta. Había cuatro o cinco camionetas y varios todoterrenos. Allí no había nadie. Fue examinando los números de las matrículas y encontró su bobik: era uno de los todoterrenos, uno cerrado y fuerte, muy cuadrado y feo, como un tanque pequeño. Los neumáticos daban la impresión de estar medio desinflados. Rodeó el coche, presionándolos con el pie, y advirtió que todos los vehículos que había en la nave tenían los neumáticos a medio inflar. Resultaba evidente que era algo intencionado.

Se subió al todoterreno, buscó el contacto e introdujo la llave. El motor arrancó al momento, con un rugido áspero y grave. Allí dentro estaba oscuro y no veía el tablero de mandos. Manoteó con la palanca de cambios y consiguió que el coche se moviera y saliera de la nave en busca de más luz. Entonces vio que el tablero de mandos no mostraba nada, de hecho, no había tablero de mandos, tan sólo un velocímetro, un interruptor para los limpiaparabrisas y ya está. Tenía que haber otro para las luces, pero no logró encontrarlo. Sin embargo, el vehículo contaba con un sistema de calefacción muy potente y un motor muy sensible, que nada más acelerarlo reaccionaba emitiendo un ladrido que daba gusto. A eso se debería el sobrenombre. Enseguida se hizo con el «terrier» y consiguió que avanzase hasta la parte de delante del edificio. Un hombre estaba saliendo en aquel momento y Porter lo llamó por la ventanilla.

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DAVIDSON, Lionel. Bajo los montes de Kolima. Salamandra, 2016

La imagen es de la Wikipedia

Ohaguro

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—No lo sabemos con seguridad. Partimos de las marcas que dejó en la víctima, óxido y restos de pintura negra.

—¡Ajá! —exclamó Smith—. Entonces tenemos que irnos a Japón.

—¿Ah, sí? —dijo Bratt acercándose el teléfono a la oreja.

—Tal vez hayas visto a mujeres japonesas con los dientes teñidos de negro. ¿No? Bueno. Pues se trata de una tradición llamada ohaguro. Quiere decir «la oscuridad tras la puesta de sol» y se inició en el periodo Heian, más o menos en el siglo VII después de Cristo. Y… eh… ¿sigo?

La mujer le indicó que sí moviendo la mano.

—Cuentan que en la Edad Media había un guerrero mongol del norte que hacía que sus soldados llevaran dentaduras de hierro pintadas de negro. Los dientes eran sobre todo para dar miedo, pero se podían usar en los combates cuerpo a cuerpo. Si estaban enzarzados de forma que no servían ni armas ni golpes ni patadas, los dientes podían utilizarse para desgarrar la garganta del enemigo.

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NESBO, Jo. La sed. Reservoir books, 2017

La imagen, con licencia Creative Commons, es de Wikimedia Commons.

 

 

El coño de Ibarrola

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—¿Dónde habíais quedado?

—En El coño. Quiero decir, en la escultura esa del agujero de General Loma, junto a la plaza de la Virgen Blanca.

—La mirada, Peio. Se llama La mirada —dije, con una sonrisa.

No había manera de que nadie en Vitoria lo llamase de otra forma. Era un bloque vertical de cinco metros y medio de mármol gris con un agujero desde el que se veía la estatua de la Virgen Blanca, y también mi portal.

GARCÍA SÁENZ DE URTURI, Eva. El silencio de la ciudad blanca. Planeta, 2016

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Vitoria, desde el "Coño"

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons es de Álvaro Remesal Royo

Heisenberg

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 Dos cosas. La primera: ¿alguna vez has oído hablar de Heisenberg?

—¿El científico? Sí —respondió sorprendiendo al detective—. Un poco. Un tipo curioso: la incertidumbre y todo eso de que no podemos estar seguros de lo que vemos. Para alguien dedicado a la ciencia debía de ser muy frustrante comprobar que después de tanto trabajo y tanta investigación no llegaba a ninguna certeza.

—Para alguien dedicado a la ciencia… o a cualquier otra tarea —dijo Cupido.

—¿Por qué me lo preguntas?

—Nunca lo había oído mencionar, pero anoche me hablaron de él. Heisenberg llegó a la conclusión de que los átomos se comportan de distinta forma cuando los iluminan en un laboratorio que cuando están en la sombra y nadie los observa.

—Como nosotros —murmuró el Alkalino.

—¿Sabes que era el científico que menos hacía el amor de todos los científicos?

—¿Bromeas?

—Cuando encontraba el momento no encontraba la posición, y cuando encontraba la posición no tenía energía. Esperando la continuación, el Alkalino esbozó una sonrisa que el dolor detuvo.

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FUENTES, Eugenio. Mistralia. Tusquets, 2015

Spassky

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A nuestro control llegó otro Land Rover proveniente de la RUC de Ballymena y los polis hablaban en un dialecto tan cerrado que nos costó entenderlos. Gran parte de su conversación parecía tener que ver con Jesús y los tractores, una combinación improbable para cualquiera que no conozca Ballymena. Y al anochecer llegó un Land Rover. Este transportaba a muchachos desde un lugar tan lejano como Coleraine. A nadie se le había ocurrido traer chocolate caliente o comida o cigarrillos, pero el inspector de la RUC de Coleraine sí se había venido con un tablero de ajedrez, solo por la satisfacción de ganarnos a todos. Le conté una anécdota sobre Boris Spassky (Periodista: «¿Qué prefiere, señor Spassky, el ajedrez o el sexo?». Spassky: «Depende mucho de la posición»). Pero no quedó impresionado y me hizo jaque mate en once jugadas.

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McKINTY, Adrian. Por la mañana me habré ido. Alianza, 2016

Pawn2

 

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Frank

Man on the Moon

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—Esto es diferente, Harry. A principios de año hubo unos cuantos asesinatos relacionados con la droga. Un tipo de violencia que no habíamos visto hasta ahora. Y nadie dice nada. Encontraron a dos camellos vietnamitas colgados por los pies en una viga en el apartamento donde vendían la mercancía. Ahogados. Les habían atado a la cabeza una bolsa de plástico llena de agua.

—No es un método árabe, es ruso.

—¿Perdona?

—Los cuelgan por los pies, les atan una bolsa de plástico alrededor de la cabeza, pinchan un agujero en la bolsa a la altura del cuello para que puedan respirar y empiezan a echarles agua por las plantas de los pies. El agua va chorreando por el cuerpo hasta llegar a la bolsa, que va llenándose muy despacio. Se llama Man On The Moon.

—¿Y tú cómo sabes eso? Harry se encogió de hombros.

—Hubo un líder kirguiso, un multimillonario, que se llamaba Byráiev y que en los años ochenta se hizo con uno de los trajes espaciales del Apolo 11. Dos millones de dólares en el mercado negro. Todo aquel que intentaba engañar a Byráiev o que no le pagaba las deudas, acababa dentro del traje. Grababan la cara del desgraciado mientras iban vertiendo el agua. Después, enviaban el vídeo a los siguientes deudores cuyos plazos estaban a punto de vencer. Harry echó el humo hacia el cielo. Beate lo miró y meneó despacio la cabeza.

—¿A qué te dedicabas realmente en Hong Kong, Harry?

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NESBO, Jo. Fantasma. Random House, 2015

MinAstronauta

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Tom B