Klaus Störtebeker

(…)

—¿Qué significaba todo eso? —preguntó Anna cuando se alejaron de los bomberos y volvieron hacia la escena del crimen—. Todo ese galimatías sobre Störtebeker.

El comisario se detuvo y la miró con burlona consternación.

—Primero me sueltas que mi música es una mierda…, ¿y ahora me dices que no sabes quién era Störtebeker?

—Claro que lo sé. Klaus Störtebeker, el Robin Hood de los mares de Hamburgo y todo ese rollo. ¿Qué tiene eso que ver con el cadáver flotante?

—Obviamente tú no conoces la leyenda de la ejecución de ese personaje…

Anna puso cara de «me importa un carajo».

—Bueno, degrádeme.

—Klaus Störtebeker fue el mayor dolor de cabeza del Hamburgo hanseático. Él y sus compañeros de la «Hermandad Vitaliana» de piratas robaban solo buques hanseáticos y se repartían equitativamente el botín. Simon de Utrecht fue nombrado burgomaestre de Hamburgo, construyó una nueva flota de buques de guerra y atrapó a Störtebeker. —Fabel señaló vagamente hacia el este—. ¿Sabes dónde están construyendo el nuevo Elbphilarmonie? Bueno, allí fue donde lo ejecutaron. En aquel entonces, mucho antes de que fuera construido el Speicherstadt, ese terreno no era más que un largo banco de arena y allí ejecutaban a los piratas capturados.

—El caso… —dijo Anna con impaciencia.

—El caso es que cuando Störtebeker iba a ser decapitado junto con unos setenta secuaces, pidió una última gracia: que el Senado de Hamburgo liberara a tantos de sus hombres como él lograra rebasar andando… después de que le hubieran cortado la cabeza. La leyenda dice que, cumplida la ejecución, su cuerpo decapitado se levantó y rebasó a once compinches puestos en fila antes de que el verdugo le echara la zancadilla.

—¿Y el Senado liberó a sus once hombres?

—¡Qué va! Estaba compuesto por políticos, claro, y por hombres de negocios principalmente…, así que, por supuesto, no mantuvieron su promesa. Les cortaron a todos la cabeza. Es más: después de que ejecutaran a aquellos setenta y pico hombres, el alcalde le preguntó al verdugo si no estaba exhausto de tanto manejar el hacha. Y este bromeó diciendo que aún le quedaban fuerzas de sobra para decapitar al alcalde y al Senado entero, si hacía falta. Los políticos y los hombres de negocios tampoco son conocidos por su sentido del humor… Y, en efecto, mandaron decapitar también al verdugo allí mismo. —Fabel sonrió—. En resumen, es muy apropiado que el Instituto Meteorológico Federal le haya puesto a esta tormenta de nombre Störtebeker. Y como dice Kreysig, no deja de resultar irónico que la tormenta haya sacado a flote un cuerpo decapitado.

—Bueno, ¿qué puedo decirle, Chef? —dijo Anna sin entusiasmo—. Siempre es tan instructivo escucharlo…

(…)

RUSSELL, Craig. Miedo A Las Aguas Oscuras. Roca, 2014

La imagen, con licencia Creative Commons, es de Wikimedia Commons

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Política 02

(…)

—Tú aborreces la política, ¿verdad, papá?

—Me gusta decir que sí.

—Pero yo creía…

—Soy como aquel hombre que dice odiar el teatro pero nunca se pierde una representación. Pretende hacer creer a los demás que es su amigo el que lo arrastra a verlas. Aun así, es capaz de citar cada verso de Terencio.

—De manera que, en secreto, te encanta la política.

¡No! Pero está en el aire que respiro y no me preocupo de dejar de respirar. Dicho de otra forma: la política es la enfermedad de Roma a la que no soy más inmune que otros.

Frunció el entrecejo y preguntó:

—¿Qué quieres decir?

—Determinadas enfermedades son peculiares de determinadas tribus y naciones. Tu hermano Metón dice que allá en la Galia hay una tribu en la que todo el mundo nace sordo de un oído. Tú has oído decir a tu madre que hay un poblado a orillas del Nilo en donde todo el mundo corre en desbandada cuando se acerca un gato. Y en una ocasión leí que los hispanos padecen de una forma de putrefacción de la dentadura que sólo pueden curar bebiéndose su propia orina.

—¡Papá! —Diana arrugó la nariz.

—No todas las enfermedades son de origen físico. Los atenienses eran adictos al arte; sin él se volvían irritables y estreñidos. Los alejandrinos viven del comercio; venderían el suspiro de una virgen, de encontrar la manera de embotellarlo. He oído decir que los partos padecen hipomanía; clanes enteros guerrean entre ellos por un buen semental.

Bueno, la política es la enfermedad de Roma. Todos en la ciudad la acaban cogiendo tarde o temprano, hasta las mujeres hoy en día. Nadie vuelve a recuperarse. Es una enfermedad insidiosa, con síntomas perversos. Distintas personas la sufren de maneras diversas, y otros no la padecen en absoluto; a uno lo deja tullido, a otro lo mata y a otro lo engorda y lo fortalece.

—Entonces, ¿qué es? ¿Algo bueno o algo malo?

—Simplemente romano, Diana. Si es bueno o malo para Roma, no te lo sabría decir. Nos ha hecho gobernantes del mundo. Pero empiezo a preguntarme si no será nuestro final.

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SAYLOR, Steven. Asesinato en la Vía Apia. Booket, 2007

Juegos Deportivos Centroamericanos San José 2013

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons es de Johnny Araya Monge

 

Política 01

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—Pero ¿por qué se pelearon?

—Clodio y Milón han sido enemigos mucho tiempo, Diana.

—¿Por qué?

—¿Por qué dos hombres suelen ser enemigos? Porque quieren la misma cosa.

—¿Una mujer?

—En algunos casos. O bien un chico. O el amor del padre. O una herencia, o un trozo de terreno. En este caso, Clodio y Milón querían poder.

—¿Y no podían tenerlo los dos?

—Al parecer, no. En ocasiones, cuando dos hombres ambiciosos son enemigos, uno de los dos debe morir para que el otro continúe viviendo. Por lo menos, así es como generalmente se resuelve, tarde o temprano. Es lo que los romanos llamamos política.

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SAYLOR, Steven. Asesinato en la Vía Apia. Booket, 2007

Pelea de Gallos

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Gianfranco Cardogna

Calles

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Empezaron a dar vueltas de nuevo. De repente, el comisario recordó el criterio que todos los registros toponímicos, todos sin excepción, tanto de pueblos como de grandes ciudades, emplean para dar nombre a las calles. A las más centrales les asignan nombres de cosas abstractas, como libertad, república o independencia; a las que son un poco menos centrales, de políticos del pasado, como Cavour, Zanardelli o Crispi; a las inmediatamente contiguas, de políticos más recientes, como De Gasperi, Einaudi o Togliatti. A continuación, conforme quedan más distantes del centro, vienen los héroes, los militares, los matemáticos, los científicos, los industriales, y así sucesivamente hasta llegar a algún dentista. Por último, en las calles situadas más en la periferia, las más miserables, las que lindan con el campo abierto, aparecen nombres de artistas, escritores, escultores, poetas, pintores y músicos. De hecho, via Vitaliano Brancati consistía en cuatro casuchas donde las gallinas vivían en libertad. Y aquello fue, en cierto sentido, una suerte.

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CAMILLERI, Andrea. La búsqueda del tesoro. Salamandra, 2013

La imagen, con licencia Creative Commons, es de Wikimedia Commons.

 

La línea

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Cuando no se consigue digerir la hostia recibida, la única solución es ir a hablar con alguien que ha recibido muchas más hostias que tú y es, por lo tanto, un experto.

Encuentro a Zisis junto a la entrada, el pequeño espacio que hace las veces de portería y de despacho. En el bar hay algunos usuarios. Unos leen el periódico y otros charlan animadamente.

—¿Cómo tú por aquí de buena mañana? —me pregunta Zisis con una sonrisa.

Me lo llevo al bar y nos sentamos a una mesa apartada. Él se sienta de cara a la puerta, para controlar las entradas y las salidas. Empiezo a contarle con todo lujo de detalles mi aventura de ayer y mi encontronazo con el subdirector general.

Zisis escucha sin interrumpirme y al final me dice tranquilamente:

—Es la línea, camarada.

Su respuesta me deja anonadado. Esperaba algún consejo, alguna explicación, quizá unas palabras de consuelo, y él me sale con eso de «camarada».

Piso el freno para no mostrarme agresivo.

—¿Desde cuándo soy militante del Partido Comunista, que no me he enterado? —pregunto con toda la calma de la que soy capaz.

Zisis no deja de sonreír.

—Cuando la dirección del partido tomaba una decisión con la que algunos no estábamos de acuerdo, el secretario general nos decía: «Es la línea, camarada». Es decir: «Cierra el pico y obedece». Esto es, exactamente, lo que te dijo tu subdirector.

—Pero yo no pertenezco a un partido sino a la policía. Soy un funcionario.

—Los nuestros también eran funcionarios. De la revolución —contesta él secamente.

—¿Y qué debo hacer? —pregunto desesperado.

—Nada, o te meterás en un lío mayor y te expulsarán del juego. Lo mismo nos pasaba a nosotros —es la dura respuesta. Hace una pequeña pausa antes de continuar—: Tú, al menos, quieres pillar a los verdaderos culpables, no pretendes salvar a la humanidad. Nosotros queríamos salvar a la humanidad y nos pasaron cosas mucho peores.

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MÁRKARIS, Petros. Offshore. Tusquets, 2017

Follow the line - Galway, Ireland - Black and white street photography

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons es de Giuseppe Milo

Mercado de invierno

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Cuando la gente del mundo del fútbol profesional habla de lo bonito que es este deporte, normalmente no contempla las vacaciones navideñas. Y siempre que recuerdo esa historia de la revista Boy’s Own sobre un partido de fútbol amistoso disputado en tierra de nadie durante la Primera Guerra Mundial por soldados británicos y alemanes, pienso para mis adentros: «Sí, ya, quisiera yo verlos con un portero en baja forma y alineando a un centrocampista gilipollas y holgazán que espera fichar por otro club para duplicar su ficha ya de por sí astronómica en el mercado de invierno». El mercado de invierno es el periodo de cuatro semanas durante el cual la FIFA autoriza a los clubes europeos a fichar a un nuevo jugador a mitad de temporada. Francamente, la idea me parece una estupidez —lo cual es típico de la FIFA—, porque fomenta una mentalidad de mercadillo en el que los clubes intentan desprenderse de los trastos inútiles para pagar barbaridades por una estrella de turno que pueda brindarles la posibilidad de ganar algo o, simplemente, de permanecer en la categoría.

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KERR, Philip. Mercado de Invierno. Barcelona : RBA, 2015

Gewürze Ägyptischer Bazar

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Martin Fisch

Makarov

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—Ya. ¿Y el arma?

—No la han encontrado. Enviamos equipos de búsqueda y buzos a rastrear el río y sus alrededores, sin resultado. Eso no significa que la pistola no esté ahí; el fango, el lodo… ya sabes.

—Ya sé.

—Dos de los inquilinos del piso han declarado que Oleg les había enseñado una pistola, y se jactó de que era igual que las que utilizaba la mafia rusa. Ninguno de los dos entiende de armas, pero después de mostrarles fotos de unas cien pistolas, parece que ambos señalaron la Odessa. Y esas suelen emplear, como ya sabes…

Harry asintió con la cabeza. 9×18 mm Makarov. Y además, era casi imposible no reconocerla. La primera vez que vio una Odessa pensó en la vieja pistola futurista de la portada del disco Foo Fighters, uno de sus muchos cedés que habían terminado en casa de Rakel y Oleg.

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NESBO, Jo. Fantasma. Random House, 2015

La Imagen es de la Wikipedia

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La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Michael Tefft