Hamsa

(…)

—Tengo otra pregunta.

—Dispare.

Se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta y sacó un colgante con una tira de cuero, un amuleto que representaba la palma extendida de una mano derecha. Me recordaba a algo que había visto hacía no mucho, pero no conseguía recordar el qué.

—Se lo quitaron del cuello al señor Develi en el hospital y se lo entregaron a los forenses. ¿Sabía usted que lo llevaba?

—No y, de haberlo sabido, le habría ordenado que se lo quitara de inmediato. La FIFA prohíbe que los jugadores lleven cualquier tipo de joya durante el partido. Pueden incluso amonestarte.

Se pegó unos tironcillos de su extraña barba experimental durante unos segundos, lo que me llevó a pensar que debía de habérsela dejado para justificar aquellas pausas para cavilar.

—Teniendo en cuenta lo que acaba de decir, que llevar algo así está prohibido, ¿imagina alguna razón por la que se arriesgaría a ponérselo?

—No. ¿Es griego?

—Creo que es árabe.

—¿Qué es?

—Se supone que protege del mal de ojo. Los cristianos lo llaman mano de María. Los judíos, mano de Miriam. Los árabes, por su parte, lo llaman hamsa: la mano de Dios.

(…)

KERR, Philip. La mano de Dios. RBA, 2016

La imagen, con licencia Creative Commons, es de la Wikipedia

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Ratoncito Pérez

(…)

Mientras le abrochaba los cordones de las deportivas recordó una antigua adivinanza que treinta años antes le había contado su padre.

—¿Tú sabes cuál es el animal que tiene más dientes? —le preguntó muy serio.

—El león.

—No. —El cocodrilo. —No. —El tiburón.

—No.

—El lobo.

—No.

—¡Los perros! —exclamó, comenzando a impacientarse.

—No.

—¡Venga, dímelo!

—¡El ratoncito Pérez!

Alba frunció las cejas unos instantes, desconcertada, y luego, de pronto, soltó una risa ancha y feliz que a Julián Monasterio le pareció un prodigio.

(…)

FUENTES, Eugenio. La Sangre de los Ángeles. Alba, 2001

La imagen, con licencia Creative Commos, es de Wikimedia Commons.

Klaus Störtebeker

(…)

—¿Qué significaba todo eso? —preguntó Anna cuando se alejaron de los bomberos y volvieron hacia la escena del crimen—. Todo ese galimatías sobre Störtebeker.

El comisario se detuvo y la miró con burlona consternación.

—Primero me sueltas que mi música es una mierda…, ¿y ahora me dices que no sabes quién era Störtebeker?

—Claro que lo sé. Klaus Störtebeker, el Robin Hood de los mares de Hamburgo y todo ese rollo. ¿Qué tiene eso que ver con el cadáver flotante?

—Obviamente tú no conoces la leyenda de la ejecución de ese personaje…

Anna puso cara de «me importa un carajo».

—Bueno, degrádeme.

—Klaus Störtebeker fue el mayor dolor de cabeza del Hamburgo hanseático. Él y sus compañeros de la «Hermandad Vitaliana» de piratas robaban solo buques hanseáticos y se repartían equitativamente el botín. Simon de Utrecht fue nombrado burgomaestre de Hamburgo, construyó una nueva flota de buques de guerra y atrapó a Störtebeker. —Fabel señaló vagamente hacia el este—. ¿Sabes dónde están construyendo el nuevo Elbphilarmonie? Bueno, allí fue donde lo ejecutaron. En aquel entonces, mucho antes de que fuera construido el Speicherstadt, ese terreno no era más que un largo banco de arena y allí ejecutaban a los piratas capturados.

—El caso… —dijo Anna con impaciencia.

—El caso es que cuando Störtebeker iba a ser decapitado junto con unos setenta secuaces, pidió una última gracia: que el Senado de Hamburgo liberara a tantos de sus hombres como él lograra rebasar andando… después de que le hubieran cortado la cabeza. La leyenda dice que, cumplida la ejecución, su cuerpo decapitado se levantó y rebasó a once compinches puestos en fila antes de que el verdugo le echara la zancadilla.

—¿Y el Senado liberó a sus once hombres?

—¡Qué va! Estaba compuesto por políticos, claro, y por hombres de negocios principalmente…, así que, por supuesto, no mantuvieron su promesa. Les cortaron a todos la cabeza. Es más: después de que ejecutaran a aquellos setenta y pico hombres, el alcalde le preguntó al verdugo si no estaba exhausto de tanto manejar el hacha. Y este bromeó diciendo que aún le quedaban fuerzas de sobra para decapitar al alcalde y al Senado entero, si hacía falta. Los políticos y los hombres de negocios tampoco son conocidos por su sentido del humor… Y, en efecto, mandaron decapitar también al verdugo allí mismo. —Fabel sonrió—. En resumen, es muy apropiado que el Instituto Meteorológico Federal le haya puesto a esta tormenta de nombre Störtebeker. Y como dice Kreysig, no deja de resultar irónico que la tormenta haya sacado a flote un cuerpo decapitado.

—Bueno, ¿qué puedo decirle, Chef? —dijo Anna sin entusiasmo—. Siempre es tan instructivo escucharlo…

(…)

RUSSELL, Craig. Miedo A Las Aguas Oscuras. Roca, 2014

La imagen, con licencia Creative Commons, es de Wikimedia Commons

Política 02

(…)

—Tú aborreces la política, ¿verdad, papá?

—Me gusta decir que sí.

—Pero yo creía…

—Soy como aquel hombre que dice odiar el teatro pero nunca se pierde una representación. Pretende hacer creer a los demás que es su amigo el que lo arrastra a verlas. Aun así, es capaz de citar cada verso de Terencio.

—De manera que, en secreto, te encanta la política.

¡No! Pero está en el aire que respiro y no me preocupo de dejar de respirar. Dicho de otra forma: la política es la enfermedad de Roma a la que no soy más inmune que otros.

Frunció el entrecejo y preguntó:

—¿Qué quieres decir?

—Determinadas enfermedades son peculiares de determinadas tribus y naciones. Tu hermano Metón dice que allá en la Galia hay una tribu en la que todo el mundo nace sordo de un oído. Tú has oído decir a tu madre que hay un poblado a orillas del Nilo en donde todo el mundo corre en desbandada cuando se acerca un gato. Y en una ocasión leí que los hispanos padecen de una forma de putrefacción de la dentadura que sólo pueden curar bebiéndose su propia orina.

—¡Papá! —Diana arrugó la nariz.

—No todas las enfermedades son de origen físico. Los atenienses eran adictos al arte; sin él se volvían irritables y estreñidos. Los alejandrinos viven del comercio; venderían el suspiro de una virgen, de encontrar la manera de embotellarlo. He oído decir que los partos padecen hipomanía; clanes enteros guerrean entre ellos por un buen semental.

Bueno, la política es la enfermedad de Roma. Todos en la ciudad la acaban cogiendo tarde o temprano, hasta las mujeres hoy en día. Nadie vuelve a recuperarse. Es una enfermedad insidiosa, con síntomas perversos. Distintas personas la sufren de maneras diversas, y otros no la padecen en absoluto; a uno lo deja tullido, a otro lo mata y a otro lo engorda y lo fortalece.

—Entonces, ¿qué es? ¿Algo bueno o algo malo?

—Simplemente romano, Diana. Si es bueno o malo para Roma, no te lo sabría decir. Nos ha hecho gobernantes del mundo. Pero empiezo a preguntarme si no será nuestro final.

(…)

SAYLOR, Steven. Asesinato en la Vía Apia. Booket, 2007

Juegos Deportivos Centroamericanos San José 2013

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons es de Johnny Araya Monge

 

Política 01

(…)

—Pero ¿por qué se pelearon?

—Clodio y Milón han sido enemigos mucho tiempo, Diana.

—¿Por qué?

—¿Por qué dos hombres suelen ser enemigos? Porque quieren la misma cosa.

—¿Una mujer?

—En algunos casos. O bien un chico. O el amor del padre. O una herencia, o un trozo de terreno. En este caso, Clodio y Milón querían poder.

—¿Y no podían tenerlo los dos?

—Al parecer, no. En ocasiones, cuando dos hombres ambiciosos son enemigos, uno de los dos debe morir para que el otro continúe viviendo. Por lo menos, así es como generalmente se resuelve, tarde o temprano. Es lo que los romanos llamamos política.

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SAYLOR, Steven. Asesinato en la Vía Apia. Booket, 2007

Pelea de Gallos

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Gianfranco Cardogna

Calles

(…)

Empezaron a dar vueltas de nuevo. De repente, el comisario recordó el criterio que todos los registros toponímicos, todos sin excepción, tanto de pueblos como de grandes ciudades, emplean para dar nombre a las calles. A las más centrales les asignan nombres de cosas abstractas, como libertad, república o independencia; a las que son un poco menos centrales, de políticos del pasado, como Cavour, Zanardelli o Crispi; a las inmediatamente contiguas, de políticos más recientes, como De Gasperi, Einaudi o Togliatti. A continuación, conforme quedan más distantes del centro, vienen los héroes, los militares, los matemáticos, los científicos, los industriales, y así sucesivamente hasta llegar a algún dentista. Por último, en las calles situadas más en la periferia, las más miserables, las que lindan con el campo abierto, aparecen nombres de artistas, escritores, escultores, poetas, pintores y músicos. De hecho, via Vitaliano Brancati consistía en cuatro casuchas donde las gallinas vivían en libertad. Y aquello fue, en cierto sentido, una suerte.

(…)

CAMILLERI, Andrea. La búsqueda del tesoro. Salamandra, 2013

La imagen, con licencia Creative Commons, es de Wikimedia Commons.

 

La línea

(…)

Cuando no se consigue digerir la hostia recibida, la única solución es ir a hablar con alguien que ha recibido muchas más hostias que tú y es, por lo tanto, un experto.

Encuentro a Zisis junto a la entrada, el pequeño espacio que hace las veces de portería y de despacho. En el bar hay algunos usuarios. Unos leen el periódico y otros charlan animadamente.

—¿Cómo tú por aquí de buena mañana? —me pregunta Zisis con una sonrisa.

Me lo llevo al bar y nos sentamos a una mesa apartada. Él se sienta de cara a la puerta, para controlar las entradas y las salidas. Empiezo a contarle con todo lujo de detalles mi aventura de ayer y mi encontronazo con el subdirector general.

Zisis escucha sin interrumpirme y al final me dice tranquilamente:

—Es la línea, camarada.

Su respuesta me deja anonadado. Esperaba algún consejo, alguna explicación, quizá unas palabras de consuelo, y él me sale con eso de «camarada».

Piso el freno para no mostrarme agresivo.

—¿Desde cuándo soy militante del Partido Comunista, que no me he enterado? —pregunto con toda la calma de la que soy capaz.

Zisis no deja de sonreír.

—Cuando la dirección del partido tomaba una decisión con la que algunos no estábamos de acuerdo, el secretario general nos decía: «Es la línea, camarada». Es decir: «Cierra el pico y obedece». Esto es, exactamente, lo que te dijo tu subdirector.

—Pero yo no pertenezco a un partido sino a la policía. Soy un funcionario.

—Los nuestros también eran funcionarios. De la revolución —contesta él secamente.

—¿Y qué debo hacer? —pregunto desesperado.

—Nada, o te meterás en un lío mayor y te expulsarán del juego. Lo mismo nos pasaba a nosotros —es la dura respuesta. Hace una pequeña pausa antes de continuar—: Tú, al menos, quieres pillar a los verdaderos culpables, no pretendes salvar a la humanidad. Nosotros queríamos salvar a la humanidad y nos pasaron cosas mucho peores.

(…)

MÁRKARIS, Petros. Offshore. Tusquets, 2017

Follow the line - Galway, Ireland - Black and white street photography

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons es de Giuseppe Milo