León

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Harry colgó. Tamborileó sobre la mesa y vio la pila de trabajos colocados a un lado del escritorio. Y el montón de fotos al otro. Pensó en la analogía sobre depredadores de Bellman. ¿León? Sí, por qué no. Había leído que los leones que cazan en solitario tienen una tasa de éxito inferior al 15 por ciento. Y que cuando un león mata a una presa grande no es capaz de desgarrarle el cuello y tiene que ahogarla. Cerrar las mandíbulas en torno a su garganta y bloquear las vías respiratorias. Y eso puede llevar tiempo. Si es un animal grande, como por ejemplo un búfalo de agua, el león se arriesga a quedarse colgado de su cuello, torturando al búfalo de agua y a sí mismo durante horas, hasta que al final tiene que dejarlo ir. Así es la investigación de un crimen. Trabajo duro y ninguna recompensa. Le había prometido a Rakel que no volvería a eso. Se lo había prometido a sí mismo.

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NESBO, Jo. La sed. Reservoir books, 2017

Beautiful lion dad

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Tambako The Jaguar

 

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Tigre

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—Solo por curiosidad, Bellman: ¿por qué precisamente este caso es tan importante para ti? Bellman se encogió de hombros.

—Política. Las alimañas necesitan carne. Y recuerda que yo soy un tigre, Harry. Y tú solo un león. El tigre pesa más y aun así tiene más cerebro por kilo de masa corporal. Por esa razón los romanos del Coliseo sabían que el león moriría cuando lo mandaban a luchar contra un tigre. Harry notó que alguien se giraba hacia ellos. Era Oleg, que le sonreía levantando el pulgar. El chico pronto cumpliría veintidós años. Tenía la boca y los ojos de su madre, pero el flequillo negro y liso de un padre ruso al que ya no recordaba. Harry le devolvió el gesto e intentó sonreír. Cuando se giró hacia Bellman, ya no estaba allí.

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NESBO, Jo. La sed. Reservoir books, 2017

Sumatran Tiger 5

La imagen, en Flikr y con licencia Creative Commons es de Tony Hisgett

 

 

El origen de la muerte

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Al principio, no existía la muerte. Esta es la historia de cómo la muerte llegó al mundo.

Había una vez un hombre a quien llamaban Leeyio, que fue el primer hombre a quien Naiteru-kop trajo a la Tierra. Naiteru-kop llamó entonces a Leeyio y le dijo: «Cuando una persona muere y dispones del cuerpo, debes acordarte de decir: “El ser humano muere y regresa, la luna muere y se aleja”».

Pasaron muchos meses hasta que alguien murió. Cuando, finalmente, el hijo de un vecino falleció, mandaron llamar a Leeyio para que dispusiera del cuerpo. Al sacarlo, cometió un error y dijo: «La luna muere y regresa, el ser humano muere y se aleja». De modo que, tras eso, ninguna persona sobrevivió a la muerte.

Transcurrieron unos pocos meses más, y el hijo del propio Leeyio murió. Así que el padre sacó el cuerpo y dijo: «La luna muere y se aleja, el ser humano muere y regresa». Al oírlo, Naiteru-kop le dijo a Leeyio: «Ya es demasiado tarde, pues, por tu propio error, la muerte nació el día en que murió el hijo de tu vecino». Y así es como surgió la muerte, y, por eso, hasta el día de hoy, cuando una persona muere no regresa, pero, cuando muere la luna, siempre vuelve.

HISTORIA TRADICIONAL MASÁI

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CROMPTON, Richard. La hora del Dios Rojo. Siruela, 2015

dead?

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de

Ermita de San Juan de Arriaga

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—¡Joder, Kraken! No te pongas así. Nunca lo había pensado de esa manera.

—Sí, Lutxo. Sí que lo habías pensado, pero eres incapaz de ver más allá de tu maldita mesa de redacción. Hazme llegar esos sobres antes de que hable con el juez y os cierre el puñetero periódico.

Le di la espalda y abandoné el parque junto a la ermita juradera de San Juan de Arriaga donde, siglos atrás, la cofradía de Arriaga se reunía para defender sus intereses. El tiempo no había cambiado demasiado nuestras costumbres: vitorianos luchando contra vitorianos, alaveses matando a alaveses.

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GARCÍA SÁENZ DE URTURI, Eva. El silencio de la ciudad blanca. Planeta, 2016

La imagen, con licencia Creative Commons es de Wikimedia Commons.

 

Prometeo

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—Puede que tengas razón, Scott, pero podría ser peor, ¿sabes? El inglés del chico es bastante bueno.

—Lo sé. He estado leyendo lo que tuiteó antes del partido de su selección contra Argentina, en el Grupo F.

No estaba de acuerdo con Viktor en creer que eso fuera bueno. A veces, es mejor para el equipo que un jugador con un gran ego apenas sepa comunicarse con los demás. Hasta ese momento había resistido la tentación de hablar del destino del Prometeo mitológico. Castigado por Zeus por el crimen de robar el fuego y entregárselo al ser humano, lo encadenaron a una roca donde, durante el día, un águila le comía el hígado, que se le regeneraba por la noche porque, claro está, Prometeo era inmortal. Un castigo jodido.

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KERR, Philip. La mano de Dios. RBA, 2016

La imagen es de la Wikipedia.

Omega Seamaster

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El secretario general se miró el reloj. Mikael se fijó en que era un Omega Seamaster, poco práctico por lo mucho que pesaba. Te convierte en víctima de atraco en cualquier ciudad del tercer mundo. Si te lo dejas quitado más de veinticuatro horas se para, y luego hay que darle vueltas y más vueltas al botoncito para ponerlo en hora, pero si te olvidas de apretar el botoncito hacia dentro y luego te tiras de cabeza a tu piscina, el reloj se estropea y la reparación cuesta lo mismo que cuatro relojes de calidad nuevos. En definitiva: tenía que hacerse con uno fuera como fuese.

—Pero, como hemos dicho, estamos valorando a varios candidatos. Ser ministro de Justicia es un cargo de mucho peso, y no voy a ocultar que el camino es un poco más largo para alguien que no ha hecho carrera política.

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NESBO, Jo. La sed. Reservoir books, 2017

La Imagen, con licencia Creative Commons es de Wikimedia Commons

Bobik

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—¡Bukarovski! —gritó Bukarovski al teléfono, y después continuó mirando a Porter con cara de pocos amigos—. Deje aquí los papeles y baje a las naves —le ordenó—. No es a ti —añadió, hablando por teléfono entre toses espasmódicas—. Dígale a Yura que le haga una prueba con un Kama cincuenta y que después me llame. El cincuenta, ¿estamos? Pevek, ¿se puede saber qué diablos ocurre ahora?… Eh, usted —le dijo a Porter— coja un bobik.

—¿Un bobik? —repitió Porter. Para él un bobik era un terrier.

—Pues ¡ahora te lo digo yo a ti! ¡Estoy harto de tus problemas, ya tengo suficiente con los míos! —gritaba el jefe al teléfono—. ¡Y también estoy harto de hablar de ellos! —Rebuscó en un manojo de llaves y le lanzó una a Porter—. Dale el libro —le dijo a la mujer que tenía sentada enfrente.

Porter miró la llave y el libro que le pasó la mujer. Ella le dijo dónde tenía que firmar: junto a un número. Firmó como N. D. Jodian y salió de la oficina dejando atrás el griterío.

Ya en la planta de abajo, cruzó el vestíbulo abriéndose paso entre la gente, y al llegar a la puerta le preguntó a un tipo:

—¿Dónde puedo conseguir un bobik?

—En la parte posterior del edificio, justo ahí detrás.

El número junto al que había firmado era el mismo que figuraba en la llave, una llave de coche. Dio la vuelta al edificio y encontró los vehículos, aparcados en una nave que tenía la puerta abierta. Había cuatro o cinco camionetas y varios todoterrenos. Allí no había nadie. Fue examinando los números de las matrículas y encontró su bobik: era uno de los todoterrenos, uno cerrado y fuerte, muy cuadrado y feo, como un tanque pequeño. Los neumáticos daban la impresión de estar medio desinflados. Rodeó el coche, presionándolos con el pie, y advirtió que todos los vehículos que había en la nave tenían los neumáticos a medio inflar. Resultaba evidente que era algo intencionado.

Se subió al todoterreno, buscó el contacto e introdujo la llave. El motor arrancó al momento, con un rugido áspero y grave. Allí dentro estaba oscuro y no veía el tablero de mandos. Manoteó con la palanca de cambios y consiguió que el coche se moviera y saliera de la nave en busca de más luz. Entonces vio que el tablero de mandos no mostraba nada, de hecho, no había tablero de mandos, tan sólo un velocímetro, un interruptor para los limpiaparabrisas y ya está. Tenía que haber otro para las luces, pero no logró encontrarlo. Sin embargo, el vehículo contaba con un sistema de calefacción muy potente y un motor muy sensible, que nada más acelerarlo reaccionaba emitiendo un ladrido que daba gusto. A eso se debería el sobrenombre. Enseguida se hizo con el «terrier» y consiguió que avanzase hasta la parte de delante del edificio. Un hombre estaba saliendo en aquel momento y Porter lo llamó por la ventanilla.

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DAVIDSON, Lionel. Bajo los montes de Kolima. Salamandra, 2016

La imagen es de la Wikipedia